218. In sécula seculórum

Dela Uvedoble

 

El antiguo propietario de estas tierras las llenó de olivos porque había leído que sus hojas perennes eran augurios de inmortalidad, sin embargo, falleció muy joven. Decían que su alma martirizaba los olivos truncándoles las ramas en venganza por la incumplida promesa de longevidad. El rumor hizo que el precio del cortijo se volviera irrisorio, algo que mi madre supo aprovechar, pero nada más mudarnos sufrimos tales escaramuzas que mis hermanos y yo lloramos por irnos. Entonces mamá, viuda y acostumbrada a todo tipo de fantasmas, lo agarró de la mortaja plegándolo en cuatro dobleces y guardándolo en el cuarto de aperos sin más consideración: a ti te quito yo la tontería -dijo, y sus choteos de ultratumba cesaron. Lo usa como lona para recoger las aceitunas y aunque algunas se escurren por los agujeros de los ojos, cumple bien su cometido. Y es que no hay nada como trabajar duro para encontrar la paz de espíritu, sobre todo si el contrato dura toda la eternidad.

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