178. AOVE

Laura Crespillo López

 

Dentro de mi cabeza, los troncos milenarios de la solana crecen hacia adentro, perforando los huesos del cráneo con una red de raíces sedientas que buscan el líquido espeso de mis propios pensamientos. Cada vez que cierro los ojos, distingo el rumor subterráneo de las aceitunas al madurar bajo la corteza, un goteo constante y luminoso que empapa los recuerdos de mi infancia hasta volverlos translúcidos.

—No respires hondo —me aconsejo a mí mismo frente al espejo, temiendo que el aliento arrastre el aroma a tierra húmeda que se filtra por mis poros—. Si dejo que el aceite desborde la garganta, perderé el último rastro de lo que fui antes de que el bosque me habitara.

Sin embargo, el pecho me pesa; siento cómo las ramas secas de mis costillas crujen cada vez que intento tragar saliva, liberando el vapor verde de los olivos que mi abuelo plantó antes de desaparecer en el centro de la niebla. Al levantar las manos, noto la piel convertida en corteza rugosa, comprobando que la metamorfosis ya ha completado su ciclo y que mi sangre se ha vuelto por fin el oro denso que nutre y mantiene vivo este valle.

 

 

 

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