121. Recuerdos

Marcos Pérez Barreiro

 

Mi madre, plantó un olivo en 1998. Era el principio de un jardín que daría color, sabor y vida, a un lugar llamado a ser futuro de hogar. Ese por el que tanto luchó a lo largo de los años. Esos que, vistos ahora desde la perspectiva del olivo crecido, habla de sucesos positivos. Y, otros, no. Tal vez, el motivo de cuando, me paro a observar el árbol, pienso que le gustaría ver lo bien que se conserva. Tanto, o más, que nosotros, sus hijos. Esos que miramos al pasado con la nostalgia de lo bien hecho. También, desde la nostalgia de una muerte súbita. Porque, la muerte de mi madre, no modificó el cuidado del olivo. Todo lo contrario. Mantenerlo sano significaba que no había caído en manos rotas por la dejadez del tiempo. Significaba que, en aquel jardín de 1998, a la vez que iniciaba su ciclo vital un olivar, también significaba que había venido al mundo, un segundo hijo.

Ese que, ahora, tanto aprecia el aceite de oliva virgen en sus comidas, desde la altura de un arbusto que no da fruto, pero sí alegría a un hogar que vive en una ciudad olívica llamada Vigo.

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