190. Plata y oro

José Luis Hernández Garvi

 

Caminar, perderse entre las líneas de los olivares, siguiendo el camino de plata que delimitan sus hojas. El sol en lo alto, curtiendo la piel de mi rostro, como mandan los siglos que en esta tierra aprendieron a contar el paso del tiempo. Me llaman a lo lejos: la pausa del pan con aceite, tentempié digno de dioses y reyes, el milagro de las espigas doradas del trigo empapado por el oro extraído del crisol alquímico de la almazara.

Muerdo la hogaza que me ofrecen los olivareros, gente noble y generosa, que ama los troncos centenarios como si fueran sus propias venas, la savia hermanada con la sangre de los brazos que varean.

Contemplo las palmas de mis manos, los dedos acostumbrados a jugar con las palabras sobre un blanco inmaculado. Ahora están manchados por el azabache y morado de las aceitunas, la tinta de la vida con la que he escrito las líneas de este relato.

 

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