211. A Él

Alfonso Tello

 

Recuerdo que en aquella época, cuando padre vivía, los tres nos levantábamos de madrugada. Cogíamos la capacha que madre había preparado la noche anterior y nos subíamos al Land Rover. Siempre decía lo mismo: «Hoy echaremos un rato y volveremos temprano». Pero era mentira. Nos agarrábamos antes de las seis y cuando soltábamos el hacha, o la azada, o cuando se acababan los sacos de abono, habían dado las dos de la tarde. Eran días de duro trabajo, de vejigas y callos en las manos, aunque apenas me acuerdo de ellos. Ahora, a las puertas del ocaso de la vida, solo me vienen a la memoria la quietud del alba, el ulular triste de los mochuelos, las raíces centenarias arrancadas por el arado, el olor a tierra mojada, el canto de los pájaros entre las ramas, ese sol que prometía transformar el verdor de las aceitunas en el sagrado tesoro de las tierras de Mancha Real y, en definitiva, de todo Jaén. Y los almuerzos sentados a la sombra. Eso sobre todo. Las verduras y el huevo esperando el preciado líquido dorado: el chorreón largo de aceite de oliva virgen que los convertiría en pipirrana.

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