157. El frasquito

Arcipreste de Hita

 

En estotro escuadrón vienen los que beben las

corrientes cristalinas del olivífero Betis. 

(Don Quijote, Primera Parte, Capítulo XVIII)

 

Es una aceitera de vidrio, con asa, de unos siete centímetros de alto, cuello corto. Es hermosa, de vidrio grueso, transparente. La etiqueta dice: Aceite de Oliva, Extra Virgen. Gourmet de élite. Peso neto 25 ml. Acidez máx.: 0.3°. CRTA. CÓRDOBA-ALMERÍA Km. 138 CAMBIL (JAÉN). Contiene un aceite amarillo, dorado, como de ámbar intenso. La etiqueta, blanca y ligeramente doblada en una esquina, reza Consumir preferentemente antes del fin de

No lo consumimos.

Llegó a mis manos en el verano del 2000, en una carretera de Jaén. El frasquito adorna la mesa del comedor hace veintiséis años. Viajábamos cinco, tres niños menores de cinco y nosotros dos. Era un automóvil de alquiler, rojo, tal vez un Ibiza. El calor apretaba. A ambos lados se extendía un paisaje seco, de color terroso, filas y filas de árboles pequeños. En ese momento no sabíamos que eran olivos. Arriba, un cielo azul claro, casi blanco, sin una sola nube.

El vehículo se llenaba con la voz de Juan Legido, el cantante de Los Churumbeles. ¿Cómo olvidar al Gitano Señorón, fallecido de un infarto una madrugada de mayo de 1989 en Bogotá? Tal vez sonaba aquello del Cielo andaluz de incomparable esplendor. El vehículo se deslizaba raudo. La bella Córdoba nos esperaba.

Quizá por la hora, tal vez era mediodía, marchábamos casi en solitario. De repente empezamos a ver adelante varios vehículos. Otros nos alcanzaron. La fila se deslizaba lenta, sin prisa, pero sin pausa.

¿Obras en la vía? ¿Un accidente fatal?

No.

A los pocos minutos encontramos el motivo: decenas de agricultores, con pancartas, con sus tractores aparcados en la berma, solo pedían ser escuchados. No cortaban el paso. Solo pedían que la Unión Europea no los aporreara. Su grito no se dirigía contra los viajeros. Su voz iba hacia el norte, hacia Bruselas, porque ese oro verde que ha acompañado las vidas de millones de hombres y mujeres a lo largo de los últimos seis mil años, ese oro verde que ha troquelado vidas y paisajes, perdía valor sin que nadie lo detuviera; el mismo aceite de oliva que había alimentado a los hombres, iluminado sus noches, ungido sus cuerpos y acompañado a los moribundos.

Uno de los agricultores puso el frasquito en mis manos. Nos saludaron con afecto. La marcha se había detenido unos minutos. Aparcamos el coche detrás de un tractor. Nos unimos al grupo.

Un cuarto de siglo. Ya no soy el mismo. Mis hijos hace tiempo que dejaron de ser aquellos niños del carro rojo. Nosotros tampoco somos la pareja que atravesaba Jaén ese verano. El frasquito de aceite debió desaparecer hace mucho. La diminuta aceitera ha sobrevivido, al menos, a seis mudanzas, cajones, limpiezas. Y a ese ejército de cosas que desaparecen sin dejar rastro.

Ahora lo miro y se me antoja pensar que ya no contiene aceite de oliva. En su interior se ven una carretera bajo un sol de verano, una geografía áspera, un automóvil rojo, tres niños en el asiento trasero, una mujer a mi lado y, sobre todo, un grupo de hombres curtidos por el sol, austeros señores de la tierra que cultivaban olivos en Jaén.

Consumir preferentemente… Por suerte, no hicimos caso.

Esa fue la primera vez que vi un olivar y a los olivicultores. Y no por falta de interés. Podría detenerme en la figura del tío Nemesio, ese hermano de mi abuela materna que colgó los hábitos para hacerse hombre de la tierra en el sur de Colombia. Nunca lo conocí, ni a él ni a los olivos que plantó, pero su sombra ha sido constante en mi vida como lo es la de un antepasado que no necesita rostro para permanecer en la memoria.

Sin embargo, en casa el aceite de oliva no era una anécdota, ni un lujo o una excentricidad. De niños lo tomábamos a diario, como hacíamos con el arroz y el pan. Hasta que el absurdo y criminal episodio del aceite de colza hizo que mi madre dejara de comprarlo, por precaución, por un tiempo. Con seguridad, era un hábito heredado de mi madre, sobrina del tío Nemesio y muy aficionada a las cosas españolas: el aceite, los albaricoques, las castañuelas, las castañas y la guitarra. Yo había tomado aceite de oliva toda la vida, pero nunca había visto un olivar.

Mientras yo, en la penumbra de la biblioteca de una universidad centenaria, batallaba con abultados tratados de comercio internacional, dotación de factores y ventajas comparativas y torturaba modelos econométricos, a unos centenares de kilómetros de allí, aquellos agricultores nos daban una clase de economía, de economía pura y dura. No la que se negocia en las mesas de la UE ni la Organización Mundial de Comercio ni se adorna con gráficos, sino la que amenaza el sustento cuando cae el precio y arruga el alma cuando no llega la lluvia. Quien no es campesino nunca entenderá que arrancar las yerbas, rastrillar y arar son partes de un rito sagrado, un deber consigo mismo, con la familia, los vecinos, la patria y los dioses viejos.

Esas manos callosas no necesitaban la teoría del equilibrio general para saber qué significa una mala cosecha o un precio de hambre. Aquel día vi lo que los manuales olvidan: debajo de los aranceles, los precios y las curvas de oferta y demanda siempre hay alguien con las manos hundidas en la tierra. No hay teoría que explique el aguante de un hombre que riega un árbol que tarda décadas en dar sombra; no hay modelo que dibuje la zozobra de quien espera un subsidio que no llega. Los hombres del olivar hablaban de la cosecha que se pierde, del precio que se pacta lejos, de la tierra que se hereda. La economía internacional se escribe en los escritorios y se sufre en el campo.

Los cinco nos bajamos del carro. Los agricultores nos entregaron una caja de madera con varios frasquitos. Los niños los alcanzaban a los conductores que avanzaban lentamente. No sentíamos el calor. Los niños reían sin parar. Algún conductor preguntaba qué pasaba. Recuerdo la sorpresa de uno al ver a tres chavales tan pequeños sumados a la protesta, y aún más cuando nuestro acento revelaba a todas luces que la Andalucía profunda no era nuestro terruño de origen.

Por unos minutos dejamos de ser turistas colombianos que corrían al encuentro de la Mezquita-Catedral, el Puente Romano y la Judería.

De algún modo, los ecos de aquella protesta atravesaban el océano y llegaban hasta el tío Nemesio, mi madre, los olivos y la guitarra. No podría estar seguro, pero quiero pensar que los olivos plantados por el tío Nemesio eran hijos de los olivos andaluces. Así, la pequeña aceitera sería el eslabón que une ambas orillas del mar. Mi madre, que nunca pisó Andalucía, tal vez habría entendido aquella protesta mejor que yo.

Quedó el frasquito. Solo ese. No sé bien por qué se quedó. Han pasado veintiséis años. Desde entonces nos acompaña. Ya no estamos los cinco. Solo somos los dos y el frasquito.

El frasquito estuvo en Córdoba, Sevilla, La Rábida, Faro, Lisboa, Fátima, Coímbra, Salamanca y Ávila. Y voló a Bogotá. Luego viajó a un pueblecito perdido en las estribaciones de la Cordillera Oriental colombiana. Si la suerte me permite volver a la dura tierra andaluza, el frasquito viajará conmigo. No sé si dejarlo allí, como quien devuelve un objeto a su lugar de origen, o si lo traeré de vuelta como mudo testigo de una vida.

Es increíble saber que ha sobrevivido a varias casas, edificios, mudanzas, fiestas familiares ruidosas, accidentes, colegios, universidades y al envejecimiento de todos nosotros.

Los niños del asiento trasero dejaron de ser niños, pero el frasco sigue cerrado. Nunca será abierto. No debe ser abierto. Es memoria. Es tierra, sol, cansancio, coraje.

La leyenda que dice Consumir preferentemente antes del fin de… tiene algo de poesía cómplice. El aceite tal vez ya no sirva para aquello a lo que fue destinado. O tal vez sí: las cosas perfectas no tienen fecha de caducidad. Pero no quiero averiguarlo, no por temor, sino porque el frasquito tiene ahora otro propósito.

Durante años, el aceite fue para mí un hábito heredado de mi madre y del tío Nemesio, un eco de la infancia que no se apaga. Pero aquello cambió en agosto de 2000, en una carretera de Jaén, cuando unos agricultores indignados nos regalaron la diminuta aceitera. Allí, bajo el sol que calcinaba la geografía, vi a aquellos hombres curtidos, como otros Cristos en su propio huerto —no el de Getsemaní, sino el de la tierra seca—, a merced de una maquinaria que decide desde lejos sin pisar nunca el polvo.

Desde entonces, siempre leo las etiquetas: ni italianos ni griegos; solo de Jaén, solo picual, manzanilla, cornezuelo. No siempre la misma marca: todo depende del dinero en el bolsillo, de las promociones de la semana o, simplemente, de lo que dejen los otros clientes. Los envases los hay de toda clase: el de austera botella negra, el de plástico con la mujer andaluza, el de lata, el de las botellas blancas con líneas abstractas, el abombado o aquel del torreón y una aceituna echando raíces en la piedra. No importa el envase: lo que importa es que sea virgen extra.

Pero, entre todos esos recipientes que vienen y van, permanece el pequeño frasco de 25 ml. No lo abro. Ya no contiene un bálsamo ambarino: contiene aquel día de sol, los niños repartiendo frascos y los agricultores reclamando. Ya no somos los cinco, pero mientras el frasquito sobreviva, el aceite seguirá siendo memoria de una tierra que hizo de mí, durante unos momentos, un hijo adoptivo y que desde entonces no me ha soltado.

No conservo un frasquito. Conservo un día de agosto de 2000, encerrado en una pequeña botella de aceite andaluz.

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