221. Aceitunas rayadas

Rosario González Ríos

 

–¿Antonio, estás seguro de que han pesado todas las aceitunas?

Santiago no miró a su hijo. Seguía contando con los dedos, apoyado en la mesa de la cocina.

–No les quité ojo cuando las metieron en la tolva, padre. Entraron todas las nuestras.

–Entonces se habrán equivocado al apuntar las arrobas.

Santiago negó despacio, convencido de que aquello no cuadraba.

Antonio se encogió de hombros. Afuera empezaba a caer la tarde y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas, así que se acercó a la lumbre mientras esperaba la cena.

–Son menos de las que salieron de aquí –murmuró Santiago–. Otra vez.

No gritó. Solo apretó la mandíbula hasta que se le marcó el músculo de la sien.

Desde la cosecha anterior venía notándolo: los sacos tenían un peso cuando salían de la finca y otro cuando regresaban convertidos en números escritos en la libreta de la cooperativa. Al principio pensó que era un error. Después un descuido. Incluso llegó a pensar que él mismo se había equivocado al contar. Después de todo, nunca fue al colegio y los de la cooperativa tenían estudios.

Pero las aceitunas no desaparecían solas. No tantas veces.

Aquella noche apenas cenó, a pesar de que Carmela le preparó su plato favorito: sopa de espárragos.

–Come algo –le dijo sentándose a su lado.

–Nos están robando.

Carmela dejó la cuchara sobre la mesa

–¿Quién?

–Eso quisiera saber yo.

Durante veinte años Santiago había trabajado aquella finca pedregosa, una antigua cantera de yeso que nadie quiso ni regalada. Cuando la compró, el terreno parecía una herida seca en mitad del monte: piedras blancas, matojos gigantes y chumberas que se comían el terreno a los olivos. El primer año acarreó escombros hasta rellenar los huecos donde se encharcaba el agua. El segundo trazó un camino hacia la casa. El tercero levantó, piedra a piedra, la pequeña casita en la ladera.

Después plantó olivos nuevos.

El día que clavó el primer plantón, un vecino se quedó mirando el terreno y soltó una carcajada.

–Eso no agarra ahí ni aunque lo bendiga el cura.

Santiago siguió cavando.

Al principio los plantones se perdían entre las grandes rocas. Algunos no sobrevivieron. Otros crecieron torcidos, buscando la luz, aferrándose a la poca tierra que encontraban. Él los podaba, les hacía los pies, los regaba cuando el calor del verano apretaba.

Cuando las lluvias bajaban con furia, él mismo abría zanjas para que la tierra no se le fuera cuesta abajo. Más de una vez volvía a la casa con barro hasta las rodillas.

Veinte años después, el huerto producía, los árboles crecieron, la finca parecía otra. Los olivos daban para llenar el remolque y la despensa. Carmela aliñaba las aceitunas para todo el año: unas verdes, otras negras. El pequeño huerto reverdecía entre las hojas plateadas y los vecinos que se rieron un día empezaron a pedirle esquejes.

Santiago nunca se lo recordó a nadie. Pero tampoco olvidaba. Por eso le dolían tanto aquellas pesadas. No era el dinero. Era la burla.

Al día siguiente fue a la cooperativa y preguntó al encargado si habían tenido algún problema con la báscula.

–Ninguno.

–¿Seguro?

–¿Y con la tolva?

–Tampoco.

Santiago asintió pensativo.

Antes de marcharse se quedó mirando la libreta de las últimas pesadas. Los números estaban allí, ordenados y limpios, como si no pudieran mentir.

–Santiago –dijo un vecino que esperaba para descargar.

Déjalo estar.

–¿Que deje qué?

El vecino miró hacia la puerta.

–Ya sabes.

–No sé nada.

El hombre se encogió de hombros

–Pues mejor.

Santiago se quedó mirándolo un momento.

–¿Tú también has visto cosas raras con la báscula?

El vecino no contestó. Cogió su saco y se lo cargó al hombro sin prisa, como quien no ha oído la pregunta.

–Aquí cada uno está pendiente de lo suyo –dijo al fin, ya de espaldas.

Santiago lo vio alejarse en su remolque y entendió que no le iba a sacar nada más. En este pueblo el silencio se cultivaba, como los olivos.

Salió pensativo de la nave y se cruzó en la puerta con Vitorino. Era un hombre ancho, de pelo blanco, que llevaba bastón aunque no lo necesitaba. Tenía más tierras y olivos que nadie en el pueblo, y hacía muchos años que mandaba sin ninguna oposición.

Vitorino lo saludó levantando ligeramente la barbilla y Santiago hizo lo mismo.

Aquella noche Carmela le dejó una tila sobre la mesa.

–No te calientes la sangre, Santiago.

Él no respondió. Solo miraba el fuego. En las brasas veía las cifras que no cuadraban.

Carmela se sentó frente a él con la labor en el regazo, aunque no atinaba a dar ni una puntada. Llevaba veinte años a su lado y sabía cuándo el silencio de su marido pedía compañía y cuándo quería que lo dejaran solo. Aquella noche queria soledad, pero aún así se quedó, fingiendo que cosía, hasta que el fuego se consumió del todo.

Fue entonces cuando Santiago recordó el olivo torcido.

Estaba detrás de la casa, justo al borde del precipicio. Era uno de los primeros que había plantado, y también uno de los más feos. El tronco se retorcía sobre sí mismo y las ramas crecían hacia un lado, como si el árbol quisiera escapar de la pendiente. Sus aceitunas eran pequeñas y deformes.

En la cooperativa le dijeron una vez que se llamaban zarzamoras, pero todo el mundo conocía ese olivo, el único del pueblo, por las aceitunas rayadas: nacían con unas hendiduras como si alguien las hubiera arañado.

No daban mucho aceite y por eso Santiago las dejaba para el final y Carmela las aliñaba.

A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, Santiago llamó a Antonio.

–Hoy recoge ese primero.

Antonio miró hacia el olivo.

–¿El torcido?

–Ese.

–Pero si casi no tiene.

–Tiene bastante. Haz lo que te digo.

Antonio no entendía nada pero cuando abrió la boca para preguntar, el padre ya se había ido.

Llenó dos sacos, que dejó apartados como le dijo su padre.

Al terminar la jornada, Santiago esperó a que los jornaleros se marcharan. Entonces abrió los sacos y volcó las zarzamoras sobre el remolque, por encima de las demás aceitunas. Con las manos fue mezclándolas despacio, como cuando apagaba la cal en la tinaja. Las zarzamoras desaparecieron entre las demás. Después ató el toldo con un nudo firme.

–¿Y ahora qué? –preguntó Antonio.

–Ahora llevas el remolque a la cooperativa, como siempre. Vamos a ver qué nos encontramos mañana.

Al día siguiente Santiago llegó a la cooperativa antes de que abrieran. Aparcó frente al bar de la carretera y pidió un café con un chorrito de brandy, como hacía desde joven.

Los hombres de siempre fueron llegando poco a poco. Algunos lo saludaron, otros hacían como que no lo veían.

Santiago removió el café lentamente y luego dejó la cucharilla sobre el plato. En ese mismo momento, la cancela metálica de la almazara chirrió: habían abierto.

Dentro olía a aceituna triturada, a tierra mojada y a aceite nuevo. Las máquinas empezaron a rugir. Los remolques entraban uno detrás de otro y la báscula iba marcando los kilos.

Santiago aparcó su remolque junto a otros. El de Vitorino estaba cerca. Santiago lo reconoció sin ver al dueño. Esperaba su turno, de pie junto a la cinta por donde pasaban las aceitunas ya lavadas.

El encargado apuntó la matrícula y se acercó a la báscula.

–¿De Vitorino? –preguntó

–Sí –respondió Alonso.

El remolque avanzó hasta la tolva y las aceitunas empezaron a caer.

Primero cayeron las grandes, verdes y negras, mezcladas según la maduración, Después, las pequeñas.

Una. Otra. Y otra más.

Santiago dio un paso adelante.

–¡Para la máquina!

El ruido siguió.

–¡Te digo que pares, Alonso!

El maestro de almazara accionó el interruptor y el silencio lo inundó todo.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó uno.

Santiago señaló la criba.

–Ahí.

Alonso se acercó.

–¿Qué?

–Mira bien.

El hombre frunció el ceño y cogió un puñado.

Entre sus dedos aparecieron varias aceitunas pequeñas, deformes, con las marcas características en la piel.

–¿Zarzamoras?

Nadie respondió.

Santiago señaló con firmeza el montón.

–Son mías.

Todos miraron hacia Vitorino.

–¿Seguro que son tuyas? Preguntó el encargado mientras consultaba su libreta

–¿De quien es esta pesada? –preguntó Alonso al encargado

–De Vitorino.

El nombre cayó en la nave como una piedra en un pozo.

Un silencio más espeso que el aceite inundó el espacio. Santiago y Vitorino cruzaron una mirada.

–Apunta la pesada a mi nombre –dijo Santiago con firmeza.

El encargado lo miró sin entender.

–¿Toda?

–Si, toda.

Vitorino dio un paso hacia ellos.

–¿Me estás acusando de algo?

Santiago se volvió.

–No.

–¿Entonces qué haces?

Santiago señaló las aceitunas

–Las he encontrado. Había perdido una parte de mi cosecha y la he encontrado.

–¿En mi remolque?

Nadie dijo nada. Solo se oía el zumbido de una máquina que ronroneaba a lo lejos.

Cogió una, la giró entre los dedos.

–Puede haber sido un error –añadió Vitorino.

Santiago asintió.

–Puede.

Y se apartó.

Alonso puso otra vez en marcha la instalación y las cintas empezaron a moverse de nuevo. Las aceitunas empezaron a entrar en la trituradora y momentos después el primer chorro de aceite empezo a correr por la canaleta.

Espeso, brillante, oloroso, de un verde dorado. Todo aquello había salido de las ramas de sus árboles, del trabajo de sus brazos y de la tierra que nadie quiso.

Cuando salió de la cooperativa, Vitorino seguía dentro. Santiago cruzó al bar y se tomó el café ya frío, pero no le importó. Nunca más volverían a descuadrar las pesadas, nadie tocaría más su cosecha.

Desde entonces, cada otoño Santiago recogía aparte las zarzamoras del olivo torcido y las guardaba en un saco en el cobertizo.

Por si acaso.

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