13. Vecería

Lucanor

Hay años en que el olivo no da nada. Los llaman de vecería: el árbol descansa, acumula, no florece. El buen manijero lo sabe y no lo fuerza. Espera. Confía en que el silencio de un año no es el silencio de siempre.

Mi hermano se fue en uno de esos años. Dejó la casa, el nombre, la parte que le correspondía en el reparto. No mandó señal en veinte años, ni carta ni recado ni nada.

Cada noviembre, cuando empezaba la campaña, mi padre vareaba los otros olivos y dejaba el suyo quieto. Nadie le preguntó por qué. Sabíamos todos que aquel árbol era de mi hermano y que la vecería no mata, solo pospone.

Lo que nadie esperaba era la vuelta. Ni cuándo ni cómo ni con qué cara llega un hombre después de veinte años a la puerta de lo que fue su casa.

Llegó en noviembre. Claro que sí.

Mi padre ya no estaba. Pero el olivo de mi hermano había florecido aquel año por primera vez en dos décadas, y las ramas tocaban el suelo de tan cargadas.

Lo vareamos juntos, en silencio, sin decirnos nada de lo que había que decirse.

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