146. Todo queda en la prensa

Pachín

 

La T.I.A. recibió el soplo: en un olivar de la campiña andaluza, alguien corrompía la cosecha con aceite de girasol que se hacía pasar por virgen extra. En seguida el Súper convocó a Mortadelo y Filemón.

—Misión sencilla —dijo, tendiéndoles unas boinas y un mono verde—. Sigan la estrategia del camuflaje entre los jornaleros.

Filemón se las apañó para disfrazarse de olivo centenario y ubicarse en medio de la plantación. Mortadelo, embutido en un traje de aceituna gigante, rodaba pendiente abajo cada dos por tres, sacando de sus casillas al capataz.

Al anochecer dieron con el culpable: el propio dueño de la almazara, que rebajaba el aceite para forrarse. Cuando Filemón fue a esposarlo, resbaló en un charco de alpechín y salió despedido hacia la prensa, llevándose por delante a Mortadelo y al Súper, que acababa de aparecer justo a tiempo para el caos.

De la prensa no brotó aceite, sino un botijo abollado, dos boinas espachurradas y un informe policial ilegible.

—Misión cumplida —tosió Filemón, escupiendo una aceituna.

El Súper, chorreando de arriba abajo, solo acertó a mascullar:

­—Con ustedes dos, hasta el oro líquido sale rancio.

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