160. El árbol que guardaba el sol
El primer olor que Clara recordó de aquel lugar no fue el de las aceitunas.
Fue el de la tierra.
Una tierra caliente, seca y profunda que parecía guardar dentro todos los veranos que habían pasado sobre ella.
Bajó del coche con la cámara colgada al hombro y contempló el paisaje.
Hasta donde alcanzaba la vista, los olivos descendían por las lomas formando interminables hileras plateadas.
El viento pasaba entre sus ramas y las hojas devolvían destellos verdes y grises bajo el sol de noviembre.
—Parece un mar —dijo Clara.
—Lo es.
La voz llegó desde detrás de ella.
Clara se volvió.
El hombre tendría unos ochenta años. Llevaba una gorra oscura, camisa de cuadros y unas manos grandes, deformadas por décadas de trabajo.
—¿Un mar?
—Sí. Solo que este no tiene olas.
Miró los olivos.
—Tiene memoria.
Clara sonrió.
—¿Usted es Mateo?
—Depende.
—¿De qué?
—De quién pregunte.
Aquella fue la primera imagen que Clara grabó.
No con la cámara.
Con la memoria.
Había llegado hasta aquel pequeño pueblo de Jaén para realizar un reportaje sobre oleoturismo. La productora quería algo diferente. No quería otro vídeo de botellas brillantes, desayunos con tostadas y expertos hablando de aromas.
—Necesitamos una historia —le había dicho su directora—. Algo que haga que la gente quiera conocer el olivar.
Clara llevaba tres días buscando aquella historia.
Hasta entonces solo había encontrado datos.
Millones de olivos, almazaras, cosechas, variedades, catas, paisajes……
Todo era hermoso.
Pero nada le había hecho levantar la cámara.
Hasta que apareció Mateo.
—¿Y qué tiene usted que enseñar?
El anciano señaló una pequeña colina.
—Aquel.
Clara siguió su dedo.
Allí había un único olivo separado del resto.
Era enorme.
El tronco se dividía en dos a poca altura del suelo y sus ramas parecían brazos extendidos hacia el cielo.
—¿Cuántos años tiene?
—Nadie lo sabe.
—¿Doscientos?
Mateo sonrió.
—Puede.
—¿Trescientos?
—Puede.
—¿Más?
—También.
Clara enfocó.
—¿Y qué tiene de especial?
Mateo tardó unos segundos en contestar.
—Que todavía da fruto.
Aquella tarde caminaron hasta el árbol.
Mateo le explicó que la recolección no era simplemente golpear las ramas y recoger aceitunas.
Había que conocer el momento adecuado.
Mirarlas, tocarlas, escuchar el árbol…..
Clara se rio.
—¿Escuchar un árbol?
—Sí.
—¿Y qué dice?
Mateo la miró seriamente.
—Que llegamos tarde.
Ella apagó la cámara.
—¿Cómo sabe cuándo hay que recogerlas?
Mateo tomó una aceituna entre los dedos.
—El árbol habla de muchas maneras. Hay que aprender su idioma.
Entonces la partió.
—Mire.
La pulpa tenía un color intenso.
—Todavía conserva fuerza. Amargor. Picor.
—¿Eso es bueno?
—Es vida.
Mateo caminó hasta una vieja mesa de madera situada bajo una higuera.
Sobre ella había varias pequeñas copas azules.
—Mañana probará aceite.
—Ya he hecho catas.
—No.
—¿No?
—Usted ha probado aceite.
Mateo levantó una de las copas.
—Mañana aprenderá a escucharlo.
A la mañana siguiente, Clara llegó antes de las ocho.
La almazara estaba abierta.
Dentro había ruido, motores y agua.
Aceitunas cayendo.
El olor era intenso.
Verde, frutal, amargo y vivo.
Mateo estaba junto a una máquina.
—Aquí empieza todo —dijo.
Clara grabó.
Las aceitunas llegaban del campo, eran limpiadas y continuaban su camino hasta convertirse en una pasta que después sería transformada en aceite.
No había magia.
Había conocimiento.
Tiempo.
Tecnología.
Y, sobre todo, rapidez.
—Cuanto antes se procesa el fruto, mejor se conserva su calidad —explicó Mateo.
Clara enfocó sus manos.
—¿Cuántos años lleva haciendo esto?
—Desde antes de saber contar.
—Eso no es posible.
—Entonces desde que aprendí a contar.
Ella sonrió.
Después llegó la cata.
Mateo llenó una pequeña copa.
—Primero caliente la copa con la mano.
Clara obedeció.
—Ahora huela.
Ella cerró los ojos.
Aparecieron aromas de hierba recién cortada, hojas verdes, algo parecido a la almendra.
—¿Lo nota?
—Sí.
—Ahora pruebe.
Clara tomó una pequeña cantidad.
Al principio fue suave.
Después apareció el amargor.
Y finalmente un picor limpio en la garganta.
Tosió.
Mateo soltó una carcajada.
—¡Eso es!
—¿Eso es qué?
—Que el aceite está vivo.
Clara volvió a probar.
Esta vez no tosió.
—Es extraño.
—¿Bueno o malo?
—Bueno.
—Entonces ya empieza a entenderlo.
Clara miró la botella.
—¿Y todo esto puede ser turismo?
Mateo negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—Esto no es turismo.
Señaló la almazara.
—Esto es nuestra vida.
Durante los días siguientes, Clara descubrió algo que no aparecía en ningún folleto.
El olivar no era solamente un paisaje.
Era una forma de entender el tiempo.
Conoció a agricultores que habían heredado pequeñas parcelas de sus padres.
A mujeres que recordaban haber trabajado en la recolección siendo niñas.
A familias que se reunían durante la campaña.
A jóvenes que habían abandonado la ciudad para regresar al campo.
Y también a personas que llegaban desde otros lugares para caminar entre los olivos, conocer una almazara y aprender a distinguir los aromas de un aceite de oliva virgen extra.
El oleoturismo no consistía únicamente en mirar.
Consistía en participar.
En comprender.
En tocar la tierra.
En saber de dónde procedía aquello que después aparecía sobre una mesa.
Una mañana, Clara preguntó a Mateo:
—¿Por qué nunca vendió este olivar?
El anciano guardó silencio.
—Me ofrecieron mucho dinero.
—¿Y?
—Dije que no.
—¿Por qué?
Mateo miró hacia el árbol centenario.
—Porque algunas cosas no se venden.
Aquella tarde Clara encontró una fotografía dentro de una caja.
En ella aparecía un niño de unos diez años.
Estaba junto al mismo olivo.
A su lado había un hombre joven.
—¿Es usted?
Mateo asintió.
—¿Y él?
El anciano cogió la fotografía.
Sus ojos cambiaron.
—Mi padre.
—¿También era aceitunero?
—Era algo más.
—¿Qué?
—Era un hombre que sabía perder.
Clara frunció el ceño.
—No entiendo.
Mateo guardó la fotografía.
—Algún día lo entenderá.
La última noche, Clara regresó al olivar.
No llevaba cámara.
Solo una pequeña grabadora.
Encontró a Mateo sentado junto al árbol.
—Sabía que vendría.
—¿Cómo?
—Porque todos terminan volviendo.
Clara se sentó a su lado.
—Quiero saber qué significa lo de su padre.
Mateo respiró profundamente.
—Cuando yo era joven, llegó una empresa.
Querían comprar las tierras.
—¿Y usted se negó?
—Mi padre aceptó.
Clara lo miró sorprendida.
—¿Vendió el olivar?
—Casi.
—¿Casi?
—Firmó.
El silencio se hizo más largo.
—Entonces, ¿por qué sigue aquí?
Mateo señaló el árbol.
—Porque la noche antes de entregar las tierras, mi padre vino conmigo hasta aquí.
Clara escuchaba sin moverse.
—Me dijo que un hombre puede ser dueño de muchas cosas y, sin embargo, no poseer nada.
—¿Qué pasó?
—Me dio una botella de aceite.
—¿Y?
—Me dijo que la abriera cuando entendiera.
—¿Entender qué?
Mateo sonrió.
—Eso mismo.
Clara soltó una pequeña risa.
—¿Y cuándo la abrió?
—Nunca.
—¿Nunca?
—Porque al día siguiente mi padre rompió el contrato.
—¿Por qué?
Mateo miró las ramas.
—Porque comprendió que había intentado vender algo que no le pertenecía.
—¿El olivar?
—No.
Hizo una pausa.
—El futuro.
Clara permaneció callada.
Mateo continuó:
—Aquel día me enseñó que un árbol no pertenece a quien lo compra. Pertenece también a quien lo plantó, a quien lo cuidará después y a quien todavía no ha nacido.
El viento movió las hojas.
Durante unos segundos solo se escuchó su sonido.
—¿Y la botella?
Mateo sonrió.
—La tengo.
Entraron en la vieja casa.
Mateo abrió un armario.
Sacó una botella pequeña, oscura, cubierta de polvo.
Clara la miró.
—¿Ese aceite tiene más de cincuenta años?
—Probablemente ya no sea aceite.
—Entonces, ¿qué es?
Mateo sostuvo la botella entre las manos.
—Una pregunta.
Clara lo miró.
—¿Qué pregunta?
El anciano respondió:
—¿Qué estamos dispuestos a conservar cuando todo lo demás cambia?
Al día siguiente, Clara comenzó a grabar.
No empezó hablando del aceite.
Empezó hablando de Mateo.
Después mostró las manos de los aceituneros.
Los olivos.
Las aceitunas.
La almazara.
El aceite cayendo lentamente sobre un plato.
Una familia desayunando.
Una mujer oliendo una copa durante una cata.
Un grupo de visitantes caminando entre los árboles.
Un niño recogiendo una aceituna del suelo.
Y finalmente, el árbol centenario.
La voz de Clara apareció sobre las imágenes.
—Hay lugares que se visitan.
—Y hay lugares que se comprenden.
—El olivar pertenece a estos últimos.
El reportaje fue emitido un mes después.
La productora recibió miles de mensajes.
Personas preguntando dónde podían visitar aquella almazara.
Cómo participar en una jornada de recolección.
Dónde probar aquellos aceites.
Cómo conocer el mundo del olivar.
Pero hubo un mensaje que Clara no esperaba.
Procedía de un niño.
Decía:
«Cuando sea mayor quiero plantar un árbol que todavía no conozca.»
Clara sonrió.
Y guardó el mensaje.
Un año después volvió al pueblo.
Mateo ya no estaba.
Había muerto durante el invierno.
Clara caminó hasta el olivo.
El árbol seguía allí.
Alrededor, habían aparecido pequeños árboles nuevos.
—¿Los plantó Mateo?
Una mujer que estaba recogiendo aceitunas negó con la cabeza.
—Los plantó su nieta.
Clara se acercó.
—¿Cómo se llaman?
La mujer sonrió.
—Todavía no tienen nombre.
Clara miró el horizonte.
El sol comenzaba a caer.
Sacó de su bolso la vieja botella.
La misma que Mateo le había entregado antes de morir.
—¿Qué haces con eso? —preguntó la mujer.
Clara miró la botella.
—Cumplir una promesa.
La abrió.
El aceite ya no servía para comer.
Pero Clara dejó caer una gota sobre la tierra.
Después otra.
Y otra.
La mujer la miró extrañada.
—¿Qué haces?
Clara respondió:
- —Devolviéndoselo al árbol.
Entonces tomó una aceituna.
La sostuvo entre los dedos.
Y recordó las palabras de Mateo.
Un árbol pertenece también a quien todavía no ha nacido.
«El aceite nace de la aceituna.
Pero la cultura del olivar nace de todo aquello que decidimos no dejar morir.»
.
El viento mueve las hojas.
El sol desaparece detrás de las lomas.