129. Sin remitente

Adela Ortega

 

Cuando murió su abuela, Tomás recibió una noticia de sopetón. Un tío al que nunca había conocido le dejaba en herencia un olivar en Jaén.

De él solo sabía que se había ido en 1981 y que, durante décadas, enviaba puntualmente dinero, medicinas y alimentos. Gracias a eso en su casa nunca pasaron hambre. Nunca una carta. Nunca una visita.

En la casona encontró una botella, etiquetada como el primer aceite de la finca y una nota. “Si lees esto, ya no podré pedirte perdón. Entregué a tu padre para salvarme. El resto ya lo sabes. Nada ha sido suficiente para quitar el tufo de mi culpa.”

Recordó aquellos paquetes que llegaban sin remitente y que tantas veces salvaron la olla vacía. En Cuba, cualquier aceite era un lujo; el de oliva, aunque viniera sin marca, un privilegio.

Abrió la botella y olfateó. No olía a traición.

Perfecto. Le darían buen dinero por aquel olivar.

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