173. Firme, como un olivo

Víctor Félix Loza Chacón

 

Un adulto mayor no es solamente un contemporáneo muy viejo, un humano longevo; es, para muchas familias, una adorable y centenaria abuela, un sabio nono de principios del siglo pasado, un geronte provecto; representa también a un anciano, convertido en el protagonista de un continuo espacial y temporal; el viajante perpetuo de una magnitud física, que paradójicamente tendrá un inevitable y común destino; porque somos finitos en nuestra vida y en nuestros logros.

Probablemente, y con las cartas muy bien jugadas, podamos perpetuar nuestro propio linaje y ser testigos hasta una tercera generación; incluso de una cuarta, si los amores, las pasiones y los días nos son venturosos y fecundos, para toda la casta.

Pero ese discurrir en la vida, con una fecha de vencimiento tatuada en un sitio invisible para los ojos humanos, es más benigno para otros seres tan vivos como nosotros, pero con la fortuna de ser mucho más añosos que cualquier homínido conocido, con historias relatadas y transmitidas por la tradición oral y la escrita, a través de los mitos, las fábulas y la fantasía.

Compartimos graciosamente la estancia en nuestro planeta con ejemplares vegetales de tallo leñoso, que, a diferencia de nuestro referente superviviente de mayor edad documentada; el patriarca bíblico Matusalén, de “apenas” 969 años, según el Génesis, nos ven llegar, transcurrir y desaparecer sin inmutarse siquiera, mientras continúan su imperecedero camino rumbo al cielo.

Desde Chile, el largo y angosto país trasandino sudamericano; el Alerce Milenario suma, de acuerdo a los expertos, más de cinco mil años; le sigue de cerca el tocayo californiano del hijo de Enoc, padre de Lamec y abuelo de Noé, conocido también como Pinus longaeva, de casi cuatro mil ochocientos cincuenta años; con el ciprés iraní Sarv-e Abarqu y el galés Taxus baccata, muy próximos a los cuatro milenios.

También, colindante a los previamente enunciados, y cerrando las filas; se encuentra, garboso, orgulloso y solitario, un famoso y cuatro veces milenario olivo cretense, que ha sobrevivido al Antiguo Egipto, a las primeras ciudades-estado de la Sumeria Mesopotámica, los imperios acadio, babilónico y asirio, a toda la Grecia Antigua; ha conocido de primera mano el nacimiento de la democracia en el mundo civilizado y ha despedido al Gran Alejandro Magno, se ha proyectado mientras ha durado el imperio romano; y puede presumir de haber estado presente y maduro, cuando vio la luz Jesús el Nazareno y también el Profeta Mahoma; probablemente sus frutos fueran parte de la ceremonia en la cual Carlomagno fue coronado como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y también ha sido testigo de las guerras religiosas para recuperar Tierra Santa de la guarnición musulmana y de la caída de Constantinopla.

Este árbol increíble ha sido un adulto contemporáneo del descubrimiento de América y del final de los imperios americanos precolombinos; ha observado el Renacimiento, la independencia norteamericana y la Revolución Francesa, la revolución industrial, dos guerras mundiales y muchísimas escaramuzas menores; éste inmutable y robusto ejemplar, conoce de la llegada del hombre a la luna, la caída del muro de Berlín, e incluso de la llegada del internet; y sin el aspecto de un fósil caduco ni de una reliquia inerme; NO, está activo y diligente, como la muestra cotidiana de una vitalidad inagotable.

La historia del olivar es extraordinaria y evolutiva, solo basta con recordar, que esa magnífica presencia se remonta al inicio de todo y de todos, las referencias de su añeja nobleza se han versado desde antaño; en el antiguo Egipto, se conocían a las hojas del olivo como el símbolo del señorío, la pureza, lo sagrado y como rito funerario; las ramas de este árbol frutal de hoja perpetua, servían para la manufactura de coronas mortuorias, y así fueron halladas en las tumbas faraónicas; mientras que su aceite se empleaba en las márgenes del Nilo como ungüento, fragancia y ofrenda.

El Santo Crisma, óleo iniciático por definición, de uso obligatorio en los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la consagración, que se comparte por las iglesias católica, anglicana y ortodoxa; es esencialmente aceite de oliva y representa para todo el clero, la enorme fortaleza del espíritu.

Siempre de connotación religiosa y cultural, el producto obtenido por simple presión del fruto del olivar, es relatado en el Corán, Sura 24, – Aya An-Nur o Sura de la Luz; donde, a través de una preciosa metáfora, se compara a Alá, con una lámpara sobre un cristal, que se mantiene alimentada gracias al aceite de un olivo sagrado; un árbol que no recibe los rayos del sol únicamente por las mañanas, que tampoco se alumbra solo por las tardes, -no es de Oriente ni de Occidente-, representando la eternidad y la universalidad de la sabiduría, resplandeciente y perpetua.

Desde la mágica ideografía e iconografía mitológica, el olivo es un hermoso ejemplar vegetal que ha sido elegido porque, no solo nos proporciona su sombra, su recia madera, su aceite balsámico y su codiciado fruto, excelentes obsequios de la diosa Atenea, sino que, aun a través de su representación en forma del garrote del semidios Heracles, simboliza la fuerza indestructible de su leño.

El olivo es, asimismo, un símbolo secreto de amor y fidelidad eternos entre Odiseo y Penélope, porque el héroe aqueo había construido su lecho nupcial tallando la cama, directamente sobre el tronco de un acebuche.

Hacia el 770 a.C., en el santuario de Olimpia, en la Grecia Antigua, se iniciaron los juegos en honor al mismísimo Zeus, como espectáculos de tradición y tregua, donde los atletas / contendientes que finalmente se alzaban con el triunfo, se coronaban con el kotinos kallistephanos, el emblemático halo que, manufacturado con ramas de un olivo silvestre, era la muestra de la suprema gloria, la pausa y la paz.

Siempre se ha asociado al olivar como fuente de tranquilidad, esperanza y alegría; en la tradición bíblica, el hermoso árbol, se encuentra desde el inicio mismo del Libro Sagrado, con su primera referencia luego del diluvio, a casi cincuenta días de encallar el arca en el monte Ararat, cuando el patriarca soltó por segunda vez a una paloma, para confirmar que efectivamente el nivel de las aguas había descendido hasta un límite de seguridad, “y cuando ya estaba por anochecer, el ave retornó, llevando consigo una ramita de olivo en el pico”; lo que anunció sin dudas que el aluvión había concluido.

Las más amplias y numerosas crónicas descritas ampliamente desde el primer libro impreso por el hombre, de un monte llamado el Olivete, han descrito el lugar para los rituales de enmienda, mencionándolo como sitio de recogimiento, augurio y devoción; asegurando que es el espacio donde resucitarán todos los muertos al final de los tiempos.

Una montaña que ha sido el escenario para explicar profecías y para que el Hijo de Dios acepte su destino y afronte la traición, su Pasión y la muerte; además de ser el lugar donde tuvo lugar la Ascensión al Cielo.

El Monte de los Olivos es un lugar absolutamente real y geográfico, parte de una cadena montañosa, con una elevación de entre 808 y 815 metros al este de Jerusalén, y separado de la Ciudad Vieja por el Valle de Cedrón, y aunque siempre se ha asociado con esta, nunca ha formado parte de la urbe.

La creencia de que este collado, será el futuro cañón de Josafat (“El Señor juzga”), ha inspirado a miles de hebraicos a construir sus sepulcros en las laderas adyacentes, convirtiéndolo en el cementerio judío más grande del mundo, desde hace casi tres mil años y con sepulturas que salpican las laderas que se encuentran al pie del Monte del Templo, y que como atractivo turístico, es posible visitar, pudiendo discurrir entre las más de 150.000 tumbas, algunas recientes, otras tan añejas, que las lápidas se encuentran casi completamente borradas por la lenta pero implacable erosión del tiempo.

Pero el olivo no es un asunto del pasado de la salud espiritual de los pueblos, es el presente vivo del bienestar y fortaleza contemporáneos, a través de sus óleos y de sus frutos, pilares de la dieta mediterránea, ricos en antioxidantes y grasas beneficiosas.

Los elementos presentes en las aceitunas, las hojas y el aceite de oliva, protegen al corazón y son de alto beneficio del sistema cardiovascular, pudiendo agruparse en ácidos grasos saludables como los ácidos grasos monoinsaturados y los compuestos fenólicos o polifenoles, componentes que colaboran para conservar óptimos niveles de colesterol en la sangre y prevenir el desarrollo de la aterosclerosis y de la hipertensión arterial, una capacidad protectora fundamental, abundante en los pecíolos y frutos del olivo, que previenen el envejecimiento de las células, dilatan los vasos sanguíneos y mejoran la circulación; con derivados farmacológicos que recuerdan antiguos nombres helénicos, al mismo tiempo que ejercen inequívocas acciones preventivas directas.

Esos recursos terapéuticos son los que los facultativos nos ofrecen como una panacea cuando remontamos la edad madura, y cuando nos percatamos de que envejecer es un verdadero privilegio, y no se trata solamente de acumular ayer con muchos años cargados a las espaldas; certificados por el calendario, tratamos de recorrer un formidable camino hacia la felicidad, en rutas complicadas y, paradójicamente, tampoco buscadas.

Ese paisaje no debe ser nunca un paraje yermo, por mas tiempo que haya visto ese suelo, debemos anhelar compartir la perspectiva de las enormes montañas que nos preceden, que pueden criticarse como vetustas, caducas, milenarias, arcaicas; y si, viejos son los cerros, ¡y hasta ellos reverdecen!, tal vez, porque tienen plantados numerosísimos, perfectos, donosos y firmes olivares que se observan como nuestra escolta desde la vera del camino.

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