167. Lo que guarda una botella
El sonido del temporizador de la tostadora formaba parte de la rutina de las mañanas en Madrid.
Clac, clac, clac.
Rosa esperaba en el salón el pitido, mientras movía la pierna de forma inconsciente. Los lunes entraba a la oficina a las ocho y tenía que dejar primero a su hijo Lucas, de cuatro años, en la guardería. Miró la encimera. Allí se encontraban la fiambrera con la fruta cortada, los cubiertos de plástico y una botella pequeña de agua que aún no había tenido tiempo de llenar. Su teléfono móvil sonó varias veces sobre el mantel de la mesa. Era un sonido corto y repetitivo. Lo desbloqueó de forma automática, sin pararse a pensar. En el grupo de WhatsApp del trabajo, su jefe ya había dejado una instrucción clara a las seis y media de la mañana: «Hoy hay que realizar los impuestos. Revisadlos con detenimiento. Yo llegaré sobre las diez». Varios compañeros respondieron de inmediato con un «Ok». Rosa sintió que su corazón se aceleraba.
—Puf, otra vez el grupo del trabajo —dijo mientras miraba el reloj de su muñeca.
Lucas estaba en el salón, sentado en el suelo, jugando con un coche de juguete verde, haciendo el sonido del motor.
—¡Mira, mamá! Ruuu, ruuu.
—Sí, cariño. ¡Qué chulo! —exclamó, sin prestar mucha atención.
Rosa había vuelto hacía apenas tres días de Jaén, de la casa de sus padres. Con ese viaje llevó una parte de su tierra a Madrid: una botella de aceite que guardó en una bolsa con cuidado y custodiaba en su cocina.
La tostadora pitó.
¡Tling!
Se levantó rápidamente, soltó las tostadas en un plato, cogió la botella del estante y se sentó junto a la mesa. La botella tenía un tacto de vidrio suave. La miró un momento y sonrió. En Jaén, Fernando, su padre, se la había dado con ilusión:
—Llévate esto. Del bueno.
Carmen, su madre, le había preparado varias cosas más para que se llevara a Madrid.
Rosa giró la botella entre los dedos. El sonido de Lucas jugando con su coche desapareció. Y, con él, el salón.
El ambiente era distinto. Denso, vivo. Rosa estaba dentro del olivar. Demasiado dentro para ser solo un recuerdo. El campo se extendía como un mar inmóvil. Filas de olivos que parecían no terminar nunca. El sol salía y su padre se quitaba la chaqueta.
—Ata bien el fardo, que luego se escapan las aceitunas —dijo Carmen.
Rosa la reconoció sin pensarlo. Era su madre.
Su padre amarraba la cuerda que salía de la esquina del fardo a la rama del olivo más cercano.
—Pásame la vareadora —ordenó su hermano Víctor, todavía joven, levantando levemente la voz.
Víctor se la colocó sobre los hombros. El motor empezó a vibrar con un ruido constante que llenaba el aire. La rama del olivo tembló.
Rosa sintió algo extraño. No era un recuerdo distante. Era una escena que la envolvía, como si siempre hubiera estado allí. El viento cambió y su padre levantó la vista.
—Se está poniendo el cielo feo —murmuró—. Esperemos que no venga un vendaval con lluvia y tire al suelo las aceitunas.
Rosa siguió la dirección de su mirada. El cielo era una masa espesa, gris, que avanzaba lentamente desde la sierra. A pesar de ello, el trabajo no se detenía. Carmen golpeaba con la vara las ramas del olivo.
Rosa notó un nudo en la garganta. El viento volvió a soplar.
—¡Mamá! —gritó Lucas.
Rosa estaba de nuevo en el salón. La botella seguía en su mano, pero ahora pesaba más. Mucho más.
—¡Mamá, mira!
Su hijo estaba frente a ella, sosteniendo el cochecito a la altura de sus ojos. Rosa parpadeó. Lucas no esperaba respuesta. Seguía disfrutando de sus carreras imaginarias sobre la mesa.
Rosa bajó la mirada hacia las tostadas. El pan seguía caliente. Abrió la botella y un hilo de aceite dorado comenzó a caer lentamente sobre ellas.
Y entonces… ocurrió otra vez.
El cielo de Jaén terminó de cerrarse y descargó una lluvia violenta. El sonido de la vareadora se apagó de golpe y el olivo dejó de temblar.
Carmen soltó la vara. Fernando, con la vara todavía en la mano, empezó a correr de un lado a otro para resguardar la herramienta.
—¡Recoged, rápido! —gritaba su padre, con el agua calándole la ropa.
En apenas unos minutos de prisa, el remolque quedó cargado con los fardos, la maquinaria y los kilos de aceituna. Los tres se metieron casi a la vez en el todoterreno. Víctor, mascullando en el asiento del copiloto, se quitó las gafas empañadas para secarlas con un pañuelo, mientras su padre arrancaba el motor con fuerza.
Antes de ir a la almazara, hicieron una parada rápida en su casa para cambiarse la ropa empapada. Rosa vio las paredes blancas de siempre y el patio lleno de macetas. No tuvo casi tiempo para observar; su padre salía de nuevo hacia la calle, subiéndose al coche con nerviosismo porque la almazara no cerrara.
Sentada junto a la mesa de su cocina en Madrid, Rosa era consciente de que estaba reviviendo un recuerdo y, sin embargo, no quería salir de él. Permanecía con la mirada perdida y una leve sonrisa dibujada en los labios.
En el patio de la fábrica, la fila de remolques y tractores era inmensa. El olor intenso a tierra mojada entraba sutilmente por las ventanillas del coche. Su padre permanecía en silencio, con las manos firmes y agrietadas apoyadas sobre el volante, midiendo el lento transcurrir del tiempo y mirando a través del retrovisor el remolque cargado. Después de una larga e impaciente espera bajo la lluvia constante, el vehículo llegó por fin a la zona de la tolva de pesaje. Su padre paró el motor del coche y se bajó para entregar la guía conduce.
Fernando abrió la compuerta y las aceitunas cayeron en cascada.
Rosa las vio desplazarse por la cinta transportadora. Estas iban limpiándose de hojas y ramas a medida que avanzaban. Y justo al lado, a través de los ojos de su mente, vio el resultado final. El aceite cayendo, limpio y con un dorado brillante.
Una lágrima se le escapó y le resbaló por la mejilla. Al levantar la mano para secársela, regresó a Madrid de forma súbita.
Tenía el pulso acelerado y miró a su alrededor con desesperación. Lucas seguía allí, ajeno al mundo, arrastrando el cochecito verde por el suelo.
Rosa empezó a comer deprisa, casi engullendo el pan, para recuperar los minutos perdidos. Al bajar la vista, el corazón se le detuvo. Había inclinado demasiado la botella. Un charco de aceite brillaba sobre el mantel de la mesa.
Ver aquel desperdicio de aceite que tanto había costado recoger le dolió.
—¡No… el aceite no! —gritó con voz entrecortada.
Sin soltar la tostada, cogió la bayeta y limpió la mesa de forma brusca. El tejido absorbente se empapó de inmediato y el aceite caló hasta la madera de la mesa. No se había derramado un líquido cualquiera; era el aceite de su padre. Eran las manos agrietadas de Fernando sobre el volante bajo la tormenta, el sudor de su hermano Víctor con la vareadora a cuestas y el esfuerzo de Carmen vareando el olivo. Limpiar aquel charco a toda prisa le pareció un sacrilegio; arrastrar el oro de Jaén hacia el desagüe del fregadero era como intentar esconder un pecado.
Apretó los dientes, tragando el último trozo de pan, que le generó un nudo en la garganta por la angustia. Dejó los platos de mala manera en el fregadero y se lavó las manos con agua y jabón. Corrió hacia el salón con el corazón agitado. Lucas seguía en el suelo, ajeno al drama, deslizando el vehículo verde por las baldosas beige.
—¡Vamos, Lucas, que llegamos tarde! —gritó Rosa, con la voz rota por la prisa. Lo cogió en brazos de un solo tirón, interrumpiendo el juego del niño. Lucas protestó, estirando el cuerpo hacia atrás y dejando caer el juguete, que rodó debajo del sofá.
—¡Mi coche, mamá! ¡Mi cocheee! —lloriqueó, empezando a patalear.
—Luego lo cogemos, cariño; ahora hay que vestirse.
Lo vistió a contrarreloj. Era la misma rutina caótica de siempre, pero que hoy se sentía más pesada que nunca. Los pantalones vaqueros se negaban a subir por los tobillos del niño; los zapatos parecían haberse vuelto más pequeños y las mangas del jersey se atascaban en los codos. Rosa miraba de reojo el reloj de su muñeca mientras peleaba con el velcro de los zapatos de Lucas.
—No llegamos, Lucas. Hoy no llegamos.
Llenó la botella pequeña de agua, metió todo deprisa y se aseguró de que no dejaba nada fuera de la mochila de la guardería. Se la colgó de un hombro mientras cogía a Lucas con el otro brazo, junto con su propio bolso de la oficina, llevando el ordenador portátil dentro, que le pesaba como un quintal de aceituna. El teléfono móvil, guardado en el bolsillo de su abrigo, no dejaba de vibrar. Eran más «Ok» de sus compañeros.
Salió al rellano empujando la puerta con el pie y bajó las tres plantas por el ascensor, sintiendo el aire frío de la calle golpear su rostro sudoroso en cuanto salió del portal.
Cruzó la acera y se subió al coche, que por suerte estaba aparcado justo en la puerta. Conseguir sitio un domingo por la tarde había sido un milagro. Dejó a Lucas en su sillita trasera pataleando.
Rosa resopló y, con las manos temblorosas, peleó durante varios segundos con el cinturón de seguridad hasta que escuchó un clic.
—¡Bien, vamos! —exclamó.
Metió la llave en el coche exhalando. En las palmas de las manos le quedaba un rastro casi imperceptible del aroma intenso del aceite de Jaén, que ni el jabón había logrado borrar del todo.
Puso las manos sobre el volante, apretándolo con fuerza para contener el temblor, y miró el cielo por el retrovisor. Ese día, el gris de Madrid le parecía completamente distinto.