195. Doce olivos

shostakovitch

 

Gabriel se sabía aquel olivar –según reza la absurda expresión– como la palma de su mano. O, por decirlo bien, mucho mejor que la palma de su mano.

Aquellos doce olivos centenarios eran para él como una segunda familia. Cada uno de ellos con sus peculiaridades y características, casi podría decirse que con su carácter. Había llegado, incluso, a ponerles nombres: Amelia, la perfumada; Rosario, la fecunda; Antonio, el viejo; Francisco, el vigoroso… Y así, con todos.

Como su padre, y su abuelo, y el abuelo de su abuelo… en aquel humilde bancal había Gabriel dejado jornadas y jornadas de trabajo, arrobas y arrobas de sudor. Pero, también, allí se había enamorado de Margarita una amable tarde de primavera, allí la había desflorado una clara noche de estío, allí le había pedido matrimonio una fría mañana de otoño, y allí le había ella respondido de inmediato que sí.

Ahora, allí quedaría su cuerpo inerte; probablemente, tal cual cayese desplomado.

Le ofrecieron un pañuelo. Más por ellos que por él.

Dijo que no. Se negaba a morir solo y a oscuras. Quería que lo último que viesen sus ojos fatigados fuese aquella docena de viejos amigos.

–Carguen… Apunten…

 

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