144. De acebuche a olivo

D. d´Loruiz

 

Se precipitó al vacío abrazando la gravedad y cayó en la línea divisoria entre Jándula y Macondo sin saber a qué mundo pertenecía. Nadie la tocó y se olvidaron de ella entre otros seres centenarios de su especie. A los pocos meses, una lengua de agua y frío le abrió la tierra y la cubrió sin saber que había sido fecundada. Metamorfoseó su apariencia y su sexo y comenzó a mirar al cielo sin descanso hasta que fue descubierto. Arrancado brutalmente de las faldas de su madre, le cercenaron el cuerpo imponiéndole otra identidad, a la que tuvo que adherirse para no morir. Hoy vive injertado en una ladera del sur de España, y en cada fruto guarda la memoria del litigio donde una diosa prefirió la paz a la guerra. No sabe que sigue ganando la disputa cada vez que alguien enciende una lámpara con su sangre dorada, cada vez que un enfermo mejora, cada vez que una mesa se llena de su fruto. Sigue creyendo, centenario y sin memoria de su nombre, que Atenea no entregó un árbol a los hombres, sino una promesa, y que él —desposeído de cuerpo, sexo y tierra— es quien la sostiene.

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