207. La mayoría

Elena González García

 

Hijo, el agua y aceite están condenados a no mezclarse desde que los dioses se disputaron la ciudad fundada bajo la Acrópolis.

Poseidón golpeó la tierra con su tridente y de ella brotó el mar. Atenea plantó un olivo.

Los hombres votaron por Poseidón, fascinados por su fuerza y la primigenia violencia que emanaba de él. Las mujeres votaron por Atenea. Ellas sabían lo que valía un olivo. Del olivo se obtenía aceite para conservar los alimentos, ungir la piel y encender las lámparas.

Como las mujeres eran mayoría, los hombres les quitaron el voto y volvieron a votar. Entonces, ganó Poseidón.

Atenea, airada, retiró su olivo. Los árboles dejaron de dar fruto y, unos días después, los atenienses ya no tenían que comer. El rey Cécrope partió hacia el Olimpo para pedirle perdón. Atenea, la diosa de la sabiduría, sonrió: “Volverá. Pero nunca olvidéis que la civilización alimenta y la violencia no, y que cuando las mujeres no participan en las deliberaciones, las decisiones se parecen demasiado a las de un niño de teta”.

Y desde entonces, la ciudad se llamó Atenas.

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