206. Señales entre los olivos
La primera alarma apareció poco después de las once. Eloy miró el monitor de la cámara térmica. Señalaba una zona entre los olivos, unos metros por delante.
—Ahí tienes una.
Basilio bajó, apartó las ramas y alumbró hacia dentro. Regresó al poco rato.
—Nada.
Eloy reanudó la marcha. Llevaban tres noches trabajando con aquel sistema que detectaba aves refugiadas en el olivar antes de que llegara la cosechadora. También sabían que algunas zonas del follaje podían conservar más calor y provocar una falsa alarma.
La segunda apareció unos minutos después. Basilio tampoco encontró nada. La tercera surgió en otra hilera.
Eloy se quedó mirando la pantalla.
—Las otras salieron más atrás.
—Sí.
Basilio bajó de nuevo. Cuando regresó, miró hacia los olivos antes de subir.
—Nada.
Continuaron. Eloy trató de situar las tres señales. No formaban una línea exacta, pero habían ido apareciendo cada vez más adelante, en sectores distintos del olivar. Basilio también lo había notado.
—Se van moviendo.
—O la cámara no está funcionando bien.
—También puede ser.
Pasaron unos minutos.
—Mi abuelo hablaba de las ánimas —dijo Basilio.
—¿Qué ánimas?
—Las de aquí.
—¿También aparecían en una pantalla?
Basilio sonrió.
—Yo qué sé dónde aparecían.
Le contó que antes había un árbol en la finca al que llamaban el Olivo de las Ánimas. Él lo había conocido de joven. Recordaba que los mayores hablaban de una costumbre relacionada con las Ánimas Benditas, aunque nunca había prestado mucha atención.
—¿Y dónde está el árbol?
—Lo arrancaron.
Eloy señaló el monitor.
—Pues habrá que avisarles.
A la mañana siguiente preguntó por el olivo mientras desayunaban. Un trabajador confirmó que el árbol había existido y señaló hacia una zona de la finca que había cambiado años atrás.
Agustín, el propietario, llegó poco después. Tendría unos sesenta años. Escuchó lo ocurrido y preguntó primero si la cámara había fallado mucho o si habían encontrado algún animal. Cuando Eloy mencionó el Olivo de las Ánimas, dejó de mirar el monitor.
—Sí. Yo me acuerdo.
—Basilio dice que hacían algo con sus aceitunas.
—Las recogían aparte. Eso sí lo vi de niño.
Recordaba los capazos separados del resto y haber oído a su padre hablar de las ánimas. Poco más. Con los años dejaron de hacerlo, aunque el árbol conservó el nombre.
—¿Y qué pasó con él?
—Lo quitamos.
Durante la modernización de la finca varios ejemplares antiguos quedaron fuera de la nueva distribución y fueron arrancados.
—Leocadio me dijo que ese no debía tocarse —añadió Agustín.
—¿Por las ánimas?
—Por la historia.
Leocadio llevaba décadas trabajando allí. Agustín le preguntó si el árbol estaba protegido o si había alguna razón concreta para conservarlo. No la había. Así que lo arrancaron.
Aquella noche volvieron las detecciones. Fueron menos, pero aparecieron otra vez en zonas distintas. Basilio comprobó cada una y regresó sin animales.
Al terminar el turno, Eloy buscó en Internet. Encontró referencias a tradiciones en las que ciertos olivos y su aceite estaban relacionados con las Ánimas Benditas. En Castillo de Locubín existía incluso otro ejemplar conocido como Olivo de las Ánimas. La historia que había contado Basilio tenía, al menos, paralelos fuera del Cortijo de la Cañada.
Agustín habló con una tía suya que todavía recordaba algo de la costumbre. El aceite obtenido de aquellas aceitunas se destinaba a las ánimas. No supo decirle mucho más.
Decidieron probar.
Utilizaron aceite de la propia finca. Agustín dejó una pequeña cantidad cerca del lugar donde recordaba que había estado el árbol y volvieron al trabajo.
Pasó una hora sin señales. Luego media hora más.
—A ver si va a resultar que teníamos razón —dijo Basilio.
Eloy siguió mirando al frente.
La alarma sonó pocos minutos después.
Basilio bajó.
Nada.
Antes de terminar la noche aparecieron otras dos detecciones.
Al día siguiente Agustín sacó varias cajas de un cuarto del cortijo. Había facturas, libros de cuentas, cuadernos de cosecha y carpetas con papeles que nadie había revisado en años. Pasaron buena parte de la mañana encontrando cosas que no servían: compras de abono, reparaciones de maquinaria, jornales y cantidades de aceituna de distintas campañas.
Basilio estaba hojeando uno de los libros cuando se detuvo.
—¿Esto qué pone?
Agustín acercó el cuaderno a la ventana. Al lado de una cantidad pequeña alguien había escrito una palabra.
—Ánimas.
Buscaron en otros años. Encontraron más anotaciones. En algunas aparecían pequeñas cantidades de aceite separadas del resto con la misma indicación.
Agustín siguió unos segundos revisando las cifras.
—Esto salía solo de ese árbol.
Eloy volvió a mirar el libro. La noche anterior habían utilizado aceite de la finca. En cambio, las anotaciones indicaban que antiguamente se reservaba el obtenido de las aceitunas del Olivo de las Ánimas.
Esa tarde sacó el plano donde había señalado algunas de las detecciones. Miró los puntos repartidos por las hileras y recordó la primera noche, cuando cada nueva señal parecía surgir más adelante.
—¿Y si no están esperando el aceite? —dijo.
Basilio se acercó.
—¿Entonces?
Eloy pasó el dedo por varios de los puntos.
—El árbol ya no está. A lo mejor lo están buscando.
Agustín miró el plano y luego a Eloy.
Eloy siguió observando las marcas. La cámara ya se había equivocado otras veces. Quizá ahora eran ellos los que, después de escuchar la historia de Basilio, veían algo más en aquellos fallos.
Durante varios días dieron por hecho que, aunque su interpretación fuera cierta, no podían hacer nada. El Olivo de las Ánimas había sido arrancado casi veinte años atrás.
Hasta que Agustín recordó algo.
—Espera. Algunos se vendieron.
—¿Qué cosa?
—Los olivos que quitamos.
No todos habían terminado convertidos en leña. Algunos ejemplares grandes fueron extraídos enteros y vendidos como árboles ornamentales. Podían haber acabado en jardines, hoteles o fincas particulares.
—¿Y el de las Ánimas? —preguntó Eloy.
Agustín negó con la cabeza.
—No lo recuerdo.
Una factura permitió localizar a la empresa que había realizado el traslado. De allí llegaron hasta un vivero que había recibido varios olivos adultos procedentes de la zona. Nadie conservaba un registro que permitiera saber cuál era cada uno.
Revisando fotografías antiguas, Agustín encontró una del cortijo. Aparecían varios trabajadores junto a un remolque y, detrás, el Olivo de las Ánimas. Tenía un tronco ancho y una gran cavidad lateral que hacía que la base pareciera dividida en dos.
Eloy fotografió la imagen con el teléfono. A partir de entonces, aquella cavidad se convirtió en lo primero que buscaba.
Unos meses después creyeron haber encontrado uno. Un antiguo comprador envió una fotografía de un olivo que llevaba años en el jardín de una casa. La abertura del tronco se parecía bastante.
Eloy amplió la imagen.
—Este puede ser.
Agustín lo negó.
—Mira abajo.
En la fotografía antigua, una de las masas de la base se abría hacia fuera antes de unirse al tronco. En el otro árbol crecía casi recta.
Eloy alternó varias veces entre las dos imágenes.
Agustín tenía razón.
Después surgieron otros nombres, teléfonos y compradores que ya no recordaban exactamente de dónde habían salido sus árboles. La campaña terminó. Llegaron otras. Eloy continuó trabajando en el Cortijo de la Cañada, pero no volvieron a trabajar de noche con aquel sistema.
Tampoco volvieron a ver las señales.
La búsqueda aparecía y desaparecía entre el trabajo de cada año. Una fotografía bastaba a veces para descartar un olivo. De otro supieron que había muerto después del trasplante. La pista de uno más se perdió tras una segunda venta.
En 2023 Eloy habría llamado fallo de calibración a cualquiera de aquellas manchas. Tres años después ampliaba fotografías de troncos tratando de reconocer un árbol que nunca había visto.
La pista más convincente apareció en Granada. Un establecimiento rural había comprado varios olivos ornamentales casi veinte años atrás. Uno de ellos podía proceder del Cortijo de la Cañada.
Agustín le envió la fotografía.
Eloy la abrió antes de leer el mensaje y reconoció la cavidad.
Viajaron juntos.
El olivo estaba detrás del edificio principal, en la zona del jardín. A Eloy le sorprendió verlo allí, convertido en parte del paisaje.
Sacó el teléfono. Desde uno de los lados, la cavidad se parecía mucho a la de la fotografía antigua.
Agustín rodeó el árbol despacio.
—Esta parte sí.
Señaló la base y avanzó hacia el otro lado.
—Esto no lo recuerdo.
Eloy comparó las imágenes. En aquella zona el tronco había engrosado y aparecía madera que no existía veinte años atrás.
Agustín siguió rodeándolo y se detuvo de nuevo.
—Mira aquí.
Había una hendidura menor junto a una de las raíces principales. Eloy amplió la fotografía vieja. La marca parecía estar también allí, aunque apenas se distinguía detrás de uno de los hombres.
—Puede ser la misma.
El encargado del establecimiento sabía que llevaba allí muchos años, pero no pudo precisar de dónde procedía.
Eloy permaneció junto al olivo mientras Agustín conversaba con él. Volvió a comparar la cavidad, la base y aquella pequeña hendidura.
Cuando Agustín regresó, Eloy guardó el teléfono.
—Si resulta que es este, ¿se podría comprar?
Agustín miró primero el árbol.
—Primero habrá que saber si es el mismo.