135. Oribu no ki

Sonny Liston

 

El olivo asemejaba tener manos de sarmiento. Hacia él se acercó Kukiko, la frente agachada, los ojos humillados por la vergüenza. Con ademanes lentos, la joven eligió un agujero en la corteza del árbol y acercó los labios. El tronco alabeado del olivo recibió los secretos que Kukiko le narraba con un hilo de voz, casi el rumor del viento, apenas un susurrido suave. Luego, Kukiko tapó el agujero con barro húmedo y se alejó arrastrando los pies. Al olivo le hubiese gustado abrazar a la joven, ofrecer palabras alentadoras a esa muchacha de gesto triste y rostro desvaído —«te entiendo», «no estás sola», «nunca te rindas»,—, pero no lo consiguió.

En la isla de Shodoshima, emboscado entre tantos iguales a él, un olivo custodia para siempre los secretos de Kukiko. Si te acercas, es sencillo reconocerlo: igual que un manantial lento, sus frutos lloran lágrimas de aceite.

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