159. Códice

Armando Luigi

 

Filme dirigido por el español Bernardino de Sahagún y estrenado en febrero del año 2038, desarrolla la siguiente historia: como muchos espacios de la periferia urbana el lugar donde el protagonista vivió hasta su adolescencia se ha estado despoblando, según las informaciones que recoge en internet antes de su visita sólo unas trescientas personas, casi todas mayores de ochenta años, continúan viviendo en lo que alguna vez fue una comunidad habitada por más de dos mil. Originalmente el cultivo del olivo era la base económica del pueblo, pero el cambio climático y las dinámicas del comercio internacional han hecho que esta actividad sea ahora económicamente poco interesante en el lugar. Hay quien intenta mantener sus cultivos, pero son las máquinas y no los seres humanos quienes se encargan de ellos. La mayoría, simplemente, ha abandonado los cultivos, dejando los árboles a la buena de Dios. Muchos se han secado con el aumento de las temperaturas. Desde hace un tiempo, además, en lugar de olivos se han plantado paneles solares, lo que da a los campos un aspecto más ruinoso, si cabe. La antigua almazara, donde se elaboraba el aceite, es ahora un espacio vacío; el protagonista recuerda, con gusto, el sabor del aceite, cuando acompañaba a su madre a comprarlo en el lugar.

El asentamiento, siguiendo una moda reciente, ha sido «tomado» por un grupo de artistas callejeros que se ha infiltrado en los sistemas públicos de realidad aumentada (usados normalmente para transmitir informaciones y publicidad) y presenta sus obras de arte tridimensionales animadas en los dispositivos intraoculares que lleva la gente; por ejemplo, cuando una persona se detiene en una determinada esquina, una anciana se acerca para preguntarle una dirección y mientras el visitante se voltea para indicársela, la anciana se convierte en un arbusto musical de jardín, como los que venden en las grandes superficies. El protagonista del filme, que sólo pretende tener un domingo nostálgico y recorrer los lugares donde pasó su niñez, camina desde la estación de tren hasta los campos de olivo siguiendo una estrecha senda que recorrió muchísimas veces. El suelo pedregoso sigue siendo el mismo, pero el sol, ahora, parece conscientemente ocupado en disuadirle de continuar su ruta. Al llegar a los campos algo le extraña, cuando mueve la cabeza aparecen árboles que están y, luego, dejan de estar. Le pregunta a su dispositivo qué está pasando, éste le habla de los artistas y de su proyecto de engaños. Decide bajar al pueblo. Encuentra, al detenerse frente a su antigua casa, una escena que le despierta un fuerte déjà vu: una mujer sale de la vivienda vecina, deja una bolsa en el depósito de basura y vuelve a entrar; el protagonista, que ha intentado abordarla sin tener respuesta, ve luego que la basura no existe y, supone, la mujer tampoco. 

El hombre continúa su paseo y el filme cambia al plano subjetivo. Llega a la vivienda de su mejor amigo, adonde iba casi cada día al salir de la escuela. La reja de la entrada, oxidada, está abierta. Entra repitiendo el nombre de su amigo. No hay respuesta, la casa parece abandonada. En el centro de ese jardín plantaron, mucho tiempo atrás, un olivo, que, a él, cuando niño, le daba miedo por sus ramas retorcidas, parecidas a brazos. Al volver en la noche, después de pasar la tarde jugando, prefería no acercarse demasiado al árbol. En el piso hay aceitunas frescas. Imposible, piensa, no es la época. Toma una y le mancha los dedos, le sorprende la vividez de la textura, la calidad de la obra virtual. Sale del jardín, sigue caminando. En un parque que frecuentaba de niño, a un par de calles de distancia, encuentra a unos adolescentes jugando al fútbol; extrañado, porque los chavales se le hacen familiares, se acerca a mirar; los adolescentes visten ropas pasadas de moda y el protagonista supone que es otra de las obras virtuales; uno de los jóvenes se acerca y le invita a jugar, llamándole por su nombre; el protagonista, sorprendido, ordena a su dispositivo desconectarse de la realidad aumentada pero los adolescentes siguen allí; el protagonista nota que su propia apariencia (el tamaño de sus manos, la ropa que lleva), ha cambiado, y que su estatura ahora es la misma del joven que está parado frente a él esperando una respuesta; pero el protagonista se aleja corriendo, víctima de una especie de terror pánico; cuando se detiene ordena a su dispositivo llamar a casa; número desconocido, responde una voz. El protagonista continúa caminando y atraviesa unas calles que dejan de ser pobres para volverse miserables. Oscurece y el protagonista no sabe cómo salir de esa ciudad maloliente; su dispositivo intraocular ya no existe. Su ropa, y su cuerpo, son los de un adolescente harapiento. Vagabundea por unas callejuelas iluminadas sólo por las ventanas de las casas y las puertas de los bares, de donde salen, además, voces de hombres y risas de mujeres. El protagonista se aleja subiendo una cuesta y llega hasta un cementerio donde entra para tratar de dormir sobre una tumba, pero poco después alguien le está metiendo las manos en los bolsillos, el protagonista lo empuja y echa a correr. Desciende hasta llegar al mar. Deambula. Tiene mucha hambre pero nada de dinero. Recoge un pescado de la arena. Lo lava en el mar, lo muerde, lo mastica, lo escupe, poco después vomita. Sube hasta un malecón paralelo a la playa. Hay todo tipo de gente vestida como a mediados del siglo XX. Un hombre, desde un vehículo de la misma época, le llama y con gestos le pide que se acerque, le muestra un billete de cincuenta pesetas y abre la puerta para que entre al coche. El protagonista sube y el hombre conduce fuera del poblado, atravesando los olivares. El hombre estaciona el coche. El protagonista, aterrado, sale del vehículo y corre. Cree que el hombre viene detrás de él, pero el protagonista se pierde entre los árboles que, esta vez, siente que le protegen. Regresa al poblado, y con el billete de cincuenta pesetas que le dio el hombre al subir al coche corre a comprar una bolsa de churros en un puesto callejero del malecón, se la acaba. Compra otra, se la termina también. Camina. Entra a un hotel pero el recepcionista le echa a gritos. Continúa errando. Entra a una zona de callejuelas oscuras. Encuentra techo en una pensión donde le ofrecen espacio en la parte superior de un establo que sirve como habitación colectiva. Paga cinco pesetas con un billete arrugado y se da cuenta de que el vendedor de churros le ha robado al darle el cambio. Al subir a la parte superior de un establo encuentra que el espacio está ocupado por hombres borrachos, le piden que se acerque; el protagonista baja la escalera rápidamente y se esconde detrás de un burro. Se sienta en la paja, al rato se adormece, pero le despierta un chorro de orina del animal. Sale del establo maldiciendo, con la ropa empapada. Camina por las calles ahora desiertas y encuentra una fuente de agua. Se quita la ropa para lavarla y llega un policía que le interroga. Escucha la historia de la pensión, coincide con el protagonista en que el lugar es un antro pero no parece interesado en hacer nada; le recomienda otro sitio donde dormir por menos de diez pesetas, aunque ya comienza a aclarar. El protagonista nota que desde hace casi un día no ha sentido ganas de orinar; intenta hacerlo y no puede; da palmadas contra la pared para saber si él también es una criatura virtual, pero no, parece sólido, aunque quizá los seres virtuales también se creen sólidos. Siguiendo una avenida llega hasta el centro de la ciudad. Hay gente corriendo en todas las direcciones, algunos llevan muebles o sacos de comida. Una columna de humo. El protagonista se acerca y ve a una turba que intenta entrar a una casa de ricos de donde sale un hombre muy alto con un rifle, parece el vigilante de la vivienda, la turba le rodea y poco después le someten. Lo cuelgan de un árbol, alguien trae un bidón de gasolina. El olor de la carne quemada llena el aire. Mientras tanto la turba ha entrado a la casa, la saquean y la queman. Llega la policía disparando a la muchedumbre, que se dispersa; en el suelo quedan algunos cuerpos lamentándose, retorciéndose, y otros que no se mueven. El protagonista escapa cuando la policía vuelve a disparar. Un joven le hace señas desde el interior de un comercio que tiene los ventanales rotos. Entra, se da cuenta de que el comercio es una librería. No puede leer, todo está escrito en árabe, y entonces entiende: se ha convertido (¿por culpa de los juegos de los artistas de la calle?) en el personaje de un libro que leyó hace muchos años, un libro que escribió un marroquí cerca de un siglo atrás. Está reviviendo sus aventuras en una ciudad de la colonia española. Piensa que de niño vivió la muerte de su hermano menor como un acontecimiento sin importancia, casi con placer, a pesar de ser testigo del dolor de su madre. «Mi hermano se convirtió en ángel. ¿Y yo? ¿Yo seré un diablo? Sin duda. Los niños, cuando mueren, se transforman en ángeles, los adultos en diablos. Ya es demasiado tarde para convertirme en ángel.» No sabe si su hermano muerto es un recuerdo propio o algo que ha sido depositado en su consciencia. Cuando vuelva a su ciudad, piensa, va a denunciar a los artistas de la calle por entrar, sin autorización, en su mente, pero, por el momento, tiene que correr, la policía ha comenzado a disparar a unos metros de donde está escondido. Los olivares, piensa, serán, otra vez, la salvación, tiene que atravesar la ciudad para llegar hasta ellos.

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