136. Los tres silencios y los odres de aceite

O.L.Ivars

 

«Del consentimiento se dirá que es válido cuando medie voluntad libre del otorgante, sin que se especifique el grado de información que dicha voluntad requiera para considerarse completa».

Compendio Anotado de la Directriz de Ética Universal, art. 2 (Glosa apócrifa, autor desconocido, y que con toda probabilidad será castigado el día en que alguien averigüe quién la escribió).

 

 

Nota del cronista

 

El fragmento que sigue apareció, sin firma, cosido entre los folios de un comentario talmúdico del siglo XI, en un legajo que la costumbre atribuye a una guenizá de El Cairo, aunque el papel, analizado después, resultó tejido con una fibra que ningún molino conocido ha logrado manufacturar. Se transcribe tal cual, sin enmendar sus anacronismos, porque enmendarlos habría sido quitarle la única enjundia que posee.

 

I. El número

Toda catástrofe interestelar empieza con un número y el de Vryan era el 1187, los grados, que subían a razón de dos por segundo: once minutos, y después la nada.

—Once minutos —dijo, la voz pausada con la que otro habría anunciado la hora de la reproducción.

—¿Redondeamos a diez, para que suene más dramático? —propuso Lajharmela.

—La Directriz no contempla el dramatismo como categoría.

—La Directriz no contempla casi nada de lo que nos pasa esta noche.

La nave tocó tierra con la elegancia de un plato de cerámica que resbala de una alacena. Se abrieron ligeras fisuras en el casco y penetró el verano de al-Ándalus, contaminado de polvo y mies segada, con un viento de poniente que anunciaba, para dentro de dos o tres rotaciones, una tormenta que en la sierra denominan «de las que lavan el año». A lo lejos sonó una campana, un monasterio quizá, llamando a maitines a hombres que, a esa hora, ya no dormían.

Lajharmela se había rasguñado la palma contra el mamparo y se la vendaba con una tira de tejido similar al de la manga, maldiciendo en tres idiomas —dos terrestres, aprendidos esa misma noche—, mientras Vryan recontaba los tornillos del panel del motor, uno por uno, como si contarlos pudiera subsanar el estropicio. Doce años atrás, en Ker-Anai, un piloto llamado Denar había adelantado dos siglos el desarrollo de un mundo desértico, convencido de que la sed era razón suficiente para intervenir. Vryan tenía diecinueve años entonces y había visto las fotografías del planeta después, las que ningún manual mostraba, pero que todos los cadetes acababan encontrando clandestinamente. Desde esa noche llevaba tres frases cosidas a la lengua, listas para recitar antes de cada despegue: primero, no reveles; segundo, no alteres; tercero, no dejes rastro. Amagó con repetirlas ahora, por costumbre, con la boca ya entreabierta. No las pronunció: el pánico se las había comido, y lo que quedó en su lugar fue solo el número, estabilizado en el lector del sensor. El zumbido y las oscilaciones dieron paso a cierta quietud, solo interrumpida por el chisporroteo de la aleación ardiente del casco exterior y los crujidos esporádicos de la madera aplastada bajo el fuselaje. Aún con el miedo cosido al cuerpo, abrieron la escotilla.

Bajaron al olivar. La luna, baja todavía, se prendía en cada gota de aceite que chorreaba, como si el árbol reventado por el aterrizaje llorase. El análisis rápido inicial les trajo un alivio breve —densidad estable, punto de resistencia calórica y humo altísimo, capacidad lubricante de grado militar—; y a continuación, de inmediato, la inquietud tras la cuenta rápida de lo que les haría falta: asaltar una almazara —almacén de aquel producto según especificaba la Enciclopedia Universal—. Estaban sin moneda, sin mercancías con las que trapichear, sin tiempo que perder en discusiones.

—Podemos morir aquí con mucha dignidad —dijo Lajharmela—, o robar a estos protoseres o mentir un poco.

—No vamos a robar ni a mentir. No somos corsarios.

—Vamos a no decir toda la verdad, entonces, pero con estilo.

—Eso tiene un nombre en el reglamento.

—Todo tiene un nombre en el reglamento, Vryan. Y la multa no es para tanto.

 

 

II. El justo

Samuel ben Saul no era hombre fácil de engañar. Había estudiado con un rabino de la escuela de Maimónides, para quien todo prodigio merecía, antes de la veneración, una segunda mirada, y cuando vio los dos mantos —de una tela que mudaba de color según caía la luz— junto al pozo, su primer pensamiento no fue «ángeles», sino «tejido que no conozco, y eso me inquieta más».

—Sois mensajeros —dijo, la mano en la barba, sin fe alguna en el tono.

—¿Preguntáis? —dijo Lajharmela.

—No preguntó nada que vuestro aspecto y vuestro silencio no me hayan sugerido primero.

Fue el primer sobresalto real de la jornada: Lajharmela tenía argumentos preparados para la sospecha religiosa y ninguno para la lógica, mucho más incómoda de sortear.

—Buscamos aceite de la primera prensa —dijo, cansada de fingir— para un motor… una muela volandera atascada; nada de cultos.

Habló entonces Vryan, con la verdad desnuda: el aterrizaje, el número que subía, el olivar… No dijo de dónde venían.

Samuel escuchó sin interrumpir. Al final soltó una risa corta, casi de alivio.

—Preferís confesar una avería a fingir un milagro. Eso os hace más cristianos que a los cristianos que conozco.

Y sin más ceremonial, vertió aceite de la tinaja reservada a la sinagoga, del que no vendía ni al mejor postor, hasta llenar un odre.

—¿No teméis que también os mintamos en algo de lo que os hemos contado?

—Temo muchas cosas. Que un… ¿Cómo lo habéis llamado? ¿Motor?… Se enfríe con mi aceite no es una de ellas. Temo, más bien, que vuestro Compendio os prohíba dar las gracias como es debido: con buen vino y sentados a la mesa.

No se quedaron a desayunar. Se lo debían —Vryan anotó la deuda para sí, como anotaba todo— y no volvieron a pagarla, lo cual, de todos los pecados de aquella noche, fue quizá el único que ninguna glosa apócrifa perdonaría por completo jamás.

 

 

III. El veedor

 

La heredad de Abd al-Rahman ibn Musa tenía las vides y los olivos en hileras tan rectas que se dirían delineadas por un geómetra de Bagdad. El molino trabajaba desde primera de la mañana: una piedra movida por un mulo con los ojos vendados giraba con un rechinamiento que estremecía hasta a la tierra roja.

Musa no estaba solo. Junto a la prensa, papiro en mano, esperaba Muhammad al-Darir, veedor del cadí, encargado de que el azaque se apartara con exactitud. Su presencia dificultaba la estrategia: no bastaba con convencer a Abd al-Rahman; había que hacerlo sin que un funcionario avezado en detectar fraudes advirtiera que los caftanes de dos forasteros, a media mañana, seguían relucientes, mejor que nuevos.

—Buscamos la parte que se reserva para el que no tiene —dijo Lajharmela.

—¿Y de qué aldea decís que venís? —preguntó Muhammad, sin alzar la vista del papiro, con el recelo de quien ya sospecha y disfruta sospechando.

—De donde vienen todos los que Alá pone en el camino, Muhammad —terció Abd al-Rahman—: de ninguna parte que a ti te incumba.

Muhammad se levantó del brocal del pozo, algo que no había hecho en toda la mañana, y rodeó a Lajharmela despacio, como quien inspecciona una res antes de tasarla. Se detuvo ante la venda de su palma, oscurecida de silicoglobina seca y con un rodal de aceite.

—Esa herida es reciente, de esta noche —dijo—. Y vuestras sandalias no llevan el polvo del camino de Istijja, ni el barro de la vega, ni nada que yo reconozca. En más de veinte años apartando el diezmo y cobrando el portazgo, no he visto forastero que llegue tan limpio.

La campiña quedó muda. Vryan, un paso detrás de Lajharmela, cerró la mano sobre algo que llevaba al cinto. Abd al-Rahman frunció el ceño por debajo del turbante, como si también él quisiera oír la respuesta.

—Tenéis razón —dijo Lajharmela al fin, y la verdad a medias que les largó fue, quizá, la más peligrosa, precisamente porque no lo pareció—: no hemos venido por el camino de Istijja.

Muhammad la escrutó con detenimiento. Después enrolló el papiro, un gesto malintencionado, que hacía sin necesidad, y por eso el más elocuente de la escena.

—Hace veinte años —dijo, y su voz perdió el tono parsimonioso—, me perdí en la sierra, me asaltaron y me robaron hasta el calzón. Tras deambular dos jornadas, di con una alquería y me entregaron una limosna sin preguntarme de qué aldea era ni por qué mis manos no tenían callos. Quien me la dio no quiso saber mi historia. Yo tampoco he de exigir la vuestra. —Fue a refrescarse a la alberca, bajo el emparrado. Ya de espaldas, añadió—: Aparta lo justo, Abd al-Rahman. De lo demás no doy fe, porque no lo he visto, que es la única honradez que me deja este oficio.

—Sabíais que mentíamos —dijo Vryan, en cuanto se aseguró de que el veedor no podía oírlos.

—Sé que no me habéis pedido nada que la Ley no permita dar. El resto es asunto vuestro.

Abd al-Rahman entró en la almazara, sacó el segundo odre y se negó a que le dieran las gracias en demasía, porque agradecer en exceso, sostenía, es una ofensa al propósito de la limosna.

—Que conste mi disenso —murmuró Vryan, aunque no estaba seguro de con qué disentía.

—Constará entre los datos de la misión —concedió Lajharmela—. Archivado e inútil. Como cualquier disenso a posteriori. ¡Listo!

 

 

IV. La señal

 

Cayó la tarde con ese color de almendras tostadas con miel que solo tienen los atardeceres de verano cuando presagian tormentas. El viento de poniente llevó monte arriba el tintineo de una esquila, el perfume del romero y el olor a boñigas de un rebaño que regresaba tarde. El hermano Froilán, sesenta y tres años en este mundo y cuarenta y uno cuidando los mismos olivos, distinguía los árboles mejor por el tacto de la corteza que por la forma de la copa, y les hablaba como otros invocan a los santos. Aquella misma noche, después de que el abad bendijera el odre de aceite y los forasteros se marcharan, los siguió: sin decírselo a nadie, sin más motivo que la curiosidad terca de un viejo de cuyo comportamiento nadie pide explicaciones.

Los vio subir a un promontorio pelado y desaparecer dentro de algo que su visión maltrecha y la luna nueva no alcanzaban a definir: un contorno demasiado limpio para ser un peñasco, demasiado oscuro para ser madera. Se persignó una sola vez, despacio, con auténtica devoción, no un ademán mecánico. Luego se aproximó hasta tocar aquel objeto.

A nadie se lo contó, ni en confesión. Esa semana durmió mal, dándole vueltas a un solo argumento hasta pulirlo: si Dios ponía una señal ante los ojos de un anciano casi ciego, no era asunto suyo averiguar de qué material la había hecho; que quien habló una vez por una zarza ardiente bien podía, si le apetecía, hablar también por la franja de luz azulada y palpitante, incluso bajo la panza, que envolvía aquella joya gigante y cuyo resplandor en la noche se extendía hasta la linde de la dehesa.

Regresó al huerto del convento antes del amanecer y podó, como cada día, las ramas más bajas de los rosales, los jazmineros y las adelfas. Guardó el secreto el resto de su vida. Lo único que quedó acreditado de aquella jornada, según una iluminación hallada siglos después en el mismo legajo de la guenizá de El Cairo, fue que, cada atardecer, de espaldas a la puesta del sol, un monje miraba más allá de un olivar a orillas de un gran río, sin reflejar qué o a quiénes observaba.

 

 

V. El mercado

 

Dos días más tarde, sin que ninguno lo hubiera planeado, Samuel, Abd al-Rahman y el hermano Froilán coincidieron en el puesto de un vendedor de salazones y aceitunas aliñadas que llevaba generaciones sin subir el precio, lo cual, en aquella ciudad, era casi tan raro como la presencia de un ángel.

No hablaron del asunto de frente. Samuel mencionó, como quien no quiere la cosa, que había dado aceite a unos forasteros de mantos raros. Abd al-Rahman dijo que él también, y que el veedor del cadí casi los pilla. Froilán no dijo nada, pero su mutismo fue tan elocuente que los otros dos entendieron que también sabía algo del asunto y no insistieron, porque en aquella ciudad el silencio ajeno se respetaba con la misma naturalidad que el ayuno o el rezo del vecino.

Ninguno habló de ángeles y ninguno mentó demonios. Ninguno sintió necesidad de ponerse de acuerdo sobre la naturaleza de lo que habían presenciado, lo cual, entre tres hombres de tres fes distintas en una ciudad de vecindad no siempre pacífica, fue un prodigio minúsculo, sin testigos, del tipo que no se narra en ninguna crónica y que, por eso mismo, quizá sea, en verdad, un milagro único.

Muhammad al-Darir pasó también por allí aquella mañana, con su zurrón de papiros bajo el brazo, camino de la almazara siguiente. Vio a los tres juntos y, reconociéndolos, no se acercó; antes bien, apresuró el paso para que una casualidad no se convirtiese en inoportuna pregunta.

—Sea lo que fuere —dijo Samuel al fin—, no pidieron nada que ninguna Ley no permitiera dar; que no es el aceite de la oliva sustancia que incline al mal.

Abd al-Rahman asintió. Froilán sonrió sin decir palabra y siguió camino hacia el convento, a poniente, con una alforja de aceitunas al hombro que, ese día, se le antojó más liviana que de costumbre.

 

 

VI. El vuelo

 

Tras unos días de reparaciones en el casco de la nave, el vertido fue lento, casi tan ritual como cualquiera de las ceremonias que los humanoides de aquel mundo ejecutaban en comunidad. A media operación, el indicador de temperatura, que llevaba diez minutos bajando con obediencia ejemplar, registró un incremento brusco: una junta secundaria, dañada por el primer sobrecalentamiento, había cedido bajo la presión de este refrigerante más denso y viscoso. El descenso se detuvo. Lajharmela maldijo, otra vez, en los tres idiomas terrícolas de aquellas latitudes.

—Esto no entraba dentro de los cálculos —dijo Vryan mientras cerraba una válvula de derivación con el inmenso lóbulo frontal arrugado por primera vez en toda la misión.

—Ni la más retorcida de las inteligencias podría imaginar algo así. Y aun así…

Y aun así, el número descendió, aunque más lento: trescientos grados, doscientos, cien… El motor arrancó con un rugido grave, no muy potente, como el de un animal despertando o un trueno en la serranía norteña, y por la rejilla escapó un hilillo de humo blanquecino con olor inconfundible: aceite vegetal caliente, que mezclado con el filo metálico del combustible de hidrógeno y el berilio del casco, les parecía similar al de las frituras que preparaban por doquier cada atardecer en la gran ciudad junto al río.

—Huele a algo rico que no hemos probado —dijo Lajharmela, apoyada en la jamba de la escotilla y la mano vendada sobre el pecho.

Vryan iba a matizarle que «probar» contravenía la Directriz. Pero no lo hizo; se sentó a su lado y obvió la propuesta, que a esas alturas de la singladura intergaláctica le pareció casi tentadora.

—No nos engañaron —dijo el comandante al fin—. Casi ninguno.

—No hacía falta que lo hicieran ni que los engañáramos nosotros. Eso es lo que venía en la Directriz.

Despegaron antes del amanecer. Las imponentes elevaciones rocosas y los dos grandes ríos que regaban las huertas de ambos valles fluviales en aquella región se redujeron a una mancha multicolor salpicada de puntos verdes y plateados: los olivares, vueltos hacia el cielo, indiferentes a que alguien los admirase desde las alturas.

En el correspondiente formulario de la Federación, el episodio quedaría resumido en una sola casilla: «Incidente menor con materiales, solventado mediante recursos locales. Sin bajas». Ningún informe recogería las tres conversaciones, menos todavía la del mercado que ninguno de los dos viajeros interestelares había presenciado, ni haría mención a la ilustración sin firma de un mozárabe en un códice, quien se quedaba de pie mirando hacia poniente a la misma hora todas las tardes, ni los cuatro polizones —si se cuenta a un veedor cansado que decidió no mirar dos veces— que viajaban con ellos, indocumentados, sin visado califal, camino de las estrellas.

 

 

Epílogo del cronista

 

De los tres hombres que dieron su aceite en aquellos días sin pedir demasiadas certezas a cambio, la memoria de la Historia no guardó gran cosa: un nombre en un padrón de tributos, una lápida sin fecha legible, una nota marginal en la crónica de un monasterio que ya no existe. De Muhammad al-Darir no quedó mucho más: solo la mención, en el rollo de un registro fiscal, de que había servido veinte años al cadí sin una sola denuncia por fraude ni corrupción, lo cual, para un veedor, es también una forma de santidad que nadie canoniza.

Dos siglos y pico más tarde, en las mismas serranías y vegas, otros recién llegados, los al-Muwaḥḥidūn, los que proclaman la unidad, decidirían que la convivencia de tres fes bajo un mismo cielo había sido, después de todo, un error corregible. Ni Samuel ni Abd al-Rahman ni Froilán ni Muhammad llegaron a saberlo, y este cronista, que sí lo sabe, ha preferido no decírselo al leedor antes de tiempo. Algunas aceitunas del olivo, al fin y al cabo, no llegan nunca a la prensa.

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