139. El quinto esqueje
—Abuelo, ¿esa cicatriz de qué es?
—¿Esto? —dijo, tocándose una cicatriz redonda, como una estrella, a la derecha del ombligo—. Es una herida de guerra. En la Guerra Civil me sacaron de noche junto con otros hombres del pueblo y nos llevaron en un camión hasta la tapia del cementerio. Allí nos dispararon y caímos muertos.
—¿Te mataron? —dije, sorprendido.
—Me fusilaron mal… —respondió riéndose.
—¿Pero entonces te dispararon y no moriste?
—Me hice el muerto. Luego, cuando se hizo de noche, me escapé y el médico del pueblo, que era amigo mío, me curó… Me abrió y me curó por dentro. Creo que me puso las tripas de una cabra.
—¡Abuelo…! —lo regañé, como cada vez que se inventaba algo.
Esa tarde, como tantas otras del verano, mi abuelo me llevó a andar por el campo. Bueno, yo lo llamaba campo, pero en realidad era un extenso olivar familiar. De mayor comprendí que lo hacía para dejar descansar a mis padres, porque yo, nervioso a más no poder, no los dejaba descansar ni en la siesta.
En aquellos paseos de sobremesa casi siempre acabábamos bajo el mismo olivo viejo. Mi abuelo me enseñaba cosas que él creía que debía saber, como coger espárragos, que crecían a la sombra de los olivos, o los nombres de las plantas y de los pájaros. Cuando llegábamos al árbol, me contaba sus «batallitas»: a veces de la guerra; otras, de cuando era joven y conoció a mi abuela, y cosas así. Cuando empezaba a caer el sol volvíamos a casa, pero, antes de irnos, mi abuelo siempre tocaba el tronco del olivo, como si se despidiera de él. Le gustaba mucho ese en concreto, aún no sé por qué.
Esos paseos y las cosas que me enseñaba me hicieron amar el campo, los animales y las plantas; en general, la naturaleza y eso me llevó a amar también la ciencia. Y como efecto secundario me convirtieron en un lector voraz de ciencia ficción, pero no de esa que es más fantasía que ciencia, sino de la dura, de la que se basa en conocimientos científicos y podría hacerse realidad en el futuro.
De mayor estudié Biología y Exobiología, y basé mi tesis en las dos cosas que más me gustaban: las plantas y el espacio. La idea era sencilla: estudiar el crecimiento de las plantas en gravedad cero o con poca gravedad. Me centré en Marte y en demostrar que una raíz no necesitaba toda la fuerza de gravedad de la Tierra para orientarse. Le bastaba con un poquito. En Marte habría poca gravedad, pero la suficiente para las plantas, o al menos de eso iba mi trabajo.
No es por echarme flores, pero yo era un empollón y me salió una tesis genial. Mi tutor me contó que había flipado y que se la había pasado a otros compañeros. Al parecer, empezó a circular por muchas universidades, tanto dentro como fuera de España.
Una noche, mientras fregaba los platos, sonó el teléfono. Era una representante de la ESA. Me contó que, junto con la NASA, preparaban la primera estación permanente en Marte y querían cultivar plantas para producir oxígeno y alimentos. No sé cómo mi tesis había llegado hasta ellos recomendada por varios científicos de renombre. Al parecer yo era el candidato perfecto para dirigir el área de botánica.
Me entraron los nervios. Al principio pensé que se trataba de una entrevista preliminar, pero, cuando empezó a preguntarme por mis vacunas, mi familia y mi disponibilidad, comprendí que no: me querían a mí. Se lo pregunté directamente, me lo confirmó y quiso saber qué les contestaba. Dejé el plato que estaba fregando en ese momento y pregunté:
—¿Cuánto tiempo tengo para decidirme?
—Ayer —me dijo.
La cosa era urgente. Por lo visto, el biólogo anterior había dimitido porque no estaba de acuerdo con la forma en que se estaba organizando todo.
—Vale, acepto —dije.
No lo pensé. Simplemente salió de mi boca.
Cuando colgué y me tomé dos copas de vino para calmarme, llamé a mi madre.
—Eres un inconsciente, ya me lo decía tu abuelo.
—También decía que había que ir adonde hiciera falta.
—Ya, pero eso lo decía para ir a recoger la aceituna, no para ir a Marte.
Después me preguntó si hacía frío allí y cuántos jerséis tendría que llevarme… En fin, cosas de madres.
Unos meses intensos después, y tras un duro entrenamiento como astronauta en Colonia, Alemania, nos dejaron una semana libre. Así que volví a Jaén. Fui al olivar por el que paseaba con mi abuelo llevando una navaja, alcohol, gasas húmedas y cinco tubos de transporte. Desde la loma, los olivos descendían en hileras hasta perderse en la distancia, con Sierra Mágina desdibujada al fondo por el calor. Busqué el árbol bajo el que nos sentábamos cuando era pequeño y corté de su base cuatro brotes rectos, jóvenes y sanos. El quinto era raquítico, corto y tenía las hojas demasiado separadas. Estuve a punto de dejarlo, pero lo miré unos segundos, sosteniéndolo entre los dedos, y acabé preparándolo también. Tenía intención de llevarlos a Marte, así que cinco no eran demasiados; de hecho, eran demasiado pocos, porque alguno moriría por el camino.
Naturalmente, no podía presentarme en la nave con cinco ramas debajo del brazo como quien se lleva un bocadillo. La ESA había autorizado el experimento. En Alemania, los esquejes fueron examinados, desinfectados y puestos en cuarentena para comprobar que no llevaban hongos, insectos ni enfermedades. Un poco de tierra que cogí también fue analizada, esterilizada y guardada en un recipiente sellado.
Como biólogo jefe, tuve que convencer al mando de la misión.
—Te digo que sí —le insistí—. Un olivo está muy bien adaptado a la sequía… necesita muy poca agua. También soporta suelos pobres y alcalinos. El suelo marciano habrá que tratarlo previamente, eso sí.
—No sé, un olivo tarda mucho en crecer. Además, no andamos sobrados de sitio en el invernadero.
—Lo sé, pero mira, ¡si hasta la corteza puede realizar parte de la fotosíntesis si pierde las hojas! Es el árbol perfecto.
—En fin, vale, es tu terreno, pero espero que tengas razón. Cualquier decisión en esta misión cuesta millones.
—Funcionará, ya lo verás.
Cuando despegamos, primero hicimos una parada, o una escala, como se quiera llamar, en la Luna, en la Base Lunar Internacional. Allí dejamos el cohete que nos había llevado y nos trasladamos a una nave considerablemente más grande, necesaria para viajar durante meses a Marte.
Durante el viaje aprendí a dormir con el zumbido eterno de los sistemas de soporte vital de fondo, a contar las semanas mirando el reloj y a no pensar en la distancia cada vez mayor que me separaba de la Tierra y de todo lo que conocía.
Todos los días vigilaba los cinco esquejes de olivo. El primero murió nada más partir de la Luna, sin motivo alguno, porque sí. El segundo empezó a oscurecerse a mitad del viaje. Intenté salvarlo dándole más luz, girando el tubo cada pocas horas y probando todo lo que se me ocurrió, pero acabó muriendo.
Los otros tres llegaron vivos a Marte. Aterrizamos lejos de la colonia, que se había establecido meses antes de nuestra llegada. Cuando bajé de la nave noté la escasa gravedad del planeta. Mis pasos eran más largos y aquello resultaba muy extraño. Tenía que acostumbrarme para no caerme, porque mi mente calculaba los movimientos como si siguiera en la Tierra.
El horizonte de Marte parecía más cercano, curvo y falso, como el decorado de una peli cutre, y el cielo no era azul, sino de un rosa pálido. Madre mía, pensé, ¿dónde me he metido? No había dado ni diez pasos cuando ya me estaba arrepintiendo de aquella aventura. Pero, al mismo tiempo, todo era fascinante. Pensé en lo que me había llevado hasta allí y me volví hacia el módulo de carga hasta que vi salir al robot con el contenedor de los esquejes.
Pocas semanas después ya estaban instalados en el invernadero presurizado de la colonia. Para convertir el suelo marciano en algo que no matara las raíces que habían desarrollado los esquejes durante el viaje, llenamos tres bandejas con él y lavamos varias veces las sales que contenía; los percloratos aguantaron seis lavados. El suelo parecía fértil a primera vista: era roca volcánica molida, oscura cuando se mojaba. Un olivo no le haría ascos a una mineralización como aquella, pero había otro problema: allí no había lombrices, esporas, hongos ni restos de otras raíces. Nada. Así que tuvimos que prepararlo con microbiota traída de la Tierra.
No servía de nada, pero aun así eché un puñado de la tierra que había traído de Jaén sobre la mezcla preparada con suelo marciano. Así se sentirían un poco como en casa, pensé… vaya tontería.
En menos de un mes, uno de los tres esquejes se marchitó. No llegó a enraizar. La base se ablandó y el tallo cedió al tocarlo. Lo saqué sin ceremonia, lo pesé, apunté la fecha y los demás datos necesarios para el informe y lo guardé. Había muerto sin llegar siquiera a intentarlo.
Ya solo me quedaban dos. Uno de ellos reaccionó mucho mejor de lo que esperaba. Brotó por dos sitios al principio y, más tarde, por otros dos. En pocos meses formó una copa algo desordenada y verde que me obligó a controlar el riego. Los demás me felicitaban por el éxito, aunque yo prefería ser prudente y no ilusionarme demasiado. La baja gravedad de Marte le permitía levantar ramas con más facilidad y rapidez. Cada vez necesitaba más agua, más luz y más alimento, pero también desarrollaba raíces nuevas y parecía capaz de sostenerlo todo. Era, sin ninguna duda, el más fuerte de los dos.
El otro, el esqueje más enclenque, hizo todo lo contrario. Empezó a perder casi todas las hojas, después se le secó una rama lateral y detuvo por completo su crecimiento.
Había quedado reducido a un tallo pobre y feo, inclinado hacia la lámpara ultravioleta, con solo seis o siete hojas pequeñas. Cada semana pesaba menos. Más de un compañero me dijo que lo quitara, que iba a morir, pero yo no decía nada. Seguía cuidándolo y recogiendo, de vez en cuando, las hojas que se le caían.
Mientras tanto, el otro olivo seguía creciendo. Tuve que podarlo varias veces para que no gastara más de lo que sus raíces podían proporcionarle, pero se recuperaba enseguida. Cuando alguien visitaba el invernadero, aquel era el que miraba. Tenía hojas grandes, ramas nuevas y un tronco que empezaba a engordar. El pequeño, en cambio, parecía una mala hierba seca a su lado.
Así estaban las cosas cuando sucedió lo peor. La tormenta llegó durante mi segundo año en Marte. No fue una de las grandes, de esas que duran meses y meses. El viento sopló solo unas seis horas, levantando polvo y pequeñas rocas. En principio no había nada que temer, porque era una tormenta menor, pero algo arrastrado por el viento golpeó el invernadero e hizo saltar la alarma.
Yo estaba en el módulo del laboratorio y corrí hacia la esclusa. Desde el otro lado del cristal vi las luces de emergencia y una neblina pegada al suelo junto a los esquejes. La puerta se había bloqueado por seguridad, aislando el invernadero del resto de la colonia. Comprobé la pantalla y vi cómo la presión bajaba y el frío aumentaba.
Miré a los dos olivos tras el cristal. El más fuerte estaba más cerca de la grieta. Sus ramas, llenas de hojas, se agitaban con violencia y golpeaban unas contra otras. El aire que escapaba tiraba de toda aquella copa como si quisiera arrancarla. El pequeño, en cambio, apenas tenía hojas que hicieran fricción con el viento. Su tallo torcido vibraba cerca del suelo, medio protegido por el borde de la bandeja.
La humedad se evaporó de la superficie y dejó manchas oscuras. La temperatura bajó tanto que la condensación se convirtió en escarcha sobre las dos bandejas. Luego se apagaron las lámparas y el único resplandor fue el de Marte, que entraba por la grieta del invernadero: una claridad rosácea y turbia por el polvo marciano.
Desesperado, golpeé la puerta.
—¡Abrid, abrid! —grité a mis compañeros.
—Todavía no.
—¡Van a morir!
Los técnicos se afanaban en accionar la cubierta de emergencia, que cerraría el invernadero, detendría la fuga de aire y permitiría restaurar la presión.
Mientras tanto, yo no podía dejar de pensar en el agua escondida dentro de los tallos, empujando hacia fuera por la falta de presión; en los vasos rompiéndose; en las células congelándose; en la corteza de los dos, que todavía era demasiado joven.
Por fin se cerró la cubierta y el sistema selló provisionalmente la grieta. El aire y el calor volvieron. Una neblina se levantó del suelo y las ramas dejaron de moverse cuando cesó la corriente.
Todo sucedió en veinte minutos que se me hicieron eternos.
Cuando por fin me permitieron entrar, fui primero hacia el olivo grande. Una de sus ramas principales se había partido y el tronco estaba abierto cerca de la base. Rasqué la corteza en varios lugares, pero debajo no quedaba nada verde. Toda aquella copa que parecía tan fuerte se había congelado. El árbol más prometedor de los dos había muerto.
El pequeño conservaba algunas hojas, aunque todas estaban oscuras y encogidas. Tampoco parecía haber sobrevivido, pero su tallo seguía entero.
Al día siguiente, mientras limpiábamos el desastre del invernadero, un compañero apareció con una caja de residuos y unas tijeras de poda. Primero retiramos el olivo grande, estaba totalmente destrozado. Después se dirigió directamente hacia el pequeño.
—Espera —le dije.
Me agaché junto al pequeño árbol marchito. Lo miré, triste. Acerqué la mano y rasqué con la uña una zona baja de la corteza.
—Puede perder todas las hojas y seguir vivo por dentro —murmuré.
—Ha estado casi sin presión y a cincuenta grados bajo cero.
—Ya, ya lo sé.
—Tampoco quedan hojas ni nada.
—Eso no importa. Puede respirar por la corteza… Vamos a darle unas semanas.
El compañero se levantó y me dio unas palmadas comprensivas en el hombro. Luego se fue y me dejó solo con el olivo.
—No me hagas esto. Tienes que vivir —le dije.
Desde ese día, todas las mañanas revisaba la humedad, la temperatura y la resistencia de los tejidos. Por la tarde volvía a mirarlo solo porque sí, rezando para que sobreviviera.
El tallo siguió oscureciéndose desde arriba. Cada día la mancha bajaba unos milímetros más, hasta que alcanzó la mitad. Corté la parte seca. Por dentro, el tallo mostraba anillos pardos y una franja húmeda cerca del borde. Me alegré. Había una posibilidad; remota, pero la había.
Poco a poco, el olivo empezó a cerrar sus heridas y concentró su vitalidad donde era necesario. La mitad superior murió, pero, en la base, una pequeña yema recibió las pocas reservas que le quedaban al arbolito. Unas semanas después noté un pequeño relieve junto al suelo. Lo fotografié y lo medí. Y así, día tras día, hasta que las escamas de aquella yema se separaron. Luego apareció una punta verde. Era minúscula y estaba curvada hacia un lado, casi pegada al suelo. Semanas después abrió dos hojas.
Sí, pensé con alegría, eres obstinado. Sobrevivirás.
El olivo tardó años en parecer un árbol. Rebrotó desde abajo y creció alrededor de la madera quemada, sin cubrirla nunca del todo. La copa quedó vencida hacia un lado, pero a mí no me importaba un comino su aspecto. Estaba feliz. Lo había conseguido.
La madera nueva engordó y creció. La primera floración fue escasa y todas las flores cayeron, pero la hubo. Al año siguiente cuajaron solo siete aceitunas y maduraron cuatro. Luego fueron doce; después, varias decenas. Más adelante dejamos de contarlas una a una y comenzamos a pesar la cosecha.
Un año insistí hasta que, en uno de los viajes de suministros entre la Tierra y Marte, conseguí que me trajeran una pequeña prensa, una especie de molino con el que elaboré un poco de aceite. El aceite era espeso y verde. Yo estaba muy emocionado. ¿Qué pensaría mi abuelo si viera dónde estaba y lo que estaba haciendo? Me reí. Los demás me miraron como si estuviera loco. Probé un poco para ver cómo sabía.
—¿Está bueno? —me preguntaron mis compañeros con recelo.
Los miré con una amplia sonrisa y respondí:
—¿Tenemos pan de pueblo para unas buenas tostadas?
Nadie pilló el chiste.
—Estos guiris…
Con los años llegaron nuevas naves y nacieron niños que conocían la Tierra solo por las pelis y los documentales. El olivo dejó de ser un experimento y se convirtió en un lugar de visita. Tenía la copa torcida y el tronco negro, pero era el primer árbol en Marte.
Una tarde, muchos años después, un niño se negó a dormir y corrió por los pasillos de la base mientras los demás descansaban. La población había aumentado considerablemente, pero allí nos conocíamos todos. Así que cogí al pequeño travieso y me lo llevé de paseo para que dejara a sus padres tranquilos. Le iba contando mis propias batallitas, como había hecho mi abuelo conmigo muchos años atrás.
Llegamos al centro de la base, donde tiempo atrás habíamos trasplantado el olivo. Estaba enorme: la débil gravedad marciana apenas tiraba de él. Nos sentamos bajo el árbol, yo con más dificultad debido a mi edad. El niño se dejó caer a mi lado y señaló la zona quemada del tronco.
—¿Qué le pasó?
Puse la mano sobre la corteza.
—La gente mira las ramas y las aceitunas. Tú mira siempre el tronco.
El niño acercó la cara a la madera negra y luego apoyó la oreja.
Esperé a que estuviera quieto y empecé a contarle la historia del primer olivo en Marte.