158. Aquella madrugada, hace treinta años

Jesús González Cieza

 

La ensuciada ventanilla del autocar de línea me impide observar el horizonte con nitidez. Subí a él en Zaragoza y ocupo el poco halagüeño asiento número trece. Mi mente divaga y mi mirada se pierde en esa lejanía borrosa. Los recuerdos me incomodan.

Tengo reservada una habitación en Mora de Ebro, en el hostal Terra Alta, más bien una pensión de carretera. Llegaré a ella al atardecer, guardaré mi mínimo equipaje y, tras una cena sobria y un ligero descanso, a eso de las doce de la noche, iniciaré mi caminata. Antes, me habré vestido con la raída ropa militar que adquirí para la ocasión hace días en una tienda de segunda mano. Mis pasos se dirigirán hacia Corbera de Ebro, en busca de la garita de centinela donde me encontraba la madrugada del 25 de julio de 1938, hace de ello hoy, justo, treinta años. Confieso mis dudas de si seré capaz de localizar la casa del pueblo en cuyo molino de aceite se situaba mi olvidado puesto de guardia. Las fantasmagóricas ruinas que tantas veces he remirado en fotografías aturden mi ánimo. Quiero rememorar aquella madrugada con exactitud, que los miedos retornen en el orden que acontecieron. Pero antes deseo recorrer, y así conocer, las sendas que hollaron aquellos que, con máximo sigilo y máxima sorpresa, nos atacaron en el albor del 25 de julio de 1938 iniciando la que ha pasado a los libros de historia como «La batalla del Ebro».

 

Dos de la madrugada. Avanzo por el estrecho arcén de una oscura y deteriorada carretera vestido con una maltrecha camisa de color caqui harta de ser usada, idéntica a aquella de soldado raso que llevaba hacía tres décadas. Junto a ella, unos ásperos y mil veces lavados pantalones del mismo color y unas duras y rígidas botas negras de infantería dignas del desguace, aun así las menos molestas que he podido encontrar. Es lo menos indicado para pasear por el campo en los últimos días del mes de julio pero quiero que cada detalle reviva aquel trance: la indumentaria más pareja, el incómodo calor pese a la nocturnidad, el sudor avivado por el sofocante y húmedo bochorno, el embate paulatino de la sed.

Treinta años hace que no he vuelto a estos lugares. Salí con vida de aquí y quise olvidarlos pero nunca he conseguido sosegar mí alma. Un impulso me apremia, ahora, a volver a ellos. El detonante fue el beso de mi sobrina Julia, la hija de mi hermana menor Inés, allá por el mes de mayo, en su primera comunión. O quizás más, incluso, el sentido e ilusionado abrazo que lo acompañó. Fue su fuerza la que debilitó mi pasividad hasta quebrarla. Con brusquedad irrumpió el soterrado recuerdo de aquellas indefensas personas que hacía ya seis lustros cruzaron su trágica existencia con la mía. Me urgía saber qué les había deparado el destino.

 

Con veinte abriles, yo era un chaval. A la edad del reclutamiento, a los dieciocho, fui llamado a filas. En el bando franquista por vivir en la provincia de Salamanca. La verdad es que, por aquello de morir, me aterraba ir al frente pero desertar era muchísimo peor. En el primer caso, quizás, la diosa fortuna me cuidase y pudiese volver a casa con mis padres, posiblemente lisiado pero vivo. En el segundo, mi futuro era un tribunal castrense y la ejecución. Poco que decidir.

Y la ventura me trató bien, gracias a Dios. Desde mi alistamiento había pasado por lo más selecto de los campos de batalla: Guadalajara (mi bautismo de fuego en marzo del 37), Belchite (septiembre del 37), Teruel (enero del 38), el río Segre (abril del 38) y ahora, desde hacía 15 días, estaba destinado en las inmediaciones de Corbera. En año y tres meses ya era todo un veterano con mucha suerte.

Parecía que el destino actual iba a ser tranquilo, por lo menos durante una temporada. Quizás, incluso, hasta pudiese conocer alguna muchacha aunque, en los pueblos donde acuartelábamos, no nos miraban precisamente con muy buenos ojos. Además de comernos sus reservas, a muchos no les agradaba nada lo que representábamos.

 

Formar parte de un pelotón de veteranos supone gozar de algunos miramientos. Ciertas ventajas en los víveres y el tabaco, y también en los alojamientos. Junto a varios de mis compañeros, la suerte nos llevó a una casa de campo contigua al cementerio. Aunque otros pudieron escogerla antes, lo sombrío de su cercanía les hizo desistir de la idea. A nosotros ya no nos influían esas aprensiones, para nada.

La casa ofrecía buen acomodo sobre todo porque sus gruesos muros auguraban frescor tras ellos y, para mayor beneficio, gozaba de un buen pozo. Al lado del camposanto un extenso olivar, ahora reseco por el calor. Sus recias ramas prometían, allá por noviembre, tras un vigoroso vareo, una provechosa recolecta de aceitunas. Según vi sus troncos retorcidos y sus raíces crispadas, acudieron a mi mente los centenarios olivos que ocupan los bancales de mi alejado pueblo, allá en las orillas del Duero. Siglos asentados inmutables, tanto unos como otros, en sus laderas de acogida.

Como era de prever a nadie en la casa le gustó nuestra presencia. Y eso a pesar de ofrecerles las mejores riquezas de nuestros macutos. Solo quedaban ancianos, niños y mujeres. De estas, la mayoría de avanzada edad y las pocas jovencitas vivían escondidas, hurtadas a los ojos perversos y lujuriosos de las tropas. Para ellos tabaco, para ellas, las mayores, comida y leche condensada y, para todos, café y chocolate. Con esos pagos alguna que otra sonrisa asomaba en sus abatidos semblantes.

 

La casa era amplia. Por su espacioso y rectangular patio se accedía a la cocina, con chimenea de buen tiro y un sencillo horno de pan. En su diagonal, el que debió ser un hermoso corral dado su tamaño aunque, ahora, casi vacío. Las pobres cuatro gallinas que albergaba seguramente acabarían en el puchero en los próximos días. Eso sí, por los aperos y los pesebres, en él convivieron una mula grande, seguro una vaca y, posiblemente, más de un gorrino que esperó allí su San Martín.

Y en otra de las esquinas, lindante con el camino que llevaba al cementerio, lo descubrí. El molino de aceite, en una sala de techo alto con fuertes pilares y gruesas vigas de madera. Ocupando su centro la gran rueda de moler, circular y en posición vertical. Reposaba sobre otra enorme piedra circular, esta horizontal a la que, a través de una tolva, caerían, de forma manual y de poco en poco, las aceitunas para ser molidas.

Todo ello encajado sobre una base alrededor de la cual veía la pista dibujada por las pezuñas de la mula, sendero circular que, con sus anteojeras coartando su visión, habría recorrido incontables veces en su mansa vida.

A su lado, una pila de capachos que estaba claro que llevaban meses faltos de uso. En cada uno de ellos extenderían la pasta obtenida de la molienda para, tras apilarlos y prensarlos, con ayuda de agua caliente, arrebatarla su oculto tesoro: el preciado aceite.

Me dejé llevar por el aroma que, durante años, había invadido por completo el local. El olor denso e inconfundible del aceite, incluso su viscosidad en las paredes, en las vigas, en el suelo. Una presencia imposible de ocultar.

 

Pugnando con la nostalgia, escuché una débil exclamación tras los serones. Llevaba asido mi máuser cargado —«Descuidar el arma en tiempos de guerra se paga con la muerte», nos avisó mil veces nuestro brigada durante el tiempo de instrucción—. Acerrojé el arma con violencia y nervioso ordené salir a quien allí estuviese escondido. Tuve que volver a repetirlo, esta vez furioso y, de pronto, apareció ante mí una niña de unos doce años, muy asustada, temblaba. No era muy guapa y su vestido estaba descolorido de tantos lavados recibidos.

«¡Muéstrame las manos!» pero la pobre, de pie ante mí, mirando al suelo, rompió a llorar. «¿Dónde vives? ¿Es esta tu casa?» le pregunté con voz más suave que pareció calmarla un poco. «Esta es la casa de mis padres» consiguió responderme balbuceante. «¿Y por qué te escondes?». «Mi madre me lo ha mandado, debo estar callada y no salir de aquella habitación —y me señaló una puerta con su dedo—». Me miró asustada y prosiguió: «Pero me da mucho miedo estar ahí, sola. Iba a buscarla pero entonces has entrado y he corrido a esconderme donde he podido». Hacia pucheros y me recordó a Inés, mi hermana pequeña de tan solo diez años aunque, al contrario que ella, preciosa a rabiar. Casi me avergoncé pues nunca consentiría que alguien hiciese pasar a mi hermana por una congoja semejante.

Con lentitud me acerqué a ella, quería mirar si en su escondite había alguien más, o quizás armas o vaya usted a saber qué podía estar oculto allí. Cerciorado de que no había peligro, le dije: «Mira, vamos a jugar tú y yo. Vuelve a esconderte donde te ha dicho tu madre. Dentro de un rato te traeré algo dulce para ti» y, más sosegado, cogiéndola del brazo con suavidad le expliqué: «No quiero hacerte daño, tengo una hermana a la que me recuerdas mucho». Aquello pareció calmarla y escuché como, con fuerza, sorbía los mocos de su llorera.

Desde aquel día nos hicimos amigos. La llevaba chocolate y, a su madre, toda la comida que podía. Esta siempre supo que yo conocía la existencia de Lucía pues ella misma se lo contó el primer día pero nunca hablamos del asunto, fue nuestro particular secreto. Tengo por seguro que percibía que nunca le haría daño.

Intenté también acercarme a su abuelo, un hombre adusto doblado por los años al que con el tabaco conseguí sobornar y ablandar. Aunque malo de solemnidad, pues casi en su totalidad eran estacas, una vez machacadas, para los que tenemos el vicio, era de lo mejor. El papel de liar sí que era bueno, italiano para más señas.

Y entre calada y calada nos fuimos conociendo un poco. Me contó que era nacido allí habiendo dedicado su vida al cuidado de la herencia de sus ancestros, siendo parte muy importante de ella el olivar. Hacia diez años empezó a ocuparse de la finca su yerno, tan buen olivarero como él, pero me explicó con mucho pesar que, hacía seis meses, había muerto. Perdió la vida en un ataque aéreo a la estación de tren de Tortosa, ciudad a donde le destinaron como supervisor de una cooperativa popular oleícola. A punto de subir al tren para pasar unos días en casa, la explosión de una bomba segó su vida. De ahí el odio de su hija a todo lo militar. Y ahora, lamentablemente, nadie se ocupaba de sus tierras, todo estaba abandonado, todo se estaba perdiendo.

Y así, picoteando aceitunas «trencades» como él las llamaba, para mí «machacadas», pasábamos juntos las tardes, de charla, en los momentos libres que me permitían mis guardias y quehaceres. Me hablaba de sus queridas olivas arbequinas, de su fuerte sabor consecuencia del suelo y del clima donde engordaban, de su recogida, de su molienda, de los años de abundancia y de los de escasez. Sentado al atardecer en el porche de la casa, compartiendo con él unos chatos de vino, añoraba la compañía de mis padres, de mis hermanos, de mi lejana familia.

Fueron diez días de intensa relación, viendo como Lucía, la pequeña habitante del molino, iluminaba su rostro con una sonrisa cuando iba a verla mientras cavilaba si, en mi puño cerrado, ocultaba algún regalo para ella. Con su madre poca afinidad tuve. Por el contrario, con su abuelo, la amistad parecía tener una posibilidad.

 

Y llegó la madrugada del día del Apóstol. Allí estaba, a las cuatro de la mañana, con el máuser entre mis manos, iniciando «la guardia del alba», peleado con el sueño, entontecido pensando en la fiesta de la tarde cuando escuché, distantes, los primeros disparos en la dirección del camino que venía de Mora, en la alejada orilla del Ebro.

—¡Despertad! ¡Despertad todos!— grité. —¡Levantaos, coño, nos atacan!

Ruidos enloquecidos tanto en nuestra casa como en las colindantes. Cercano ya el alba, en escasos minutos estuvimos todos prestos en nuestros puestos de combate, se notaba la férrea instrucción recibida. Vestidos, en calzones o desnudos, como fuese pero todos con el correaje y el fusil, un peine de cinco balas en su recamara, dispuestos a enviar la muerte a quien se pusiese por delante. Una ecuación simple: sus vidas o las nuestras. No cabía la misericordia, si acaso un posterior remordimiento.

Pensé en los otros habitantes de la casa. Debían ocultarse, esperar tiempos mejores. «¡Rápido, escondeos con Lucía! ¡Corred! ¡Escondeos!», fue el único lugar donde se me ocurrió enviarles. Allí se guarecieron los tres.

Pasaba el tiempo y cada vez eran mayores las detonaciones por disparos a las que se unieron las deflagraciones de las granadas de mano. El enemigo cada minuto más próximo, más amenazador, sus gritos más aguerridos: «¡Fascistas, rezad a vuestro Dios! ¡Pronto le haréis compañía!». El miedo asediaba nuestras mentes, nos habían ganado la primera batalla, la de la sorpresa, la de la intimidación. Por los acentos extranjeros en sus exclamaciones había entre ellos muchos brigadistas, gente experta, curtida, lo que presagiaba máxima dureza en el combate. Y así fue, horas de ataques, de múltiples saltos, continuos, sin desfallecimiento. Además, el número de milicianos no dejaba de aumentar, imposible contener su empuje.

A las seis horas del comienzo de su ofensiva tuvimos que replegar nuestras posiciones. A las doce del mediodía dejamos atrás las ultimas casas de Corbera y, por las cunetas, nos alejamos hacia Gandesa. Mal empezaba la fiesta de Santiago. Yo no dejaba de pensar en mis recientes amigos, a los que abandonaba a su suerte, tan solo me cabía esperar que la piedad de Dios les protegiese. Me sentía un infame, un cobarde.

 

En Gandesa intentamos hacernos fuertes. Sabíamos que vendrían con todo. Además, Corbera les había dado mucha moral, en una mañana nos habían echado de allí. Las órdenes que recibimos del mando eran claras, estrictas: «Resistir a toda costa». Como fuese, no podían sobrepasarnos, ni envolvernos.

El cielo nos ayudó, sobrevivimos. A los tres días, como en la resurrección de Jesucristo, llegaron los refuerzos y, con ellos, pudimos mantenernos firmes, frenar sus acometidas y estabilizar el frente en esa población.

A última hora del cuarto día, de rebote, una bala perdida buscó cobijo en mi hombro izquierdo. Agudo dolor y temor, la herida sangraba con profusión. Fui trasladado con urgencia a Bot, el pueblo de retaguardia donde estaba el hospital de campaña. Operación obligada: extraer la bala y suturar la herida. Luego, mucho rezar a Dios.

Pensé, iluso de mí, que me esperaba un largo y tranquilo período de convalecencia olvidando la crudeza de los combates pero cuan equivocado estaba.

Al amanecer del día siguiente, tumbado en mi camastro, escuché un rugido que heló mis venas. Oí el retumbar de los poderosos motores de la aviación alemana surcando el cielo para, después, sentir su vómito de muerte. Bombardeaban la vecina Corbera. La angustia por saber si Lucía y su familia habían podido huir antes de tanto horror provocaba mis continuas oraciones pidiendo la protección divina para ellos. Y así cada día, sin tregua, reiterando los ataques aéreos sin compasión, estremecido por su brutalidad.

Tres semanas después me dieron el alta pero, en lugar de enviarme a Salamanca como deseaba, me destinaron a la sierra de Pandols, posiblemente, junto a su cercana sierra de Cavalls, dos de los frentes de guerra más sangrientos de la contienda. Una lucha sin cuartel, con constantes asaltos a posiciones imposibles, cotas que hoy eran nuestras y mañana suyas, un intercambio feroz de golpes, fratricida, con extrema pérdida de vidas por ambos bandos. Un desgarrador enfrentamiento de bravuras: lamentablemente la suya tan idéntica a la nuestra, de ahí su crueldad.

El 4 de noviembre ocupamos ambas sierras acercando el fin de la batalla. Y así sucedió, el día 16 unas tropas republicanas derrotadas retornaban a la orilla izquierda del Ebro. Hacía tres meses y medio que padecí su inicio. Desde entonces, ciento catorce días de muerte y desolación.

Y, curiosidades de la vida, pasados otros tres meses y medio la guerra finalizó. Regresé a mi pueblo. Estaba vivo pero me sentía decepcionado conmigo mismo. Abandonar a su suerte a aquellas personas indefensas no me lo perdonaba. Y esa falta de indulgencia provocaba no atreverme a volver. Pasé así, sin paz, muchos años hasta que llegaron, sanadores, el beso y el abrazo de Julia. Provocaron, inexorables, mi regreso, no soportaba vivir con ese penar.

 

El sudor empapa mi cuerpo. Subir hasta el pueblo viejo es enfrentarme a la devastación, tengo reparos en pasear por el lugar. Algunos recuerdos acuden a mi memoria y, finalmente, consigo situar la casa. Tan solo quedan dos paredes de adobe semiderruidas pero, con gran sorpresa, descubro la pista por la que la mula andaba y andaba. Del resto, la nada.

Abrumado por el silencio, por la soledad, recorro el antiguo rincón del molino. En la lejanía puedo ver el olivar. Allí siguen, treinta años más viejos, sobreviviendo a toda la barbarie humana, testigos de su locura.

Entonces observo, abajo, alejándose del pueblo nuevo que levantaron, a una mujer que se dirige hacia el lugar. Lleva de la mano a un chiquitín que anda a pequeños saltos, divertido. Al pronto, retorna su rostro hacia el camino andado pues oye que alguien grita su nombre:

—¡Lucía!, ¡Lucía, para, que te dejas el almuerzo de tu Joan!— y advierto como una mujer casi anciana se dirige hacia ella portando una cesta de mimbre. A pesar de los años, su voz para mí es inconfundible. Desciendo la ladera, mis pasos se apresuran, quizás el sosiego que anhelo podría estar próximo.

 

In memoriam de M.G.T.

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