163. El olivar del purgatorio

Ana Retamero Olmos

 

«Piénselo bien» —insistía el corredor—. «Los ricos pagan fortunas por estos olivos viejos para sus jardines. Si se los queda, acabarán ardiendo en chimeneas. Se impone el cultivo intensivo: bajo, rentable y mecanizado».

Hacía diez años que mi padre nos dejó aquella entrañable herencia. Nos enseñó a llevarlos en el alma desde niños. Mientras llenábamos nuestras espuertas de aceitunas, él inventaba historias mágicas sobre los troncos retorcidos, llamándolos ánimas sin redimir, o se escondía detrás imitando el ulular del cárabo para darnos un susto que acababa en risas. Aquel esfuerzo común nos pagó los estudios y la distancia nos alejó de nuestra tierra.

Sin embargo, regresé por amor a su memoria. Rechacé la oferta y devolví la vida al olivar sin tóxicos. Dejé crecer la hierba para que orquídeas e insectos convivieran en primavera. Coloqué cajas nido y, poco a poco, golondrinas y murciélagos habitaron la antigua caseta; currucas y mochuelos regresaron a las ramas. El ecosistema recuperó su latido.

Ayer comenzó la campaña. Al varear el ejemplar de la linde, me detuvo el canto de un mochuelo. Pensé en mi padre y sonreí entre lágrimas.

«Esta ánima ha sudado bien su culpa».

Su aceite será puro picual.

 

 

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