230. El guardián de Agua Amarga

Marina Márquez Jiménez

 

Dicen que el viejo olivo de Agua Amarga ya era anciano cuando los piratas vigilaban la costa. Desde entonces ha visto pasar pescadores, viajeros y generaciones enteras que encontraron sombra bajo sus ramas retorcidas.

Cada invierno escucha el murmullo de las aceitunas al caer sobre los mantos. Cada primavera despierta cubierto de flores diminutas, prometiendo un nuevo fruto. Y cada verano, cuando el sol parece incendiar la tierra, mantiene vivas en sus raíces las historias de quienes lo cuidaron.

Una tarde, una niña apoyó la mano sobre su tronco y preguntó cuántos años tenía.

El olivo no respondió. No sabía contar siglos.

Pero el viento agitó sus hojas y dejó caer una aceituna a sus pies.

La niña sonrió. Comprendió que aquel árbol no era solo un árbol: era memoria, paisaje y cultura. Un legado vivo que une pasado y futuro en cada gota de aceite.

Porque cuidar un olivo es cuidar la historia de nuestra tierra.

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