224. Pechugas de pollo recalentadas

Esther Bengoechea Gutiérrez

 

Fue un lunes similar al anterior. Lucas salió a pasear, como cada tarde, pero nunca volvió. Carmen le esperó para cenar, en silencio, ante las pechugas de pollo rebozadas que recalentó dos veces y terminó comiendo frías. No lloró, ni siquiera pasó la noche en vela presa de la preocupación. Denunció su desaparición a la mañana siguiente. Seria, cabizbaja y escondiendo el alivio que sentía. Nadie le mintió. Pintaba mal. La jubilación le había sumergido en una vida anodina, triste. Y había escapado de la misma y también de Carmen, cuyo matrimonio se apagó al poco de comenzar.

Tras un tiempo prudencial, borró todo rastro de él. Cambió las sábanas que compartieron. Donó su ropa y renovó la vajilla. Pintó las paredes y cambió los muebles de lugar. Hasta regaló la cafetera de Lucas. Solo conservó su querida botella de virgen extra hojiblanca. Solo eso. Atrás quedaron los cereales integrales y el yogur sin azúcar. Cada mañana tras el paseo y la ducha, llega el momento del pan con un generoso chorro de aceite de oliva. Nada de dos tristes gotas y a guardar como hacía él. Una rebanada tostada y muy bien untada. Y su día ya es perfecto.

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