203. El hombre de la etiqueta

Roberto Santos Fernández

 

Los sábados, por cincuenta euros, Julián hacía de sí mismo.

Llegaba antes de las diez, aunque la primera visita no empezaba hasta las diez y media. Aparcaba el Clio debajo de una chapa que daba sombra solo a la mitad del coche y se quedaba unos minutos dentro. Escuchaba las noticias, miraba el campo por encima del volante, bajaba la radio cuando empezaban los deportes.

A las diez salía.

Llevaba una camisa clara, una gorra sin publicidad y las mismas botas con las que había trabajado los últimos años antes de jubilarse. Su hija le había regalado otras por Reyes.

—Esas dan pena, papá.

—Todavía aguantan.

Las nuevas seguían en su caja.

La finca se llamaba ahora Olea Magna. Durante casi toda la vida de Julián había sido la finca de los Molina.

No recordaba cuándo le cambiaron el nombre. Primero apareció una página de internet. Después hicieron una tienda donde había estado el almacén de fitosanitarios, pintaron la nave, acristalaron media almazara y empezaron a llegar coches de alquiler.

A la entrada colocaron un cartel con una botella negra sobre un fondo de olivos.

TIERRA. TIEMPO. VERDAD.

Julián lo leía todos los sábados.

Nunca preguntó por qué las tres palabras llevaban punto.

A las diez y veinte aparecía Paloma.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Hoy tenemos franceses.

—Pues háblales tú.

Paloma tenía veintinueve años, hablaba inglés y francés y poseía una paciencia que Julián consideraba imprescindible para aquel trabajo. Podía explicar cinco veces en una mañana que las aceitunas verdes y negras no procedían de árboles distintos sin cambiar el tono. Hablaba del picual durante veinte minutos y conseguía que la gente siguiera escuchando. Cuando dirigía una cata encontraba tomate, hierba recién cortada, almendra, hoja de higuera.

Julián encontraba aceite.

El primer día, Paloma le explicó en qué consistía su trabajo.

—No tienes que preparar nada. Tú sé tú mismo.

—Eso ya lo sé hacer.

—Pues perfecto.

Su puesto estaba al final del primer tramo de la visita, junto a un olivo que la empresa anunciaba como centenario y al que algunos folletos concedían cuatrocientos años.

—Cuatrocientos no tiene —dijo Julián la primera vez que lo oyó.

—Es una estimación.

—Será.

Paloma esperó algo más.

Julián miró el tronco.

—Viejo sí es.

No volvieron sobre el asunto.

Le habían colocado un banco de madera bajo el árbol. Los visitantes llegaban hasta allí después de escuchar explicaciones sobre variedades, marcos de plantación y recogida temprana.

Al principio, Paloma lo presentaba así:

—Él es Julián. Ha trabajado prácticamente toda su vida en esta finca.

Unos meses después empezó a decir:

—Julián forma parte de la memoria viva de Olea Magna.

La primera vez que la oyó, Julián volvió la cabeza.

—Eso suena a lápida.

Paloma se rio.

Al sábado siguiente recuperó la frase anterior.

Los turistas solían acercarse. Le preguntaban cuánto se tardaba en recoger un olivo antes de las máquinas, si había años sin aceituna, cuándo empezaba la campaña.

Una mañana, un niño señaló varios frutos arrugados.

—¿Por qué están así?

Julián arrancó uno y se lo enseñó.

—Llevan demasiado tiempo en el árbol.

—¿Y eso es malo?

—Depende de para qué.

El niño quiso cogerlo.

Julián se lo dio.

—¿Me lo puedo comer?

—Puedes.

El padre levantó el teléfono para grabarlo.

El niño mordió la aceituna y la escupió casi inmediatamente.

—¡Puaj!

Julián recogió el fruto de su mano.

—Ya te gustará cuando pase por la almazara.

Otra vez, una mujer vio una herida en una rama baja.

—¿Qué le ha pasado?

Julián se levantó, apartó unas hojas y pasó un dedo por la madera.

—La máquina.

—¿La vibradora?

—Seguramente.

—Pero parece poca cosa.

Julián volvió a sentarse.

—Cerrará.

Paloma esperó a que el grupo se alejara.

—¿Cómo sabías que era de la máquina?

—Porque estaba aquí cuando ocurrió.

Eso era lo que más desconcertaba a Paloma. Muchas de las cosas que ella había estudiado, Julián las recordaba.

Los cincuenta euros no eran el único motivo por el que iba.

Desde que murió Matilde, los sábados duraban demasiado. Su hija aparecía algunos fines de semana y le llenaba la nevera de cosas que podía comprar perfectamente. Los nietos ya estaban en esa edad en la que visitar al abuelo había dejado de ser un plan y empezaba a incluirse entre las cosas que había que hacer.

En la finca, al menos, había movimiento.

Y durante la campaña todavía olía como antes.

La nueva almazara se parecía poco a la que Julián había conocido. Donde antes había grasa, voces, suelo resbaladizo y hombres que terminaban el turno con la ropa impregnada de orujo, ahora había acero inoxidable, cristaleras y líneas de colores pintadas en el suelo.

Julián prefería la nueva.

Había descargado suficientes remolques bajo la lluvia como para no echar de menos ciertas cosas.

Pero cuando empezaba la molienda regresaba aquel olor verde, húmedo, casi amargo, que Paloma era capaz de dividir en media docena de aromas.

Para él olía a campaña.

Había empezado allí con catorce años.

Su padre le consiguió el puesto un lunes de noviembre. La primera mañana lo pusieron a extender mantones. A media tarde tenía los dedos hinchados y una quemadura de frío en la oreja izquierda.

El martes volvió.

Luego el miércoles.

Trabajó cuarenta y tres campañas en el campo, con alguna temporada fuera y dos años en otra finca. Conoció tres generaciones de Molina.

Al primero, don Rafael, lo recordaba llevando las cuentas con un lápiz que mojaba en la lengua. Su hijo modernizó la almazara y mantuvo a Julián contratado durante los meses en que estuvo recuperándose de una operación de rodilla, cuando podría haber prescindido de él. Ernesto, el nieto, estudió fuera, regresó hablando de exportaciones y oleoturismo y fue quien tuvo la idea de ofrecerle cincuenta euros por aparecer los sábados.

Julián no tenía nada contra los Molina.

Eso se lo había explicado varias veces a su hija.

—Los defiendes siempre.

—No los estoy defendiendo.

—Papá, han puesto tu cara en una botella.

Ese era el asunto.

En la tienda de Olea Magna había una estantería para las ediciones especiales. Botellas blancas, verdes, negras, latas ilustradas, estuches de madera.

La más cara costaba treinta y ocho euros.

Llevaba una etiqueta color crema y una fotografía antigua en blanco y negro.

En ella aparecía un muchacho flaco con una espuerta apoyada en la cadera. La camisa le venía grande. Tenía las mangas remangadas, mucho pelo y una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha.

Debajo ponía:

COSECHA 1964
EDICIÓN ORIGEN

El muchacho era Julián.

La fotografía se la hicieron durante su segunda campaña.

Recordaba al fotógrafo porque había conseguido que el tajo perdiera casi una hora. Venía de Jaén con una cámara grande y un trípode. Don Rafael quería fotos para unos folletos que, por lo que Julián sabía, nunca llegaron a imprimirse.

A él le dieron una espuerta y le dijeron que mirara hacia la izquierda.

Miró hacia la derecha.

El fotógrafo tuvo que repetirla.

Sesenta años después, la imagen apareció en una botella.

La primera vez que Julián la vio permaneció un buen rato delante de la estantería.

Compró una.

Le hicieron descuento de antiguo empleado.

Se la llevó a su hija.

—Mira.

Ella reconoció la fotografía enseguida.

—Eres tú.

—Sí.

—¿Les has dado permiso?

—La foto era de ellos.

—La foto sí. Tu imagen no.

Julián abrió la nevera.

—¿Quieres una cerveza?

—No cambies de tema.

Su hija buscó cosas en el teléfono. Derechos de imagen. Consentimiento. Cesión. Compensación económica.

—Tienes que hablar con Ernesto.

—Ya hablo con él.

—De esto.

—¿Para qué?

—Para empezar, para que te paguen.

—Ya me pagan.

—Por las visitas.

—Pues eso.

—No es lo mismo.

Julián acabó sirviéndose la cerveza él solo.

Discutieron hasta después de comer.

Antes de marcharse, su hija dejó la botella encima del aparador.

Julián la abrió un par de meses después, cuando se quedó sin aceite para preparar la cena.

No se lo contó.

Durante las visitas, Paloma utilizaba la Edición Origen para explicar la historia de la finca.

—La fotografía procede del archivo de la familia y fue tomada aquí durante la campaña de 1964.

Antes añadía que aquel muchacho era uno de los trabajadores anónimos que habían construido la historia de Olea Magna.

Dejó de hacerlo después de que Julián le preguntara:

—¿Anónimo para quién?

No hubo discusión.

A partir del sábado siguiente decía «uno de los trabajadores».

Tampoco revelaba que era Julián.

Nunca habían hablado de eso.

A finales de agosto apareció Ernesto acompañado por tres desconocidos.

Uno llevaba barba y camiseta negra. Otra, una cámara. El tercero no apartaba los ojos de una tableta.

—Julián, tenemos que hablar contigo.

—Dime.

El de la barba se llamaba Lucas y dirigía la nueva campaña de publicidad.

Pusieron una botella de Edición Origen sobre una mesa.

Ernesto explicó que estaban preparando el lanzamiento en varios mercados europeos.

—Queremos que la campaña gire alrededor de la historia de la finca.

Julián escuchó.

—Y de la gente —añadió Lucas—. Queremos contar de dónde sale realmente el aceite.

Señaló la fotografía.

—Queremos recrearla.

Julián cogió la botella.

—¿Esta?

—Exactamente.

—Ese olivo ya no está.

Ernesto acercó la cara.

—¿Cuál?

Julián señaló uno de los árboles del fondo de la imagen.

—Ese. Lo arrancaron después de la helada.

—¿Qué año?

—El ochenta y cinco, creo.

Lucas tomó una nota.

—Eso nos puede servir.

Julián dejó la botella sobre la mesa.

—El árbol no va a volver.

Le explicaron la idea completa.

Fotografías. Un vídeo. Algunas imágenes caminando por la finca. Una pequeña entrevista. Querían poner juntas la fotografía de 1964 y la actual.

El mismo hombre.

El mismo olivar.

El tiempo entre ambas.

—¿Cuánto? —preguntó Julián.

Ernesto dejó de explicar.

Acordaron cuatrocientos euros.

—Mi hija va a decir que es poco.

—¿Tú qué dices?

Julián pensó unos segundos.

—Que cuándo hay que venir.

El rodaje fue tres semanas más tarde.

Cuando llegó, a las ocho y veinte, había dos furgonetas, focos, cables y una mesa con café, fruta cortada y bollería.

Una chica con auriculares le preguntó si tenía alguna alergia alimentaria.

—No.

—¿Alguna intolerancia?

—La leche me sienta regular.

La chica lo anotó.

Empezaron por la fotografía.

Llevaban una ampliación del original y trataron de localizar el punto exacto. Apenas quedaba nada reconocible. El camino era más ancho, la linde de piedra había desaparecido y una nave ocupaba parte del fondo.

Le entregaron una espuerta nueva.

Julián la sostuvo.

—¿No tenéis otra?

Lucas miró la fotografía.

—¿Por qué?

—Esta no ha visto aceitunas.

Alguien fue al almacén y regresó con otra vieja, reparada con alambre.

Julián la miró por dentro.

—Mejor.

—¿Es como la de la foto?

—Más o menos.

Se la apoyó sobre la cadera.

La fotógrafa comparó ambas imágenes.

—Mira hacia allí.

Julián obedeció.

—Un poco menos.

Movió la cabeza.

—Así.

Tomaron muchas fotos.

Después grabaron sus botas caminando entre los olivos, las manos sobre un tronco, la recogida de varias aceitunas.

Lucas señaló un fruto.

—Coge ese.

—Ese no.

—¿Por qué?

—Está picado.

Lucas se acercó.

—¿Dónde?

Julián hizo girar la aceituna entre los dedos hasta encontrar el punto.

—Aquí.

Lucas llamó al cámara.

—¿Puedes explicar eso?

Julián volvió a mirar el fruto.

—Tiene un agujero.

—Ya, pero cómo sabes…

—Porque lo estoy viendo.

Lucas terminó riéndose.

A mediodía hicieron una pausa.

Julián se preparó un bocadillo de tortilla y se sentó junto a una pared. Paloma se acercó con dos cafés.

—¿Te gusta esto?

Julián miró las cámaras.

—Es raro.

—Eso sí te lo acepto como respuesta.

Ella se sentó a su lado.

—¿Nunca te dio rabia lo de la botella?

—Treinta y ocho euros sí me parece una barbaridad.

—Sabes lo que te pregunto.

Julián dio un bocado.

—Lo sé.

Paloma esperó.

—¿Y?

—No sé.

Era la primera respuesta que le daba sobre aquello que parecía completamente cierta.

Por la tarde grabaron la entrevista.

Colocaron una silla bajo el olivo de las visitas y le prendieron un micrófono en la camisa.

Lucas se situó junto a la cámara.

—No mires al objetivo. Mira a Paloma.

Empezaron.

Cuándo había entrado a trabajar.

—Con catorce años.

Qué recordaba de las primeras campañas.

Julián se quedó pensando.

—El frío.

—¿Algo más?

—Que a las once ya tenía hambre.

Qué había cambiado.

—Las máquinas.

Qué más.

—Muchas cosas.

Qué permanecía.

Julián miró las hileras.

—Algunos olivos.

Lucas pidió que repitiera esa última respuesta.

Lo hizo.

La segunda vez sonó preparada.

Se quedaron con la primera.

Después le enseñaron la fotografía.

—¿Qué piensas cuando ves a ese muchacho?

Julián la observó durante un rato.

—Que no sabía nada.

—¿De qué?

—De lo que venía.

—¿Y qué vino?

Julián siguió mirando la foto.

—Todo.

Nadie habló durante unos segundos.

Lucas decidió no repetir.

Al final sacó dos folios grapados.

—Solo faltan unas frases muy cortas. Yo te las voy diciendo y tú repites.

—Vale.

—«Mi abuelo trabajó estos olivos».

—Mi abuelo trabajó estos olivos.

—«Mi padre también».

—Mi padre también.

—«Yo he pasado aquí toda mi vida».

Julián negó con la cabeza.

—Toda no.

Lucas miró el papel.

—«Buena parte de mi vida».

—Eso sí.

Repitieron desde el principio.

Lucas continuó:

—«Los recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros».

Julián no repitió.

Lucas esperó.

—¿Qué pasa?

—Yo no recibí olivos.

—No hablamos de propiedad.

—Ya.

—Es el legado. Lo que una generación recibe y entrega a la siguiente.

Ernesto, que estaba hablando por teléfono junto a una furgoneta, se acercó al verlos parados.

—¿Algún problema?

Lucas le mostró la frase.

—Julián dice que él no recibió los olivos.

Ernesto la leyó.

—Entiendo lo que quieres decir.

Julián no contestó.

—La frase no pretende decir que fueran tuyos —continuó Ernesto—. Habla de pertenencia, de tradición. De todas las personas que habéis estado vinculadas a la finca.

—Eso sí.

—Pues es eso.

Julián señaló los folios.

—No pone eso.

Ernesto leyó de nuevo.

No discutió.

—Vale. Quitamos «recibimos».

Lucas tachó la palabra.

—Podemos decir: «Aprendimos de quienes estuvieron antes que nosotros».

Julián asintió.

—Sí.

—«Y ahora nos corresponde conservar este legado para los que vendrán».

Esta vez la pausa fue más corta.

—Eso lo podéis decir vosotros.

—¿Por qué? —preguntó Lucas.

—Porque seguirá siendo vuestro.

Nadie respondió enseguida.

No había reproche en la frase.

Tal vez por eso resultaba difícil contestarla.

Paloma cogió los folios y se sentó frente a él.

—Tu abuelo trabajó aquí.

—Sí.

—Tu padre también.

—Sí.

—Y tú.

—Sí.

—¿Ninguno tuvo olivos?

—Mi abuelo tenía dos higueras.

—¿Nada más?

—Un corral.

Paloma sonrió.

—¿Y tu padre qué te dejó?

Julián se rascó el pulgar.

—Una navaja.

—¿Todavía la tienes?

—En casa.

Paloma miró sus manos.

—Algo más te dejaría.

Julián siguió el movimiento de sus ojos.

La izquierda ya no cerraba del todo. En el pulgar derecho conservaba una cicatriz blanca de una chapa que le había abierto la carne muchos años atrás.

—Las manos eran parecidas.

Lucas hizo una seña casi automática al cámara.

Julián lo vio.

—Eso no.

El cámara se quedó quieto.

—¿Por qué? —preguntó Lucas.

Julián señaló a Paloma.

—Me lo ha preguntado ella.

Lucas bajó la mano.

—Vale.

No insistió.

Al final grabaron algo mucho más breve:

«Mi abuelo trabajó estos olivos. Mi padre también. Yo he pasado aquí buena parte de mi vida. Aprendimos de los que estuvieron antes.»

Lucas propuso una última frase.

Julián dijo que no hacía falta.

A las seis, Ernesto le entregó un sobre.

Julián sacó los cuatro billetes y los contó.

Ernesto lo observó.

—Están todos.

—Ya.

Julián volvió a guardarlos.

Antes de subir al coche, Ernesto permaneció a su lado.

—Mi abuelo hablaba bastante de tu padre.

—El mío también del tuyo.

—Espero que bien.

Julián abrió la puerta.

—Había días.

Ernesto se rio.

El sábado siguiente Julián volvió a las diez menos cuarto.

Aparcó debajo de la chapa y esperó dentro hasta las diez.

La primera visita era un grupo de Barcelona. Un matrimonio mayor, dos parejas jóvenes, tres niños, una mujer que viajaba sola y un hombre que preguntó por la acidez antes de que Paloma terminara de presentarse.

Todo transcurrió como siempre.

Junto al olivo centenario, uno de los niños quiso probar una aceituna directamente del árbol.

—No te va a gustar —le dijo Paloma.

El niño miró a Julián.

—¿Puedo?

—Sí.

La mordió.

Tardó apenas un instante en escupirla en la mano.

—Está malísima.

Julián sonrió.

—Todavía le falta trabajo.

Después recorrieron la almazara y llegaron a la tienda.

Paloma habló de variedades, de recolección temprana y de molienda. Al final cogió una botella de Edición Origen.

La sostuvo para que todos pudieran ver la fotografía.

—Esta imagen se tomó aquí en 1964.

Una mujer se acercó.

—Qué joven.

—Sí.

—¿Se sabe quién era?

Julián estaba junto a la salida, intentando meter las gafas en el bolsillo de la camisa.

Hasta entonces Paloma había respondido siempre que era uno de los trabajadores de la finca.

Miró la etiqueta.

—Sí.

Alzó la vista hacia la puerta.

—Se llama Julián.

Los visitantes se volvieron.

Julián no los vio.

Ya estaba fuera.

Una mujer con bastón venía detrás y él sujetó la puerta hasta que pasó.

—Gracias.

Julián esperó a que cruzaran también los dos niños que la acompañaban.

Después soltó la puerta.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad