175. Excusas
—¡Este año hay mucha oliva! —expresaba eufórico su padre, mientras Alex, fingiendo alegría, contestaba con desdén desde el otro lado del teléfono.
—Nos han dejado una máquina vibratoria para tirarla más fácil —continuó su padre.
—¡Genial! Tengo que colgar, papá —interrumpió Alex.
Todos los años, su padre llamaba a Alex para recordarle que pidiera el fin de semana libre en el trabajo para poder ir a ayudar a coger la oliva. Para Alex era una obligación que no le apetecía cumplir, pero aquel año todavía menos. Había trabajado todo el verano en un hotel y, esta vez, ni siquiera tendría que pedir el fin de semana libre, porque estaba de vacaciones.
«¿Cogerme las vacaciones para esto?», se decía.
Solo eran dos días en los que se juntaba toda la familia y recogían suficiente aceituna para tener aceite de oliva durante todo el año. Sin embargo, Alex no sabía valorarlo. Para él, aquello no era una tradición familiar, sino una obligación.
Era miércoles y el viernes tenía que estar en su pueblo para comenzar a coger la oliva. Estaba dispuesto a inventar cualquier excusa. Quería ir para ver a su familia, comer con ellos y pasar un rato juntos, pero no quería hacer nada de trabajo. Prefería quedarse sentado, descansar y disfrutar de sus vacaciones.
Era el momento de idear algo.
Primero llamó a su médico y le dijo que se encontraba mal, que tenía mareos y que necesitaba algún parte para justificar que no podía acudir a trabajar. El médico, sin darle demasiadas vueltas, le explicó que, si realmente se encontraba mal, debía acudir a urgencias o pedir cita.
Alex cogió su cartera y fue directo al hospital.
«Malestar general», pensó. La excusa perfecta.
Cuando llegó, había una inmensa cola para ser atendido. Esperó casi dos horas hasta que, por fin, un médico lo recibió.
—No tienes fiebre y no te noto nada extraño —dijo el médico después de examinarlo—. ¿Te duele algo?
—Un poco la cabeza y estoy bastante cansado —respondió Alex.
El médico terminó dándole un día de reposo y algunas recomendaciones.
Alex salió del hospital mirando el papel con resignación.
—¿Y de qué me sirve esto? —murmuró—. Hasta el jueves, si el viernes tengo que estar allí…
Al llegar a la calle, tiró el parte médico y la hoja de reposo en una papelera.
«Un esguince», pensó.
Pero inmediatamente descartó la idea.
«¿Cómo van a creer que tengo un esguince si conduzco hasta allí? ¿Y en qué momento me lo voy a hacer?».
Ya había puesto excusas otras veces y ninguna había resultado demasiado convincente. Su familia lo conocía bien y sabía perfectamente cuándo estaba intentando escaquearse.
Necesitaba algo que pareciera real.
Al día siguiente se reunió con sus amigos para idear un plan. Algunos lo veían muy mal y le decían que dejara de inventar historias, mientras que otros, entre risas, le daban ideas cada cual peor que la anterior.
—Podrías decir que tienes gastroenteritis —propuso uno.
—Eso no sirve. Mi madre vendría a cuidarme —contestó Alex.
—Pues di que te ha dado fiebre.
—Me la comprobarán.
Después de varios minutos, uno de ellos soltó una idea que dejó a todos en silencio.
—¿Y si te rompes un dedo?
Alex levantó las cejas.
—Eso sí podría funcionar.
—¡Estáis locos! —protestó una de sus amigas.
—Doloroso es, pero no tanto… —dijo Alex, intentando convencerse a sí mismo—. Y así no podría coger oliva. ¡Adelante!
Fueron a casa de Alex y buscaron un martillo.
—Que sea rápido —pidió.
Ninguno se atrevía a golpear.
—Venga, ¿a qué esperáis? —insistió Alex.
Finalmente, uno de sus amigos, sin pensarlo demasiado, le golpeó el dedo.
—¡Dios mío! ¡Duele más de lo que creía! —se lamentó Alex entre lágrimas.
Todos se quedaron mirándolo.
Movió el dedo.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Pero… puedo moverlo.
No estaba roto.
—¡Ni de coña me dais otra vez con eso! —gritó Alex.
Una de sus amigas, que desde el principio no estaba de acuerdo con lo que pretendía hacer, observó la escena y tuvo una idea.
—Si quieres que te crean, no tienes que fingir una lesión. Tienen que ver ellos mismos que te pasa algo. Podrías empezar a encontrarte mal delante de ellos.
Alex la miró fijamente.
—Eso es genial.
—Pero escucha bien. Tiene que parecer que te pasa algo de verdad y, en cuanto te encuentres mal, tienes que ir corriendo al hospital.
—Sí, sí, no te preocupes —respondió Alex despreocupado.
Había encontrado una idea que le parecía perfecta y no se detuvo a pensar en lo peligrosa que podía ser.
Rebuscó por todos los cajones de su casa hasta encontrar un blíster de pastillas.
Alex sabía que era alérgico a ese medicamento desde que había sufrido una reacción grave después de tomarlo cuando le operaron de las muelas del juicio. No sabía por qué todavía conservaba aquellas pastillas, pero, en aquel momento, pensó que era el destino quien estaba ayudándolo.
No se paró a pensar en las consecuencias.
El día llegó.
El viernes, Alex madrugó para llegar hasta su pueblo. Durante el trayecto intentó convencerse de que todo saldría bien.
Una vez allí, lo recibió su familia.
Estaban sus padres, sus hermanos, sus cuñados, sus sobrinos y hasta los más pequeños de la casa. Todos se encontraban ya trabajando. La máquina vibratoria hacía temblar las ramas y las aceitunas caían sobre las lonas extendidas en el suelo. Los adultos las recogían y las llevaban de un lado a otro, mientras los niños golpeaban las ramas con pequeños palos, aunque apenas conseguían tirar unas pocas aceitunas.
Había algo especial en aquella escena. El olor de la tierra, el sonido de las hojas moviéndose y las conversaciones de unos y otros llenaban el campo.
Alex, sin embargo, solo podía pensar en cuánto faltaba para terminar.
Se preparó. Se puso los guantes, se cambió de ropa y se puso el chándal más antiguo que tenía en el armario.
Antes de comenzar, entró en el baño.
Sacó la pastilla y la sostuvo entre los dedos.
Durante unos segundos se quedó mirándola.
«¿De verdad me merece la pena hacer todo esto por no coger oliva?», se preguntó.
Desde fuera escuchó la voz de su padre.
—¡Venga, que estás muy tranquilo!
Alex guardó silencio.
Miró de nuevo la pastilla.
—Solo quiero librarme de un día de trabajo —murmuró.
Finalmente, sin pensarlo más, se la tragó.
«En cuanto me sienta mal, salgo corriendo y les digo a mis padres que me lleven al hospital».
Bajó y comenzó a varear con desgana. Solo quería que la pastilla hiciera efecto. Imaginaba que iría al hospital, que le pondrían algo para encontrarse mejor y que después podría quedarse tumbado descansando. Incluso pensaba en el arroz que preparaban aquel día.
Eso era lo único que realmente le gustaba de aquella jornada.
Pasó un rato.
Al principio no ocurrió nada.
Alex empezó a impacientarse.
«Quizá no funciona».
Entonces comenzó a sentirse extraño.
Notó un calor intenso por todo el cuerpo. La vista se le nubló y el corazón empezó a latirle cada vez más rápido.
Intentó llamar a su madre.
No pudo.
Antes de pronunciar una sola palabra, se desplomó sobre el suelo.
Todo quedó a oscuras.
Un rato después, Alex abrió los ojos.
Respiró profundamente.
Se encontraba bien.
Demasiado bien.
Miró a su alrededor.
No estaba en el hospital.
Estaba en su casa.
—¡Alex! ¡Vamos, hijo! ¡No seas perezoso! —escuchó decir a su madre desde fuera.
Alex se incorporó de golpe.
—¿Mamá?
Nadie respondió.
Salió de la habitación todavía confuso.
Al abrir la puerta se encontró de nuevo entre oliveras.
No entendía cómo había llegado allí.
Su familia estaba trabajando.
Pero algo era diferente.
Todos se movían de una forma extraña, casi mecánica.
Nadie hablaba.
Nadie se reía.
Nadie parecía cansado.
Solo recogían aceitunas sin detenerse.
Alex miró al cielo.
El sol estaba exactamente en el mismo lugar.
—¿Qué demonios está pasando?
Se acercó a su hermana.
—¿Me puedes explicar qué ocurre?
Ella no contestó.
Solo lo miró de reojo y continuó trabajando.
—¿No me has oído?
Nada.
Alex empezó a sentir miedo.
De repente, se encontró con una vara en las manos.
No recordaba haberla cogido.
—No pienso hacer esto.
Pero su padre apareció detrás de él.
—Vamos, hijo. Hay mucho trabajo.
Alex dio un paso atrás.
—Papá, yo…
—Sigue.
La voz de su padre ya no sonaba cariñosa.
Alex comenzó a varear.
Una aceituna.
Otra.
Otra.
Después tuvo que arrastrar una lona.
Pesaba muchísimo. Tiró de ella con todas sus fuerzas, pero apenas consiguió moverla.
—¡Vamos! ¡No seas flojo! —gritó su padre.
Alex apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas.
La lona avanzó unos centímetros.
Después, todo volvió a empezar.
Pasó una hora.
O al menos eso creyó.
Después otra.
Y otra.
Alex no tenía reloj y nadie le decía la hora.
Lo peor era que el sol no se había movido ni un poco.
—Esto no puede estar pasando…
Se alejó de su familia.
—¡¿Qué está pasando?!
Nadie respondió.
Alex echó a correr hacia la casa.
Quería escapar.
Cuando finalmente llegó a la puerta, intentó abrirla.
Estaba cerrada.
—¡Mamá! ¡Papá!
Golpeó la puerta.
Nadie respondió.
Entonces vio que algo se deslizaba por debajo.
Era una pequeña nota.
Alex la recogió con manos temblorosas.
Solo había cuatro palabras:
«Bienvenido a tu infierno».
Alex palideció.
—No…
Se dio la vuelta y comenzó a correr.
Atravesó el olivar hasta llegar al límite de la finca.
Dio un paso fuera.
Parpadeó.
Y volvió a aparecer delante de la casa.
Tenía la vara en la mano.
—¡No!
Su madre apareció detrás de él.
—Vamos, hijo. No seas perezoso.
Esta vez no sonaba amable.
Alex soltó la vara y echó a correr.
Su familia comenzó a perseguirlo.
Corrió entre los olivos, tropezando, respirando con dificultad.
—¡Dejadme!
Nadie contestaba.
Solo escuchaba los pasos detrás de él.
Pensó que quizá estaba muerto.
Quizá había caído en algún lugar entre la vida y la muerte.
Quizá aquello era el infierno.
Y, por primera vez, comprendió algo que nunca había querido aceptar: aquel infierno no era un castigo por no querer coger oliva.
Era el resultado de haber convertido en una carga algo que para su familia significaba estar juntos.
Había tenido tantas oportunidades de disfrutar de aquellos días y siempre había preferido buscar una excusa.
Corrió hasta que las piernas dejaron de responderle.
Finalmente tropezó con una piedra y cayó al suelo.
Su familia estaba cada vez más cerca.
Alex intentó levantarse.
No pudo.
La vista comenzó a nublársele.
Los sonidos desaparecieron.
Y todo quedó en silencio.
Alex despertó sobresaltado.
Estaba en una habitación de hospital.
Respiró con dificultad y miró a su alrededor.
Sus padres estaban junto a la cama.
En cuanto abrió los ojos, su madre se abalanzó sobre él para abrazarlo.
—¡Se te ha parado el corazón! —gritó entre lágrimas—. ¿Cómo has podido tomar otra vez ese medicamento sabiendo que eres alérgico?
Alex se quedó inmóvil.
Recordó la pastilla.
El olivar.
La nota.
El infierno.
—No lo sé —mintió—. No lo recordaba y me encontraba mal.
Su padre lo miró preocupado.
—Nos has dado el mayor susto de nuestra vida.
Alex bajó la mirada.
Por primera vez, sintió vergüenza.
No por haber pasado miedo.
Sino por haber puesto en peligro su vida para evitar pasar un día con su familia.
Una hora después, los médicos decidieron darle el alta.
Alex salió del hospital acompañado por sus padres.
Cuando regresaron al pueblo, su familia seguía en el olivar.
Nada había cambiado.
Las lonas estaban llenas de aceitunas y todos continuaban trabajando.
En cuanto lo vieron, fueron hacia él y comenzaron a abrazarlo.
—Lo importante es que estás bien —dijo su madre.
Alex no sabía qué decir.
Su padre le dio una palmada en el hombro.
—Ahora descansa, anda. Es lo mejor.
Alex negó con la cabeza.
—No.
Todos lo miraron sorprendidos.
—¿No?
—Me encuentro bien. Además, estoy de vacaciones. Me quedo contigo cuando vayas a la almazara a llevar la oliva.
Su padre soltó una carcajada.
—¡Joer, hijo! Llevas toda la vida poniendo excusas para no coger oliva y, una vez que de verdad puedes descansar, no quieres hacerlo.
Alex sonrió.
Su padre lo miró durante unos segundos y añadió:
—Parece que ya no lo ves como un infierno.
Alex bajó la mirada y sonrió.
—No.
Cogió una vara y regresó al olivar.
Esta vez no lo hizo por obligación.
Comenzó a varear con ganas, ayudó a arrastrar las lonas y hasta se ofreció para cargar los sacos.
Mientras trabajaba, escuchaba las risas de sus sobrinos, las bromas de sus hermanos y las voces de sus padres.
De repente comprendió que aquellos dos días no eran tiempo perdido.
Eran dos días que, algún día, echaría de menos.
Y aunque había necesitado vivir su propio infierno para entenderlo, Alex había aprendido una valiosa lección: a veces, aquello que más nos pesa es precisamente lo que más merece la pena conservar.
Desde entonces, cada año esperaba con ganas la llamada de su padre.
—¡Este año hay mucha oliva!
Y Alex ya no fingía alegría.
—¡Pues venga, papá! ¿A qué esperamos?