217. Graciela y el olivo

Rodrigo Torres Quezada

 

La señora Graciela me pide que la lleve hasta la orilla del río donde está el olivo. Tomo las empuñaduras de su silla y la guio. Un grupo de jóvenes se lanza al agua como si no hubiese ningún peligro y ella les observa feliz.

-Es hora de irnos. Le digo.

-Quiero estar un rato más.

-Debemos comer.

-No quiero.

 

Siento deseos de abrazarla. De pedirle que sea fuerte. ¿Pero qué más fuerza añadirle a la que ya tiene y que yo misma quizás jamás posea?

-Juanita- le digo- Yo también quisiera lanzarme al agua y después salir a recoger aceitunas y hacer ese aceite tan rico que usted preparaba.

-¿Por qué no lo haces?

-Hace frío.

-¿Te sientes bien, mi niña?

-Quizás tenga hambre. Hambre de aceitunas.

-Eso sí que no, mi pequeña. Si tú tienes hambre entonces vámonos.

 

Y así logro que quiera volver. Logro que quiera comer. Pero ya no están las aceitunas que ella preparaba. Y en el fondo, siento un escozor. Siento que quizás hay algo que no estoy haciendo bien. ¿Con qué derecho he interrumpido su sonrisa cada vez que observa el olivo?

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