228. Los guijarros del abuelo Eulogio y de su esposa Librada
Hoy me he quedado mirando al salir del trabajo un charco helado en la acera. Tenía esa costra de hielo gris, sucia de ciudad, que cruje bajo la suela del zapato: un frío seco de asfalto que solo sirve para encoger los hombros y aligerar el paso hacia el coche. Tengo sesenta y un años, las manos blandas de oficina y un piso con calefacción central donde el invierno es solo un número en el termostato. Pero al pisar ese hielo, la crepitación me ha devuelto el eco de un motor Barreiros petardeando en la niebla y el olor a humo de los restos de la poda del olivo.
A mi edad, la memoria es como un olivar descuidado, donde los recuerdos brotan con la fuerza de los chupones. Andando entre el gentío que camina deprisa, con los pies fríos y el invierno metido en el cuerpo, he vuelto a tener once años, a ser el Pedro que esperaba, con la inocencia intacta, la llegada de «coger aceituna».
Nuestros olivares no eran como los andaluces, aquellos mares de perder la vista que crecían, y crecen, ordenados y hermosos. Tampoco eran, en la Cuenca de los setenta, una estampa idílica para los turistas de fin de semana. Los nuestros eran de árboles pequeños, jorobados y chatos, plantados en terrenos áridos, pedregosos, donde la tierra había que arañarla para que te diera un puñado de aceitunas. Eran tan sufridos que formaban parte de las familias y nos ataban a la vida. Nos sabíamos de memoria quién había plantado cada parcela. «Este olivar lo puso el tío Genaro, patastontas, vuestro bisabuelo», repetía el abuelo año tras año en esos días de recolección y añadía: «cuando volvió de la guerra de Cuba».
Cada tronco era un acta de nacimiento, una herencia viva. Éramos, sin saberlo, millonarios de un oro verde que no venía en lingotes ni se guardaba en los bancos, sino que goteaba espeso de las prensas de la almazara. Quien tenía olivas, tenía el año encarrilado: aceite limpio en la nafra para freír el sustento y guardarlo, leña de poda para que la chimenea rugiera en los meses negros, sombra espesa para sestear en agosto y un trabajo bendito para cuando el barbecho y el cereal no pedían manos.
—A ver, los jóvenes —decía el abuelo Eulogio desde el remolque abierto, con una sonrisa que le arrugaba aún más los ojos sahumados—. ¿Se os han pegao las sábanas o es que tenéis miedo de que el frío os mude el color de la cara?
No madrugábamos por capricho, sino por estricta ley de la naturaleza. En La Mancha Conquense, si te metes al olivar antes de que levante la escarcha, la aceituna está dura como el granizo, las ramas se quiebran y se te congelan los dedos. Así que esperábamos a que el sol de invierno, plano y pálido, ablandara un poco el suelo y evaporara el agua de las ramas.
Mi padre iba en el tractor, un monstruo ruidoso de hierro rojo anaranjado, que tosía humo negro. Los demás nos colocábamos en el remolque descubierto. Allí íbamos todos, apretados para ganarle el pulso al viento que helaba: mi madre, tierna; mi tío, con la cara seria del hombre que sabe lo que pesa una peoná; mi tía, con los ojos fijos en el camino de quien lleva el peso de la casa en las costillas; los tres primos: Juan, el mayor de dieciséis años, que ya andaba enamoradizo pensando en las mozas, Paco, que me llevaba apenas cincuenta días y era mi sombra, y yo, que junto a Paco no valíamos entonces ni para sumar medio jornal cada uno; y el abuelo y la abuela.
Aquel año, la abuela Librada iba envuelta en tres pañuelos negros que solo le dejaban ver los ojos. Ya arrastraba el bicho dentro: un cáncer de pecho que le iba quitando la vida en silencio y que terminaría por llevársela unos meses después, en abril, antes del Mayo. Pero ese invierno, con los dolores mordiéndole el cuerpo y las fuerzas justas, no quiso quedarse en la cocina al calor del humero. En aquella casa nadie se rezagaba si había trabajo porque sabíamos que renunciar a la cosecha era renunciar a la vida misma; dejar las aceitunas en la oliva por culpa de la enfermedad habría sido como rendirse antes de tiempo ante la muerte. Se subió al remolque con la dignidad de las mujeres antiguas, dispuesta a ganarle a la tierra el último aceite de su existencia.
El viaje era un traqueteo constante por caminos de tierra y piedras. A nuestro lado llevábamos el equipo de batalla: los mantones recosidos en otoño por la abuela, las espuertas de goma, los sacos viejos rellenos de espuma de colchón que usábamos como rodilleras, las pitas y los sacos para llenarlos del fruto negro-violáceo y el tesoro del abuelo: el cachucho de esparto que mi padre ya había heredado, como era más joven, para ordeñar las ramas altas.
—Abuelo, ¿este año hay mucha? —le preguntaba Paco, metiendo las manos en los bolsillos de la trenca vieja.
—Hay la que hay: cornicabra, manzanilla, verdeja, gordala… —respondía, sacando tabaco de liar de la petaca con unos dedos que parecían raíces de carrasca. Tenía la asombrosa habilidad de liarse un Ideales en lo alto de aquel remolque desafiando los baches y el aire helado sin perder una brizna—. La oliva es agradecía si no la tratas como a una cualquiera. Pero como os vea a Pedro y a ti arreñalaos, vagueando en el suelo, os voy a dar un varazo que os va a espabilar.
Cuando llegábamos al olivar, el mundo se revolucionaba. Mi padre paraba el tractor, buscaba un claro y encendía la lumbre con algunos restos de la poda y de los almendros de la linde. El abuelo Eulogio bajaba el primero hincando las abarcas y los peales en los terrones y buscaba seis u ocho guijarros que echaba en el fuego. Al rato, Paco y yo ya teníamos aquellas piedras calientes en los bolsillos, que nos daban el resuello justo y placentero para trabajar.
—Gente pará, malos pensamientos. A las cinco ya es de noche, así que vamos a trabajar como si fuera pa nosotros —gritaba, distribuyendo el tajo—. Los jóvenes al suelo, las mujeres y el grande al ordeño y los hombres a los telones y al árbol.
La abuela Librada se colocaba entre su hija y mi madre. Con una lentitud sagrada, estiraba sus manos agrietadas y empezaba a ordeñar las ramas bajas, dejando caer las aceitunas sobre los telones. Sus dedos se movían con el ritmo exacto de quien lleva setenta años repitiendo el mismo gesto. El cáncer le pesaba en los huesos, pero, para ella, arrancar cada fruto helado de la rama no era una carga, sino un pacto con el mañana de su gente.
Paco y yo nos poníamos los sacos rellenos para no destrozarnos las rodillas contra la piedra helada. Ese era nuestro reino: el suelo frío, donde las aceitunas se escondían entre la seca hierba helada y los surcos agrietados. Había que cogerlas de una en una. El abuelo pasó a nuestro lado, arrastrando los pies y se detuvo a mirarnos, mientras liaba otro pitillo.
—¡Manda huevos el asunto! —soltó de pronto, escupiendo una brizna de tabaco—. Qué injusticia más grande, copón. Cogerlas aquí de una en una, rompiéndonos el espinazo y gastando las uñas contra los terrones, para luego echarlas en sacos y llevárselas al molinero. ¡Nosotros nos las ganamos a poquito y él las pesa a sacos! El mundo está mal repartido, muchachos.
—Es que están muy escondías, abuelo —se quejó Paco, soplándose las uñas rojas—. Y además hace un frío que pela.
—Han dicho los de la tele que venían cambios en Madrid, a ver si así mejora la cosa — añadí yo, inocentemente.
El abuelo Eulogio soltó una carcajada seca, de esas que le salían del pecho, y clavó la vara en la tierra.
—¿Cambios políticos dices? —meneó la cabeza con desgana—. Mira que eres tonto, copón. Te lo voy a dejar claro para que lo entiendas: ni que mande el socialismo ni que mande el comunismo, las aceitunas siempre las cogemos los mismos. Así que deja de gansear y dobla los riñones, que el molinero no nos va a regalar el aceite por muchas libertades que os prometan en la tele.
Mi padre, oyéndolo desde lo alto del olivo donde estaba ordeñando con el cachucho atado a la cintura, soltó una risotada limpia que espantó a las urracas. Mi tío asintió en silencio mientras arrastraba un esportón.
—¡Abuelo, que se me han helao las manos de verdad! —insistí yo, tratando de cambiar de tema.
—¿Manos frías? Anda —nos dijo—. El frío no existe, lo que existe es la desgana. ¿Tú ves a Juan quejarse? No, porque está pensando en la Puri, la del boticario, y eso le tiene la sangre hirviendo.
Juan, que estaba vareando un olivo cercano, se puso colorado como un tomate.
—¡Déjeme en paz, abuelo! —protestó el chico, redoblando los varazos.
—¡Dale flojo, chaval, que vas a desmochar el olivo y el año que viene vamos a venir a coger grillos! —le espetó el viejo—. Mira el enamorao. Tiene la cabeza para llevar la gorra y poco más.
Eulogio se sacudió la ceniza del pitillo, se giró hacia Paco y hacia mí con una media sonrisa y nos hizo una seña con sus dedos de encina:
—Venid aquí, tirillas. Los de pueblo no necesitamos guantes de lana de la capital, que eso es de señoritingos. Acercaos a la lumbre, que os voy a dar otro par de guijarros, el secreto de vuestros tatarabuelos.
Al final de la mañana, el humo azul y aromático seguía subiendo recto hacia el cielo limpio. Llegaba el momento del almuerzo, el instante mágico del día. Alrededor de aquella lumbre que mi padre había encendido y que aguantaba viva toda la jornada, nos acomodábamos sobre espuertas dadas la vuelta y mantones doblados. La abuela Librada, respirando con un silbido corto que delataba su cansancio, abría el cesto de mimbre. Sacaba una merendera con una tortilla gorda de patatas hecha al amanecer y otra con chorizos oscuros y costillas sacadas del aceite de la tinaja de barro, tiernas y perfumadas con el adobo de la matanza. De postre, una naranja que pelábamos con navaja. La comida en el campo no tenía el sabor que en otros sitios: nos parecía gloria bendita.
—A ver, comed con fundamento —animaba el abuelo, pinchando una costilla—. Que os veo desganaos. Me recordáis a Antonio el Zorro, el de la tía Encarna, que en paz descanse. ¿Os acordáis de él en los años del hambre, Librada?
—Vaya si me acuerdo. Qué tiempos más negros.
—Pues resulta —continuó el abuelo— que Antonio el Zorro entró a servir en una casa rica después de la guerra. El hombre, que venía de no probar bocao, se las daba de fino ante los amos. Un día le pusieron una tortilla de patatas delante y el tío, para no parecer un muerto de hambre, trincó un bocao pequeño, puso cara de disgusto, bebió un trago de agua y dijo muy finolis: «Ay, señorito… Es que a mí la tortilla se me atranca y me da mucha sed». El amo le miró de arriba abajo y le soltó: «¿Y qué quieres, Antonio? ¿Tajás como el puño?». ¡Tajás como el puño quería el tío! —Y reía como un ronquido.
Mi madre miró la lumbre y asintió, observando de reojo a la abuela, con ojos preocupados.
—Bien que nos costaba sacarlo adelante —comentó mi madre en voz baja—. Ahora vosotros encendéis la bombilla y ni pensáis en ello, pero cuando nosotros éramos críos, este aceite que cogemos del suelo era la única luz de la casa.
—Vaya que sí, Pedro. Tu madre lo sabe bien —dijo el viejo—. Vosotros no habéis conocido los candiles. Nosotros nos criamos con el hilillo de humo de la torcida flotando en el aceite. No servía sólo para alumbrar las paredes desnudas; era una mecha de resistencia, la mismísima luz de la vida que mantenía a la muerte al otro lado de la puerta. Cada gota que caía al suelo dolía, porque sabías que era un cuarto de hora menos de luz para mirarte las caras en la cena o para coser por las noches. El aceite era el sol que guardábamos en las nafras para cuando el invierno se alargaba. Así que mirad bien lo que pisáis.
La abuela Librada se ajustó el pañuelo negro, exhaló un suspiro hondo y, mirando fijamente al abuelo, dijo con voz cansada y trémula pero firme:
—Anda, Eulogio, guarda el botillo y calienta otra vez las piedras a los chicos, que este año el frío viene con malas intenciones y hay que terminar de coger el cerro antes de que me fallen las piernas.
El abuelo la miró en silencio durante un segundo. En sus ojos profundos se cruzó una sombra de dolor que yo entonces, con mis once años, no comprendí. Supo que Librada se estaba despidiendo de aquellos olivares que la vieron nacer. Sin rechistar, sacó de las brasas de la mañana los guijarros que se habían vuelto a calentar y nos los dio. Sentir de nuevo aquel calor vivo en las manos nos devolvió el alma para volver a coger los suelos con nuestros sacos rodilleras.
Paco y yo nos poníamos a hacer uno de los trabajos que más me gustaban: aventar la aceituna. Cogíamos la espuerta llena a pulso entre los dos, buscábamos de dónde venía el viento helado y pasábamos las aceitunas a otra espuerta frente a las ráfagas. Era hermoso: la fruta, pesada y firme, caía repiqueteando en la de abajo, mientras que las hojas y el ramón, ligeros como plumas, salían volando en una estela verde antes de perderse en el suelo.
—¡Más arriba, Pedro! —gritaba el abuelo—. Atentos al aire, que es como los gobiernos: parece que ayuda, pero si te descuidas te roba los cuartos.
A las cinco de la tarde, el sol naranja se escondía y el frío de Cuenca regresaba con rabia. Cargábamos los sacos llenos en el remolque, que ahora pesaba con el oro verde de nuestra tierra árida. La vuelta era otro momento hermoso. Íbamos todos sentados sobre los propios sacos llenos, mullidos y manchados de pechín. El tractor avanzaba despacio en la niebla que llegaba de la sierra baja. Paco y yo íbamos apoyados el uno en el otro, adormilados. El abuelo se sacaba los últimos cantos del bolsillo y los tiraba por el camino.
—Ahí os quedáis —decía ojeando el horizonte oscuro—.
A nosotros nos miraba y nos recitaba con voz ahuecada su «Todo lo cría la tierra, todo se lo come el sol, todo lo puede el dinero, todo lo vence el amor». En ese último verso, las miradas de los abuelos se cruzaban.
Han pasado cincuenta años de aquellos inviernos. El abuelo Eulogio y la abuela Librada descansan juntos en el cementerio del pueblo bajo una tierra que ya no sufre por el hielo. Ella se fue pronto, dejando un vacío que ninguna calefacción central ha conseguido calentar jamás. Paco y yo nos vemos de uvas a brevas, el primo Juan se casó con otra chica del lugar, mis tíos emigraron a la ciudad y mi padre ya no se sube al tractor, aunque coge a mi madre de la mano de vez en cuando.
A veces, cuando voy al supermercado, aquí, en la ciudad, y cojo una botella de aceite de oliva entre mis manos, miro la etiqueta fina, con la acidez y el precio impresos con números perfectos. Me da pena porque, aunque el oro verde sea el mismo e ilumine cocinas, el de mi infancia alumbraba vida.
Ahora, que soy un hombre que brinca los sesenta, ojalá pudiera volver a tener once años solo por una mañana para poder aventar la aceituna con mi primo. Ojalá pudiera volver a sentarme en ese remolque abierto, a escuchar las verdades del socarrón abuelo Eulogio y a ver a la fuerte abuela Librada, con su pañuelo negro, desafiando a la escarcha por su valioso aceite. Pero, sobre todo, ojalá pudiera volver a recibir de mi abuelo aquellas dos piedras, porque estas manos blandas de oficina volverían a calentarse con los guijarros de mi tierra y con el amor de los míos.