232. El repelo
La pasta de aceituna cayó sobre el capacho de esparto con un chapoteo húmedo y espeso. Rufino hundió las manos en la masa violácea para nivelarla antes de que el batidor volcara la siguiente carga. La papilla de hueso triturado, pulpa y aceite crudo estaba helada. El frío de la madrugada en la sierra entraba por los respiraderos de la almazara y convertía la nave en una nevera de piedra, pero a él no le importaba la temperatura de la masa. Lo que le cortaba la respiración era el ácido.
Los cuarenta años que llevaba metido en aquel foso de prensado con el alpechín le habían devorado las manos.
Extendió la pasta trazando círculos concéntricos. Los nudillos, abultados como nudos de sarmiento, crujieron del esfuerzo. La acidez natural del jugo acuoso de la aceituna se filtraba por las docenas de grietas abiertas que le cruzaban las palmas y los dedos. Era un escozor lento, profundo, que no atacaba a la piel, sino que iba directo al hueso. Los viejos de la comarca lo llamaban el beso del orujo. Primero te teñía la carne de un negro lustroso que no se iba ni frotando con sosa caústica. Después, el líquido corrosivo te iba pudriendo las cutículas. Te reventaba los capilares por el contraste de temperaturas. Y acababa por deformarte las falanges hasta dejarte las manos engarfiadas.
Rufino colocó un nuevo capacho vacío sobre la pila, encajándolo en la aguja central de hierro de la carretilla. Treinta kilos de esparto empapado. Sus bíceps temblaron, pero mantuvo la mandíbula apretada. Nadie en el molino podía verle fallar.
El capataz, don Anselmo, fumaba tabaco negro envuelto en un chaquetón de oveja mientras vigilaba desde la pasarela superior. Temía que le viera perder fuerza en el agarre, o que viera la sangre supurar debajo de las costras negras de sus pulgares, porque eso le mandaría de patitas a la carretera comarcal. La posguerra dejaba pocas opciones a un hombre de sesenta años que solo sabía exprimir grasa vegetal a base de reventarse el espinazo. Fuera de aquellos muros, decenas de braceros sin oficio esperaban bajo la escarcha, dispuestos a dejarse quemar las manos por la mitad de su jornal.
—¡Agua hirviendo al cargo! —la voz del capataz bajó acompañada de un golpe de bota contra la barandilla de hierro.
El muchacho de las calderas abrió la válvula. Un chorro de agua a casi noventa grados cayó directamente sobre la torre de capachos apilados que Rufino acababa de montar. El choque levantó una nube de vapor densa, cargada de un olor rancio y penetrante que se quedaba en la garganta. El agua debía ablandar la pasta rebelde para obligarla a escupir el aceite, pero en el foso solo significaba una cosa: el infierno diario.
Rufino tuvo que meter los brazos en la torre humeante para ajustar el último capacho de cierre. El agua hirviendo se mezcló con el alpechín helado de sus antebrazos y su piel cuarteada recibió el latigazo abrasador con un ardor insoportable. Contuvo un gemido. Sintió cómo el ácido se clavaba un poco más hondo en sus articulaciones necrosadas. Alineó el carro sobre los rieles oxidados y empujó con todo el peso de su cuerpo hacia la base de la inmensa prensa hidráulica. Ciento veinte capachos. Más de tres mil kilos de masa que debían ser exprimidos antes del amanecer. Aferró el asa de hierro fundido imprimiendo una mancha oscura sobre el metal. No era aceite. Era la costra de su dedo índice, que acababa de abrirse de nuevo. Se la limpió contra el muslo del pantalón de pana sin mirar hacia arriba. Resistió. Tenía que hacerlo para que su nieto Mateo cobrara la peonada de la recogida.
Giró la válvula de presión. La maquinaria comenzó a gruñir y el primer hilo de aceite rompió a llorar por los canalones de hojalata. Espeso, hermoso y letal. Aquel líquido llevaba media vida alimentándose de su propia sangre.
La luz del amanecer despuntó por los tragaluces de la nave cuando la prensa agotó su recorrido. El crujido del hierro cedió y en el aire solo quedó el goteo residual de las canaletas. Rufino aflojó la válvula y retrocedió trastabillando. Fuera del foso, lejos del calor asfixiante y el vapor hirviendo, el frío de la mañana le golpeó el pecho empapado en sudor.
Escondió las manos en los bolsillos de la pelliza antes de salir al patio trasero. Allí, junto a las cuadras de los mulos, estaba la pila de lavado. El agua del abrevadero amanecía cubierta por una lámina de escarcha. Rufino rompió el hielo con el codo y sumergió los brazos de golpe. El cambio brutal de temperatura fue una cuchillada en los nervios abrasados, pero necesitaba el frío extremo para adormecer el ardor. Se quedó mirando sus propios dedos bajo el agua turbia. Eran garras oscuras. La piel de las palmas se había endurecido tanto que había perdido la huella dactilar. Solo quedaban estrías verdosas cruzadas por grietas que supuraban un líquido amarillento.
Sacó las manos y prefirió que fuera el viento de la sierra el que las secara. Usar un trapo habría arrancado tiras de carne viva. Del forro interior de su chaqueta extrajo una pequeña lata de tabaco que guardaba un ungüento casero: sebo puro de oveja mezclado con ceniza. Con movimientos lentos, untó la grasa sobre las grietas abiertas para sellar la carne y evitar que el aire gélido siguiera rajando los nudillos.
—Hueles a podrido desde la cancela, abuelo.
Mateo apareció bajo el arco de ladrillo viejo con un morral de lona cruzado al pecho. Tenía dieciséis años y la complexión delgada y fibrosa de los que han crecido saltándose comidas. Venía del tajo. Había pasado las últimas doce horas apaleando olivos en la ladera umbría, recogiendo el fruto del suelo sobre los fardos congelados.
Rufino cerró la lata de un golpe y la ocultó.
—Es el orujo —mintió, forzando una voz que controlara el temblor de los labios—. Se agarra a la ropa de faena. ¿Qué haces aquí a estas horas? Deberías estar en las cocinas esperando el rancho.
El muchacho ignoró la aspereza del viejo y sonrió. Apoyaba en la correa del morral unas manos enrojecidas por las heladas y llenas de arañazos superficiales por culpa de las ramas de olivo. Eran magulladuras limpias. Heridas de campo abierto que curaban solas en un par de días. Piel entera y joven.
—Traigo buenas noticias —dijo Mateo. Sus ojos brillaban con la ambición propia de la miseria—. Me ha parado el capataz en la báscula. Dice que me ve lomo suficiente para que la próxima campaña deje la cuadrilla de vareadores y me baje al foso contigo. De pinche de batidor. Eso son tres pesetas más al día y media cántara de aceite a final de mes. Se acabó reventarse las lumbares en el barro, abuelo. Seré molinero.
El estómago de Rufino dio un vuelco que le cortó la digestión del último trago de aguardiente. Miró el rostro iluminado de su nieto y luego bajó la vista hacia sus propios bolsillos, en los que escondía los puños abrasados. Tres pesetas más al día. Ese era el cebo para comprar carne fresca cuando la vieja empezaba a pudrirse.
Tragó saliva con el regusto metálico del miedo. Conocía bien cómo empezaba aquello. El primer mes, el calor del foso parecía un alivio comparado con las madrugadas al raso. El primer año, el muchacho presumiría del olor a aceite virgen en su ropa. Al tercer año, el alpechín empezaría a comerse las cutículas. Al quinto, Mateo ya no podría abrocharse los botones de la camisa de domingo sin morderse los labios de dolor.
—No vas a bajar a ese foso —sentenció Rufino. Su voz sonó como el roce de dos piedras de molino.
Mateo borró la sonrisa y frunció el ceño con la terquedad de la adolescencia.
—Son tres pesetas, abuelo. En casa hacen falta y yo ya no soy un crío. Don Anselmo dice que tengo las manos fuertes.
—Don Anselmo no sabe distinguir tus manos de las pezuñas de sus mulas —escupió Rufino, dando un paso hacia el muchacho—. Te quedarás en los olivos. Y si te veo acercarte a las calderas de la prensa, te romperé las piernas yo mismo antes de que pongas un pie en ese foso.
Dejó al chico, y a su indignación, plantados en el patio y caminó hacia la salida del cortijo con los puños ocultos. Sentía cómo el ungüento de sebo se mezclaba con la sangre fresca bajo la tela de los bolsillos. Tenía que sacarlo de allí costara lo que costara.
Volvió a la penumbra de la nave principal mucho antes de su turno. El vaho dulzón de la aceituna molida flotaba bajo las inmensas vigas de castaño como una niebla pegajosa. La prensa hidráulica principal era un monstruo de hierro fundido que resoplaba escupiendo vapor por las válvulas de purga. Rufino bajó las escaleras del foso con pasos pesados. Sabía que la única forma de mantener a Mateo alejado de aquel agujero era demostrarle al capataz que la almazara no necesitaba pinches nuevos. Que un solo maestro viejo, si se reventaba el espinazo, podía despachar la carga de dos hombres jóvenes.
—¡Echa más masa! —le gritó al operario de la tolva, saltando al interior del charco de grasa—. ¡Que no pare la rueda!
El batidor lo miró con extrañeza mientras se secaba la frente con un trapo sucio, pero obedeció. La pasta violácea empezó a caer a un ritmo febril que le obligaba a moverse como un animal acorralado. Cargaba los capachos empapados a pulso, sin la ayuda del gancho de arrastre. Alineaba las esteras rebosantes de aceite crudo y hueso triturado con precisión. El sudor hizo que la camisa de franela se le pegara a las costillas como un abrazo asfixiante. Levantaba la vista hacia la barandilla superior entre carga y carga para asegurarse de que el hombre del chaquetón estaba viendo aquel esfuerzo. Su plaza estaba más que cubierta y no requería de la carne intacta de un chiquillo de dieciséis años.
El calor incesante de las calderas de escaldado convertía la nave en una olla a presión al llegar el mediodía. Rufino ignoró el picor punzante bajo las uñas y el sudor que le nublaba los ojos. Apretó los dientes hasta que las encías le supieron a sangre. Montó tres torres de ciento cincuenta capachos en el tiempo en que habitualmente se levantaban dos. Sus brazos parecían dos leños resecos, cubiertos por una pátina brillante de líquido gástrico de aceituna. Cada vez que alzaba una estera, se aseguraba de que el capataz lo estuviera viendo.
El rugido de la bocina resonó en el patio, pero en el foso de prensado no existían las treguas. Tocaba el repelo: la segunda extracción. Había que exprimir la pasta ya agotada hasta sacarle la última lágrima de grasa, y para eso, el agua de las calderas no podía estar solo caliente. Tenía que escupir burbujas.
Rufino ocupó su puesto bajo la tolva. Fue entonces, al recibir el primer latigazo de agua a noventa grados, cuando el sebo de oveja que se había aplicado de madrugada se rindió definitivamente. El vapor hirviendo derritió la grasa de golpe, barriendo las costras y dejando la carne viva expuesta de par en par. Cuando el chorro puro de alpechín le resbaló por los antebrazos, el viejo no gritó. Ya no le quedaba voz. Solo sintió cómo el líquido corrosivo penetraba por las fisuras abiertas de sus palmas, directo hacia las venas.
Agarró el capacho de esparto abrasador. Sus dedos, de un verde negruzco y antinatural, ya no respondían a las órdenes del cerebro. La necrosis había avanzado tanto que las falanges se movían por pura inercia, como eslabones oxidados. Cada vez que apretaba los puños, la piel se cuarteaba un milímetro más. La sangre que asomaba era un lodo oscuro envenenado por décadas de acidez.
—¡Más presión a la de tres! —aulló el capataz desde la pasarela, ajeno al olor a carne quemada que empezaba a mezclarse con el tufo dulzón del aceite.
Rufino se aferró a la manivela de hierro colado de la prensa hidráulica. Necesitaba todo el peso de su cuerpo para hacer girar el volante y aplastar la torre. Apoyó las palmas desolladas contra el metal helado. Cerró los ojos y tiró con fuerza. El primer crujido no fue de los engranajes. Era su mano izquierda.
La red de grietas que le cruzaba la palma no soportó la presión. Las fisuras reventaron al unísono, abriendo surcos profundos y desiguales en la carne cocida por el alpechín. Un estallido pastoso. Rufino abrió la boca, buscando aire en una atmósfera asfixiante de vapor y orujo, pero el dolor fue tan absoluto que le paralizó el diafragma. El veneno del alpechín había llegado finalmente al hueso, desatando un latigazo que le subió por el brazo izquierdo y se le clavó como una aguja en el centro del pecho.
Sus rodillas cedieron. Las suelas resbalaron sobre la rejilla empapada de grasa.
Cayó a plomo. El impacto contra las baldosas de piedra le reventó el pómulo, pero el viejo ya no sentía la cara. Tumbado boca arriba en el fondo del foso, con la respiración rota en estertores cortos y secos, alzó la mirada hacia el techo abovedado de la almazara. La inmensa prensa seguía rugiendo por encima de él, ajena a su colapso. Desde los canalones de hojalata, el aceite recién exprimido comenzó a gotear, denso y brillante. Una de las gotas cayó exactamente sobre su ojo derecho. No parpadeó.
La visión se le fue tiñendo de un amarillo dorado y turbio.
—¡Molinero, que se afloja la torre! —gritó el capataz desde la barandilla de hierro.
Rufino intentó llevarse la mano destrozada al pecho para sostener su propio corazón, que latía desbocado intentando bombear sangre a través de arterias colapsadas. Pero el brazo no le obedeció. Descansó inerte sobre el charco de alpechín que inundaba el suelo. Aquel líquido oscuro que le había devorado las manos ahora le alcanzaba la nuca, reclamando lo que quedaba de él.
La maquinaria siguió rugiendo. Don Anselmo, maldiciendo entre dientes el retraso de la producción, bajó las escaleras de dos en dos. Cuando llegó al fondo del foso, el viejo ya no respiraba. Sus ojos, abiertos de par en par, estaban cubiertos por una fina película de aceite virgen.
El capataz se detuvo un instante. Miró el cuerpo encogido del viejo y luego la torre de capachos que ya comenzaba a enfriarse. Se giró hacia la puerta de la nave.
—¡Sacad a este hombre de aquí! —ordenó, pegándole una patada a la rejilla del desagüe—. ¡Y que baje el zagal del Rufino de la báscula, que se nos hiela la pasta!
El oro verde siguió manando hacia las pozas. Indiferente. Puro. Ajeno por completo al color negro de las manos que lo acababan de parir.