212. A ojo

Rosario González Ríos

Tras la muerte de su madre, Blanca volvió a su casa, que no pisaba desde hacía años, para vaciarla. En el cajón de la cocina encontró un papel manchado, amarillento. Era la receta de las aceitunas que su madre preparaba cada otoño.

Aceitunas, agua, sal, ajo, tomillo y algo de hinojo. Todo con cantidades exactas.

Sonrió. Nunca apreció aquellas aceitunas y se preguntó por qué alguien habría escrito con tanto detalle la receta. Su madre lo hacía todo a ojo: un puñado de sal, unas cabezas de ajo, un manojo de tomillo. Volteó el papel. Allí estaba escrito el nombre de su abuela. Debajo, con otra letra, aparecía el de su bisabuela. Cada una había añadido un ingrediente, una maña particular y una fecha.

Blanca preparó las aceitunas siguiendo la receta. Dejó pasar el tiempo que marcaban las mujeres que le precedieron. Al probarlas reconoció el sabor de su infancia.

Volvió a mirar el papel. Al lado del nombre de su madre había una última anotación: “para Blanca”.

Esta vez, las aceitunas no le parecieron amargas.

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