220. La última rama

Jacobo Vieites Sánchez

Samuel llevaba casi una hora esperando junto a la ventana de la cocina.

Desde allí podía ver el camino de tierra que descendía entre los olivos hasta la carretera. Un aire suave movía las hojas bajo el sol de la mañana y, a lo lejos, las cuadrillas comenzaban a trabajar. De vez en cuando llegaba hasta la casa el ruido de alguna vareadora.

Habían pasado cinco años desde la última vez que había visto a Daniel. Aunque nunca lo había sentido como un hermano, al menos no como uno de sangre.

Cuando Samuel tenía siete años, su padre se casó con Laura. Tras aquello, en casa apenas se volvió a hablar de su difunta madre.

Poco tiempo después, nació Daniel. Todavía recordaba el día en que llegaron con él en brazos desde el hospital.

Samuel nunca había sabido explicar qué había ocurrido entre ellos. Quizá no había ocurrido nada concreto. Habían sido simplemente demasiado diferentes.

Samuel era reservado. Le gustaba quedarse solo, leer bajo los olivos, observar a los jornaleros faenando. De niño podía pasar horas sentado sobre la hierba mirando el horizonte.

Daniel, en cambio, era distinto. Todos decían que se parecía a su padre.

Tenía su carácter afable, su facilidad para conversar, aquella seguridad que hacía que pareciera saber siempre qué hacer. A su padre le gustaba verlo con las manos sucias de tierra, subido a un tractor o preguntando por los secretos de la recolección.

—Este ha salido a mí —decía.

Samuel había escuchado aquella frase muchas veces, y cada vez se le clavaba en el pecho como un puñal.

Desde pequeño había sentido sobre sus hombros el peso de la responsabilidad. Era el mayor. El primogénito de Óscar Díaz. El que algún día heredaría la finca, los olivares, la almazara y ese aceite de oliva que llevaba, en cada gota, el legado de su familia.

—Esto no es solo una finca, Samuel. Es nuestra vida —repetía su padre.

Y después señalaba los olivos.

—El aceite es la sangre de nuestra familia.

Los recuerdos de juventud de Samuel estaban relacionados con aquellos árboles.

Recordaba el sol reflejado en las olivas, las manos agrietadas de su padre, el olor de la tierra húmeda y el sudor en la frente de los trabajadores.

Su padre le había enseñado a distinguir el fruto maduro de uno que todavía necesitaba días de sol, a apreciar el sabor de lo natural y la importancia de la poda.

—Un olivo se parece a una familia —decía—. Si lo dejas crecer sin orden, acaba dañándose a sí mismo.

Tanto Samuel como Daniel habían aprendido de su padre todo lo relacionado con la tierra, el aceite y el trabajo. Pero lo que jamás pudo enseñarles fue a hablar de lo que dolía ni de lo que uno sentía. Para él, la fortaleza consistía en enterrar las debilidades como raíces bajo la tierra.

Sus antepasados no habían levantado todo aquello con lágrimas y palabras bonitas. Lo habían hecho con esfuerzo, jornadas interminables y una dedicación absoluta al campo.

El bisabuelo de Samuel había comenzado trabajando unas pocas hectáreas que apenas daban para vivir. Su abuelo había conseguido aumentar la producción y, con otros agricultores de la comarca, había creado la cooperativa de la que fue presidente.

Había sido su padre, Óscar Díaz, quien había dado el siguiente paso.

Él no quería limitarse a producir aceite. Quería que el mundo reconociera la calidad de ese aceite.

Invirtió en maquinaria, mejoró los procesos de extracción, apostó por la recolección temprana y comenzó a vender fuera de la comarca. Después llegaron los premios, las tiendas especializadas y las primeras botellas con una etiqueta propia.

Gracias a su formación en comercio y marketing, Samuel fue quien se encargó de la comercialización.

Mientras su padre y Daniel hablaban de tierras, variedades y cosechas, él hablaba de mercados, distribuidores y clientes.

Todavía recordaba el rostro de su padre al sujetar la primera etiqueta con el apellido Díaz impreso. Era la marca de un aceite intenso, verde y limpio; con un aroma fresco, notas de tomate y almendra y un amargor elegante que dejaba paso a un sabor persistente en la garganta.

Nunca había visto a su padre tan orgulloso.

—Esto es lo que quedará de nosotros. Nuestro legado.

Samuel también lo estaba. Aunque no sabría decir si el motivo era el aceite o la aprobación paterna.

Había pasado ya mucho tiempo, y demasiadas cosas, desde aquel día. La muerte de Laura, la madre de Daniel, que Samuel nunca pudo sentir como propia. Las discusiones sobre el futuro de la empresa. La partida de Daniel. Y la salud de su padre.

En parte, Samuel se sintió responsable. Sabía que, en el fondo, su padre lo culpaba de la marcha de Daniel, el hijo que de verdad se parecía a él y que seguía visitándolo cada semana. No sin antes llamar a Samuel para que este no estuviera en casa a su llegada.

Todo hasta que, después de un lustro, los dos hermanos volvieron a encontrarse.

Su padre había muerto en la casa, mientras dormía la siesta después de comer. Lo había encontrado Samuel al regresar de un paseo por la finca.

Él mismo se lo comunicó a Daniel por teléfono. La conversación fue fría, al igual que el saludo en el tanatorio. Al principio Samuel dudó si abrazar a su hermano, pero los dos acabaron dándose un simple apretón de manos, como si de dos desconocidos se tratase.

Tras el entierro, Samuel lo vio hablar con la gente con la misma seguridad y simpatía que lo había caracterizado desde niño. Él, por su parte, se limitó a recibir los pésames de forma educada.

Cuando la gente fue abandonando el cementerio, Daniel se acercó.

—Creo que deberíamos hablar.

Samuel asintió.

—Mañana.

Y ahora lo esperaba mirando a través de la ventana de la cocina.

Cerca del mediodía, el coche de Daniel apareció por el camino levantando una polvareda.

Samuel lo vio detenerse frente a la casa. Permaneció unos segundos dentro hasta que se bajó y se dirigió hacia la entrada.

Lo escuchó abrir la puerta y caminar por el pasillo.

Entró en la cocina.

—Hola.

—Hola.

Se estrecharon la mano una vez más.

Samuel señaló una silla. Daniel se sentó.

Sobre la mesa había dos platos. En cada uno, varias rebanadas de pan bañadas en aceite.

Daniel sonrió.

—¿Pan con aceite?

Samuel le devolvió la sonrisa.

—Como cuando éramos niños.

Daniel cogió una rebanada. El aceite brillaba sobre ella como oro líquido.

—¿Te acuerdas de cuando papá nos lo preparaba?

Samuel asintió.

—Decía que no había mayor manjar.

—Y tenía razón.

Los dos volvieron a sonreír.

Por primera vez en muchos años, la distancia entre ellos pareció reducirse.

Después hablaron.

De los días de escuela. De los viajes en el viejo SEAT azul. De una tormenta que derribó varios olivos cuando eran niños. De las veces que su padre los había despertado antes del amanecer para acompañarlo a trabajar.

Daniel recordó una anécdota que Samuel había olvidado. Después Samuel recordó otra.

Los dos rieron.

Durante un rato parecieron dos niños sentados a aquella misma mesa. Como cuando su padre llegaba de los olivares y dejaba las botas junto a la puerta. Como cuando los tres compartían pan y aceite. Como cuando la vida parecía más amable y sencilla.

—Podríamos volver a trabajar juntos. Es lo que papá habría querido —dijo Daniel.

Samuel dejó la rebanada sobre el plato.

—Hace mucho que no estamos el uno con el otro.

—Precisamente por eso —explicó Daniel.

—Papá quería que los dos siguiéramos con esto —respondió Samuel, mirando alrededor.

—¿Te lo dijo? —preguntó Daniel.

—Varias veces.

—A mí también. Ya sabes lo que pensaba, el aceite es nuestra sangre.

Samuel bajó la vista hacia la botella.

—Entonces quizá todavía estemos a tiempo.

El aceite brillaba bajo la luz que entraba por la ventana.

Samuel levantó la mirada. Daniel lo miraba con la misma sonrisa que recordaba de su infancia.

La sonrisa que su padre había preferido.

—Podríamos abrir la finca al oleoturismo —continuó Daniel—. Enseñar el proceso, organizar catas, mostrar los olivares. La gente paga por conocer estas cosas.

Samuel no respondió.

—Y llevar nuestro aceite a nuevos mercados. Siempre has sido un experto en marketing y promoción.

Daniel cogió otra rebanada de pan.

—Yo gestionaré la producción y la finca —prosiguió.

Samuel observó cómo Daniel volvía a mojar el pan.

Durante un instante pareció que todo podía arreglarse. Quizá el tiempo había hecho su trabajo.

Quizá la muerte de su padre había terminado de romper la barrera invisible que llevaba años separándolos.

Quizá podían empezar de nuevo.

Daniel mordió el pan. Masticó.

—Está muy bueno.

Samuel asintió con la cabeza.

—A papá solo le valía la excelencia. Estaba dispuesto a cualquier cosa para lograrla.

Daniel también asintió. Hasta que dejó de masticar.

Primero pareció mareado. Después empezó a palidecer.

Samuel lo observó en silencio.

Daniel abrió la boca para intentar decir algo, pero no salió ningún sonido.

Se llevó una mano al pecho. Intentó levantarse sin éxito.

La silla chirrió contra el suelo.

Después, sus ojos quedaron fijos en Samuel. Ya no sonreía.

Samuel se levantó con total tranquilidad y rodeó la mesa.

Durante unos segundos permaneció junto a él. Observando sus ojos sin vida. En aquellos ojos había una pregunta que ya no podía formular.

Después cogió la botella de aceite y salió de la cocina con paso lento. Atravesó el patio y bajó por el camino hacia los olivares.

El aire era cálido.

Samuel caminó hasta uno de los olivos más antiguos. Lo había plantado su abuelo con sus propias manos.

Se detuvo y miró la botella. El aceite seguía brillando a través del cristal.

Era la misma cuyo aceite había envenenado después de descubrir el borrador del nuevo testamento. La misma con la que había preparado la comida de su padre el día de su muerte. Y la misma que ahora había utilizado para bañar el pan de su hermano.

Durante toda su vida había creído que la finca sería suya. Era lo justo. Era el mayor. Era el que había conseguido llevar su aceite al mercado.

Había permanecido allí, al lado de su padre, mientras Daniel se marchaba.

Había logrado que el apellido de la familia llegara a restaurantes, tiendas y hogares de todo el país.

Y, sin embargo, cuando abrió aquel sobre, descubrió que nada de aquello importaba.

El nuevo testamento dejaba la finca, los olivares y la empresa en manos de Daniel. Aquel hijo al que siempre había querido más. Samuel conservaría una parte de la empresa, pero quedaría bajo el liderazgo de su hermano pequeño.

Nada más.

El legado de su familia recaería sobre Daniel. Y Samuel no estaba dispuesto a aceptarlo.

Abrió la botella. Después la inclinó.

El líquido dorado cayó sobre la tierra. Una pequeña mancha se extendió sobre el suelo.

Samuel continuó vaciando la botella mientras el aceite desaparecía poco a poco en el terreno seco.

Cuando terminó, miró los olivos.

Las hojas seguían moviéndose con el viento. A lo lejos se escuchaba el motor de un tractor.

Respiró hondo. Había perdido a su padre. Había perdido a su hermano.

Pero todavía tenía la finca. Todavía tenía los olivares. Todavía tenía el aceite. Y eso era lo único que importaba.

Recordó las palabras de su padre: «El aceite es la sangre de nuestra familia».

Luego sonrió. Sabía que un olivo no podía crecer sin poda.

Y él acababa de podar la última rama.

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