20. La savia del abuelo

Ágavedenoche

 

El viento de la tarde traía un rumor de hojas secas y tierra vieja. Mi abuelo no hablaba mucho; prefería dialogar con los troncos retorcidos de los olivos, esos viejos centinelas que, según él, guardaban la memoria del mundo en sus entrañas de madera. Decía que la lluvia no caía del cielo, sino que brotaba de las raíces cuando la tierra tenía sed de milagros.

Durante la recolección, sus manos calosas y agrietadas por el frío de la sierra acariciaban las aceitunas con una delicadeza mística, como quien acuna a un recién nacido. Al caer la noche, en la almazara, contemplábamos juntos el fluir del primer aceite: un hilo de oro verde, espeso y brillante, que nacía del vientre de la piedra. El abuelo mojó un trozo de pan rancio, lo llevó a mis labios y me susurró al oído: «Prueba, hijo; esto no es comida, es el alma de los que ya no están, hecha luz para el cuerpo». Y en ese instante, el campo entero me dolió de pura belleza.

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