150. Seis olivos
Hacía un par de años que la guerra había terminado y en la Sierra Sur de Jaén, entre olivos y monte bajo había un bonito pueblo y en las afueras una pequeña y humilde casa donde vivía Isidro con su esposa Elvira. Él tenía sesenta y siete años, ella sesenta y tres y por culpa de la pobreza y la mala vida que llevaban daba la impresión de tener mucha más edad.
Tuvieron un hijo, pero la guerra se lo había arrebatado dejándolos con el corazón destrozado. Delante de la casa tenían un huerto, donde en primavera Isidro plantaba algo de hortaliza. También tenían un pozo con una pila donde Elvira lavaba la poca y raída ropa que tenían y seis olivos que Isidro cuidaba con orgullo y esmero.
Durante el día la lluvia no había dejado de caer, haciendo que los múltiples canales sonaran a un ritmó descompensado y desagradable amenazando con seguir sonando toda la noche. Isidro y Elvira habían terminado de cenar, si a eso se le podía llamar cena. Sólo habían comido un pedazo de pan con unas gotas de aceite y unas pocas aceitunas que Elvira había machacado y aliñado como su madre le había enseñado. Los dos estaban sentados frente a los restos de una mal oliente pava cuando Isidro se dirigió a su esposa:
—Cómo te dije el otro día, Don Rafael me dijo que podía irme con él a la aceituna, pero como el tiempo siga así no sé cuándo vamos a empezar y con esta lluvia no puedo salir ni a cazar para llevarnos algo a la boca.
—No te preocupes Isidro que Dios aprieta, pero no ahoga y si este quiere pronto brillará el sol y todo cambiará para nosotros, te irás a la aceituna y yo seguiré fregando casas como hasta ahora.
—Dios te oiga Elvira… porque si no lo vamos a pasar peor de lo que ya lo estamos pasando y yo no tengo ninguna solución a la vista.
—Tranquilo cariño que otros hay peores que nosotros.
—¿Peores? —gritó Isidro— Y todo por culpa de la dichosa miseria que se ha instalado en esta casa. Si nuestro hijo viviera seguro que estaríamos mejor… por lo menos estaríamos más acompañados.
A Isidro en ese instante se le rompió la voz y los ojos se le humedecieron estando a punto de llorar, pasándole a su esposa más o menos lo mismo.
Isidro dándose cuenta de que al mentar a su hijo había metido la pata tomó la mano de su señora y la apretó con ternura sobre las suyas y con lágrimas en los ojos se la llevó a la boca posando sobre ella sus temblorosos labios.
—Perdona mujer… a mí me duele tanto como a ti, pero no es tan fácil olvidar lo que la feroz guerra nos ha dejado de recuerdo.
—Querido esposo… yo sé lo muchísimo que querías a nuestro amado y añorado hijo, pero esto ya no tiene remedio y nosotros tenemos que seguir adelante como sea. No creas que yo no lo echo de menos, que lo echo y mucho.
—Lo siento, son muchas las noches que te siento llorar —dijo Isidro soltando la mano de su esposa, refregándose a continuación los ojos con el puño como si quisiera borrar sus sentimientos.
Elvira con el delantal se secó las lágrimas y esbozando una sonrisa se dirigió a su esposo:
—Isidro, ¿Sabes lo que he pensado?
—No, no lo sé… Si no me lo dices…
—A ver qué te parece. Este año no vamos a vender las aceitunas de los seis olivos ni la que rebusquemos, ya sabes que nos dan una ridícula miseria que apenas nos da para nada.
—¿Y qué vamos a hacer con ellas? —preguntó Isidro algo intrigado por lo que su esposa le había comentado.
—Muy sencillo, Vamos a sacarles el zumo que se convertirá en aceite, yo vi como mi abuela lo hacía y sacaba un estupendo y maravilloso aceite ¿Qué te parece?
—Me parece que eso va a tener más briega y trabajo que beneficios, pero por probar no perdemos nada.
—¡No seas pesimista que verás como sacamos aceite para todo el año! Así que vámonos para la cama que ya se nos ha hecho tarde, aunque mañana si sigue lloviendo como lo está haciendo ahora no tenemos que madrugar.
Después de incorporarse de la silla cogió el candil y los dos pensando en lo que iban a hacer con la aceituna se fueron a la cama.
Sobre media noche las canales dejaron de sonar quedando la casa en el más absoluto silencio y con el alba Isidro se asomó a la puerta para ver como venía el día. Viendo que estaba raso, con una sonrisa de satisfacción en los labios volvió a entrar y después de ponerse la pelliza y despedirse de su esposa salió a la calle con un centenar de trampas y un bote con hormigas de ala en un saco, dispuesto a traerse varias docenas de pájaros. Conocía muy bien la finca de don Rafael y como sabía el sitio donde abundaban los zorzales, hacía allí se dirigió.
Hacía bastante frio y cuando los tímidos rayos de sol comenzaron a asomar entre las copas de unos frondosos pinos que poblaban un cerro, Isidro terminaba de poner las ultimas trampas. Una hora después les dio una vuelta a las primeras consiguiendo varios zorzales. Un poco más tarde los estaba asando en una pequeña fogata que con mucho esfuerzo había conseguido encender, ya que la leña estaba bastante húmeda por culpa de las recientes lluvias, no tardando mucho en devorarlos con apetito.
Sobre la una de la tarde entraba en el bar donde siempre le compraban los pájaros. En el mostrador frente a sendos vasos de vino del terreno había varios hombres que al verlo entrar y después de los saludos pertinentes uno de ellos preguntó:
—¿Cómo te ha ido la mañana Isidro? ¿Por qué no me dirás que vienes de cazar?
—Sí, de cazar y gracias a Dios no se me ha dado nada mal.
—¿A dónde has ido?
—Al campo.
—¡Joder, eso ya lo sé!
—¿Entonces para qué preguntas? Toma Jacinto y los cuentas, vienen siete docenas y media, sírveme un vaso de vino, pero que sea del terreno —dijo Isidro dirigiéndose al tabernero mientras dejaba caer sobre el mostrador los pájaros.
—¿Para qué los voy a contar? ¿No dices que hay siete docenas y media? Pues con eso a mí me basta, ¿y hoy qué ha pasado con los pequeños? ¿Solo han caído grandes?
—No, también han picado pequeños, pero esos me los llevo a casa para que Elvira haga un arroz. Así que hoy comeremos arroz con pajarillos.
Jacinto después de servirle la copa cogió los pájaros y con ellos en la mano entró en la cocina dispuesto a contarlos, viendo que era verdad lo que Isidro había dicho. Poco después con una libreta y un lápiz en la mano salió diciendo:
—Vamos a ver Isidro… noventa zorzales a veinte y cinco céntimos cada uno suman veintidós pesetas con cincuenta céntimos, menos cincuenta céntimos del vino del terreno quedan veintidós pesetas. ¿de acuerdo?
Isidro era un hombre de pocas palabras, y asintió con la cabeza y cuando recibió el dinero se bebió el resto de vino que le quedaba y después de despedirse salió a la calle.
Elvira, algo nerviosa por la tardanza de su marido, se asomó a la puerta en el preciso instante en el que él llegaba.
—Gracias a Dios que ya estás aquí. Estaba bastante preocupada por tu tardanza.
—¿No sé por qué te preocupas tan pronto? He venido más o menos a la misma hora que otras veces. Lo que ha pasado es que hoy después de vender la caza en el bar de Jacinto me he pasado por la tienda y por la panadería y he comprado arroz y un pan. Así que mientras yo desplumo los pájaros, tú vas preparando para hacer un buen arroz con pajarillos, que hoy nos lo hemos ganado.
Isidro después de comer y descansar un rato se dedicó a preparar una tabla para prensar las aceitunas y a otro día después de desayunar los dos se dedicaron a coger la aceituna de uno de los olivos. Ese año habían cargado bien y le cogieron alrededor de setenta kilos.
Poco después mientras Elvira calentaba agua, Isidro con un pisón de madera en sus manos y con bastante genio embestía a las primeras aceitunas. Una vez bien machacadas echaba la masa en un barreño y volvía a hacer lo mismo hasta que vio que tenía suficiente para la primera prueba. Con las manos comenzó a remover la masa y apretarla con los dedos hasta que vio que la masa estaba bien ligada. Después extendió un lienzo en la pila y vació el contenido del barreño. Cogió los cuatro picos del lienzo, los anudó apretando hasta conseguir una especie de muñequilla, le puso encima la tabla que previamente había preparado el día anterior y le colocó encima un par de pesadas piedras que había lavado para tal fin. Poco después le echaban el agua caliente observando como poco a poco el ansiado y preciado líquido iba llenando la superficie del agua hasta formar una gruesa y densa capa. Entonces es cuando Elvira con una especie de cucharón iba retirando el dorado líquido y echándolo en un ánfora de unos veinticinco litros.
Así fue como olivo tras olivo y día tras día consiguieron el aceite de sus seis olivos, más el de las aceitunas que habían conseguido rebuscando.