184. Parada obligatoria

Pablo Monterde Medina

 

Lo despertó un agradable aroma afrutado, verdoso, intenso y profundo. Irrumpía en su nariz con el ímpetu del sol; el regusto de la tierra seca; y el cálido frescor del Mediterráneo. Se incorporó en el asiento trasero del coche, presenciando a su alrededor un inmenso mar de lomas doradas, habitadas todas ellas por un ordenado ejército de olivos.

-¿Ya paramos?- preguntó emocionado a sus padres. Ambos se miraron con complicidad y sonrieron.

-Aún no- respondieron.

-¿Y cuánto queda?

-No mucho. Antes de que cuentes cien- dijo su madre.

Él obedeció, y tomando las indicaciones al pie de la letra, comenzó a contar a la carrera.

-Ya he cont…

Antes de que pudiera terminar la frase, apareció en el horizonte, a los pies de la autopista, el restaurante en el que paraban cada año en su viaje vacacional.

Aparcaron, se sentaron y pidieron el desayuno. Unos minutos después, aterrizaron sobre la mesa unas gigantescas rebanadas de pan tostado, embadurnada su mullida miga por aquel untuoso, reluciente y delicioso oro líquido. Sergio cerró los ojos y, satisfecho, degustó su sabor, paradójicamente tan dulce como amargo. La materialización del aroma que antes llenaba sus pulmones; del sol, la tierra y la brisa jiennense.

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