120. El bonsai de olivo

María Teresa García Perales

 

A un mes de mi boda, vi aparecer a mi madre con un pequeño bonsái en las manos. Como mi noción sobre plantas era escasa, le pregunté de qué especie se trataba y se limitó a no contestar; sólo me miró atónita.

Tal fue mi vergüenza al no reconocer un olivo en miniatura, que mis mejillas se encendieron al ignorar este símbolo de identidad del cual estamos rodeados, que crece en hileras perfectas y embellece nuestros campos, perdiéndose en el horizonte hasta donde la vista alcanza, responsable a través de los siglos de la subsistencia de los pueblos en las tierras de Jaén.

Fue entonces cuando decidí adoptarlo, hasta tal punto que no me abandonaría nunca. Tuvo un papel protagonista en la celebración de mi matrimonio. Su imagen invitó a la reflexión por su especial simbología, la de la paz y la concordia, desde que Noé vio regresar al arca a la paloma con una rama de olivo. Desde entonces, he querido asemejarme a él: ser capaz de sobrevivir en suelos áridos, perseverar e intentar dar fruto.

Veinte años atrás sigue viviendo con nosotros. Contemplarlo cada día apacigua mi alma y llena de luz los recovecos de mi esperanzado corazón.

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