226. Virgen extra, alma de silencio prensado

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Llevo tres años viviendo en un pedestal de diseño, encerrada en una botella de cristal soplado cuyo precio supera la recaudación de un frasco de Caron Poivre. Me llaman Tesoro Picual de Edición Limitada, pero mis compañeras y yo nos morimos de asco en la oscuridad de la alacena.

Mis hermanas ya se evaporaron en las tostadas de unos clientes pretenciosos, pero yo sigo aquí, intacta, víctima del postureo. Anoche hubo cena de gala. Sacaron mi botella solo para que el cuñado de turno la fotografiara con flash y la subiera a Instagram hablando de «experiencias gastronómicas». Ni una sola gota rozó un plato. Solo sirvo para decorar la cocina junto a un mortero con pilón.

A este ritmo, caducaré convertida en pieza de museo sin conocer el calor de una sartén ni la dignidad de una rebanada de pan con tomate de pueblo. Si me queréis, nobleza catadora, sacadme de esta cárcel de cristal: prefiero morir untada en un simple mendrugo que envejecer siendo una pieza de museo. 

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