193. Un mar terroso y verde

Carlos Andrés Fabbri Campos

 

No pudo haber escogido mejor lugar para vivir tras su jubilación. El aromático aire serrano, puro y rural, no sólo era sano, sino también “purificador y embriagador del espíritu” como solía decir a quienes lo visitaban.

Había conocido el paraje cuando años atrás un certamen literario lo llevó a aquella ciudad que rememora una batalla contra las tropas francesas. En pleno meollo del mar de olivos fue a establecerse. Se consideraba, como cantara el poeta gaditano y universal, un marinero en tierra.

La visita al médico de cabecera era una terquedad de la edad y la rutina se ocupó en tejer la amistad.

“Estás más fuerte que un olivo centenario”, le decía el galeno. “Tienes el corazón propio de una persona treinta años más joven”.

Ambos conocían muy bien el secreto. Cada mañana, tras olerlo profundamente, bebía en ayunas un chupito de aceite de oliva virgen extra. Tras saborear el sabor intenso chasqueaba la lengua contra el paladar, a lo que seguía un suave picor haciéndole cosquillas en la garganta.

En ese momento sentía su cuerpo flotar entre las olas mansas de aquel mar terroso y verde; y comprendía entonces, por qué se había instalado en aquel delicioso rincón andaluz.

 

 

 

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