209. Hojas Plateadas

Efrateo de Belén

 

Mientras el sudor de la sangre mojaba mis raíces, mis hojas plateadas no temblaban por el frío, sino por el peso de la copa que estabas por apurar. Yo solo fui un tronco viejo y agrietado en Getsemaní, un mudo testigo que guardó tu último sollozo humano.

Mis ramas ya sabían de coronas para tiranos y de aceite encendido en los altares, pero jamás habían sostenido el miedo de un hombre que se sabía entregado. Te vi rogar al cielo, y en ese instante comprendí el destino atroz de mis frutos: no nacimos para alimentar mesas, sino para ser aplastados en la piedra fría, exactamente igual que tus huesos bajo el madero.

Hoy, el aceite de mis aceitunas unge a los moribundos, pero ninguna unción pesa tanto como aquel jugo tuyo que fermentó en mi corteza. Gracias por manchar mis raíces con la verdad de la tierra. Tú fuiste la semilla que nació para morir en este suelo estéril, y yo, el viejo olivo que aprendió a cargar sobre su madera el dolor del mundo.

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