169. Por las raíces entra la luz

Alba Mansilla

 

De alguna forma parece que el destino de algunos está escrito desde casi antes de nacer. Es como que tu familia, el entorno, tu pueblo o ciudad configuran el 70% de tu vida, hagas lo que hagas. Y la mayoría de veces, todo eso solo depende de la suerte o de la ausencia de esta.

Puedo considerarme una persona con suerte, por lo menos así lo he pensado la mayor parte de mi vida y ahora que llego casi al final de la misma. Nací en una familia humilde, numerosa, de las que vive en una casa de pueblo que han construido los mismos abuelos y sí, hay que reformar y hacer algún apaño más veces de las que gustaría. Nací en un pueblo donde iba de mi casa a casa de mi abuela descalza, nos mojábamos con la manguera en el patio y pasábamos las noches al fresco, sentados en corro en la puerta de casa con las sillas de plástico del patio, abanico en mano. El colegio era difícil, en lo personal no me gustaba y todos los rapapolvos que tenía en la escuela me llegaban por partida doble más tarde en casa. Los maestros se enfadaban, nos ponían largo rato de rodillas con un garbanzo bajo ellas, nos obligaban a poner los brazos en cruz y soportar el peso de varios libros en ellos hasta que consideraban que éramos dignos de un descanso. Otras veces, elegían un castigo más rápido y menos rocambolesco, sencillamente habías de poner los dedos de tu mano juntos y ellos se encargaban de golpearlos seguidamente con una careta de olivo. Se perdía el escenario y el espectáculo en clase, pero el resultado era el mismo. 

Podemos decir que entre otras cosas, eso no favoreció mi amor por el mundo escolar. A mí me gustaban las cosas tangibles, el mundo real, no comprendía muy bien las matemáticas ni las largas horas frente a un libro. Muchas tardes las pasábamos en el huerto o con los animales, alimentábamos a los chivos con biberones, cuidábamos de los cerdos y las gallinas y yo me sentía realizada y plena. El invierno era duro, la única calefacción que teníamos era un brasero de picón y gruesas mantas para la gran cama en la que dormíamos mis hermanas y yo. De esta forma, gran parte del camino de mi vida estaba ya escrito en ese asfalto, en los caminos de tierra que nos llevaban a la laguna, al río, a los olivos. 

Mi vida me enseñó a orientarme desde pequeña en el campo en vez de entre líneas de metro, me enseñó a identificar animales, arbustos y frutos porque nos iba la vida en ello. Vacas, cabras, gallinas, ovejas, pájaros. Arroz, tomates, viñas, fruta, aceitunas. Aprendíamos de todo como un barril sin fondo, en el que los mayores echaban la sabiduría y experiencia de toda una vida. 

Yo crecía y veía cómo avanzaba en todas esas tareas, de pequeña era un juego y más adelante era una larga lista con ítems que marcar. Durante unos años me gustaba, disfrutaba estar allí y no me imaginaba haciendo otra cosa. Luego, las mismas tareas se me tornaban apáticas y lo que a veces me resultó divertido se volvía tedioso y aborrecía hasta el sonido de los animales al recibirme. Ha transcurrido mucho tiempo en el que yo he permanecido constante en la misma casa y la misma finca, haciendo lo mismo de forma mecánica y al detalle, pasando desapercibida y dando el máximo de mi esfuerzo. Hasta que un día me fui. En lo que parece una eternidad después, las memorias vuelven a mí como susurros traídos por el viento. Una mente vieja puede jugarte malas pasadas y pecar al romantizar el pasado, olvidar los malos momentos en un grito de protección a una misma. Pero me he sentado mucho conmigo misma, a pensar y no pensar, solo sentir. Y es un gran ejercicio el intentar ver tu vida como escenas de una película que suceden a veces sin conexión y muchas otras unidas por un hilo conector que solo tú como espectadora entiendes. Desde fuera le prestas atención a los personajes secundarios, estás más alejada de las emociones de entonces, los momentos ocurren como narrados por otro, tú observas tu vida con una nostalgia infantil: recuerdas, ves lo olvidado, vuelven los flashes eternos, cierras los ojos en los momentos tristes. 

Te sientas a contemplar, en definitiva, la película de lo que es tu vida.

A veces el frío era tal que parecía que recogíamos perlas suspendidas en las ramas. Las manos se perdían en la espesa niebla que nos nublaba más allá del olivo en el que estábamos. 

Recuerdo, como con cicatrices en la piel, despertar al alba al son del gallo y de los avisos de mi madre. Nos reuníamos en la plaza al final de la calle, veíamos a vecinos, compañeros de colegio, familiares, todos listos para emprender un nuevo día. Si era una buena época esperábamos al tractor que nos llevaba hasta la finca y emprendíamos el camino en el remolque todos juntos, tratando de que el calor no se escapase. Muchas veces la única forma de entrar en calor era hacer el camino en bicicleta. Cerraba los ojos por un instante durante el largo camino y el viento azotaba tan frío que parecía un baile de ramas desnudas en el camino despejado. 

Algunos hacen la lumbre justo al llegar, colocamos telas y casi sin hablar todo el mundo sabe cuál es su papel. Miro mis dedos largos, delgados y ya algo blancos por el frío. Mi madre dice que son de pianista, mi abuelo dice que son perfectos para coger aceitunas. Se agacha conmigo cuando me quejo tras algunas horas y le enseño los dedos enrojecidos en las puntas y algo entumecidos, con padrastros y las uñas curtidas. Busca algo en su bolsillo y me enseña algunas bellotas que tiene guardadas. Las parte a la mitad, sonríe y me enseña a colocármelas en los dedos para protegerme las uñas. No siempre ha necesitado palabras para preocuparse por mí ni para darme grandes lecciones: el dedicar prácticamente tu vida al campo incluye recibir gran parte del amor y de tus enseñanzas ahí mismo.

Hoy por hoy, los recuerdos de esos días se aparecen en mi mente como partes de un gran baile estructurado que se repite de temporada en temporada: el trabajo en el campo, la breve comida y el viaje a la cooperativa por la tarde. Y algo después, el poder recoger el fruto de todo tu esfuerzo: el verano, el invierno, los sacos cargados a peso, las mañanas tiritando por el frío; todo eso estaba prensado en aquellas garrafas que nos servían para el desayuno, comidas y cenas. 

Así pasó la vida… Se acumularon los años, los litros de aceite, las vivencias, los hijos, los padres. Y aun así el campo siempre sigue ahí, inmutable, lleno de cicatrices que dejamos en él, pero que no se ven. Seguirán ahí para la siguiente generación, y la siguiente, y la siguiente… Muchas veces pensé en cuántas personas habrían estado en esos árboles tanto tiempo como yo. Pensaba en cuántas personas habrían pisado y vareado esa tierra; si eran divertidas, si les gustaba, si se les daba bien o no. Creo que esos son el tipo de datos que se quedan entre la tierra y tú, es capaz de guardar tus secretos, escuchar y permanecer impasible. Sigue guardando silencio para que sea tu alma la que hable. 

Cierro los ojos. Hay algo en el ambiente que huele distinto en el olivar. En invierno el aire es violento y en verano notas cómo te llena los pulmones calientes. Tiene ese olor que la gente de campo reconoce. Y para mí, sobre todo, está impregnado de mis recuerdos. Del olor a puchero, a vino de pitarra que calienta y alegra. Huele a perrunillas y a morcilla patatera, huele al amor de mi madre diciéndome que podía descansar un poco, al tabaco de mi padre llamándome para acercarme a la lumbre. Cierro los ojos y me huele a mis lágrimas, cuando de niña pedí una muñeca que no llegó. Huele a alegría cuando recibí la bicicleta que mi abuela prometió, y años más tarde, huele a una reprimenda por las malas notas del colegio. El aire trae imágenes del primer amor, los amigos, los conocidos que vienen y se van. 

Siempre hay algo reconfortante en dejar volar los pensamientos al aire libre, los míos se enredaban entre ramas y hojas, caían al suelo dejándolo impregnado de mi vida. Impregnado de las vidas de todos los que pasábamos largas jornadas allí, forjando amistad, amor y familia.

Ahora que he vuelto me siento como una niña perdida en la inmensidad de fanegas que se extienden ante mí, sintiéndome pequeña de nuevo en un gran lugar que reconozco como hogar. Duro, que me ha obligado a ser más fuerte, a cargar con arrobas a mis espaldas intentando no hundirme en el barro. Un hogar que también me ha dado cobijo en los días de sol y aceite para disfrutar en compañía de mi familia. Se extiende una especie de equilibrio que te mimetiza con ese árbol noble, recto y liso que con los años se dobla y se ahueca, pero que se sigue manteniendo en pie.

Han pasado muchos años. La tierra es la misma, aunque más seca. Mis manos viejas se hunden y parecen fundirse con esa misma tierra, que grita diciéndome que somos iguales. Me dice que el tiempo pasa para las dos y que somos tierra, somos vida impregnada de olivos y aceitunas. 

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