205. El óleo de los adioses

Alfonso Pliego Santos

 

La abuela Cecilia ungía los dinteles con su aceite cada vez que alguien emigraba. “Para que el camino de vuelta resbale suave”, decía. Antes de expirar, pidió a su nieto que frotara el marco de su habitación con la última cosecha. Al hacerlo, el muchacho notó que el líquido no chorreaba: fluía hacia arriba, como si la madera lo bebiera con hambre. Esa noche soñó con su abuela caminando por un olivar de plata, pero sus pies no tocaban el suelo; se deslizaban sobre un río de oro. Despertó con los dedos manchados de verde intenso. En la cocina, la botella estaba vacía, pero el dintel brillaba como un espejo. Entendió entonces que el aceite no solo condimentaba la mesa, sino que lubricaba el umbral entre este mundo y el que aguarda al otro lado.

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