222. El árbol de la vida

Alina Núñez Berges

 

Los pintores llegaron a Jaén llamados por una deuda antigua: rendir homenaje al olivar, al olivo y al aceite, esa luz que la tierra concede sin vanidad. En la Hacienda La Laguna, los cuadros se reunieron como cántaros ante un manantial. El paseo de Matisse encendió verdes mansos y fieros; los olivos de Cadaqués de Dalí asomaron jóvenes, duros, inclinados ya hacia el sueño. Sorolla dejó sobre las hojas una claridad de sal marina. Zabaleta trajo aceituneras y campos de Quesada, con la dignidad del jornal sobre los hombros. Picasso mostró sus primeros olivos, todavía naturales, aunque la línea ya buscaba romper su obediencia. Van Gogh llegó con quince lienzos de olivares: troncos retorcidos, cielos febriles, raíces como venas de una paciencia herida y viva.

Al caer la tarde buscaron nombre para la exposición colectiva. Sorolla quiso llamarla «Luz del sur»; Dalí, «Delirio verde»; Picasso, «Raíz y forma». Zabaleta vio un «País verde olivo», y Matisse defendió «Fuego sereno». Van Gogh dejó que el silencio madurara; luego señaló los olivos reales tras la puerta y susurró: «El árbol de la vida». Nadie respondió. Afuera, entre las ramas, el título germinaba como una semilla antigua.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad