119. El candil de aceite

Antero Villar Rosa

 

Al llegar la noche, el candil, fuente de luz durante muchos siglos, ilumina con destellos amarillentos la estancia del cortijo donde una familia malvive. El niño, lactante aún, anclado en un castillejo llora a intervalos. Deja de emitir su angustioso llanto cuando la madre mueve el candil y las sombras bailotean en los muros. En ocasiones, su progenitora, la cortijera, aviva la torcida con una de las horquillas con las que se recoge el pelo y al instante se produce un chisporroteo suministrando al recinto una mayor claridad. Desde que el candil alumbró aquella noche a su padre muerto, las sombras alargadas que se proyectan en las paredes amedrentan a la mujer. Cuando la cortijera dio a luz al niño llorón, lo hizo ayudada por el mismo resplandor que emite esta vieja lámpara de aceite.  Siete décadas después, aquel niño que jugaba con las sombras del candil ha visitado el cortijo rodeado de olivos, hoy, en estado ruinoso. En uno de sus muros observa un clavo y una mancha. Era donde se acostumbraba a colgar el candil alimentado con aceite que controlaba el cicatero amo del cortijo jiennense.

 

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