116. El suspiro de dos mil floraciones
A mis dos mil años de edad, he visto que la vida de los hombres pasa en un suspiro; los veo nacer y desaparecer mientras mis ramas apenas dan un par de cosechas.
Son criaturas tan breves…
Me gusta mucho mirarlos desde aquí arriba. Tienen una forma de ser tan inquieta que me resulta simpática. Caminan sobre dos raíces móviles. Siempre corriendo de un lado a otro. Como si el horizonte se fuera a acabar si se detienen un segundo.
A veces, sin embargo, esa misma prisa los hace tropezar y herirse entre ellos. Me causa una profunda tristeza verlos desgastar sus pocas temporadas sufriendo, cuando la tierra ofrece tanta calma a quien sabe quedarse quieto. Como mi propia madera está plantada muy hondo en este suelo de Jaén, me resulta imposible acudir a detener sus disputas; solo me queda aguardar en mi sitio. Por eso me alegra tanto abrir las ramas y ofrecer un buen cobijo cada que los veo acercarse a mí, buscando dónde apoyar la espalda.
Nuestra amistad empezó cuando yo era todavía una planta de ramas flexibles. En aquella época, la tierra no estaba dividida y el bosque crecía sin que nadie midiera su espacio.
Una noche gélida, vi moverse entre la maleza una silueta extraña.
Al principio me pareció una roca grande, gris y pesada que avanzaba con torpeza hacia mí. Yo siempre había visto que las piedras se quedaban quietas en el suelo, pero aquella se movía, arrastrando sus dos raíces móviles con dificultad. La roca llegó hasta mi base y se desplomó contra el tronco. Con un esfuerzo enorme, aquella coraza dura se abrió y se desprendió en pedazos sobre el suelo.
Debajo de las piezas grises apareció un humano.
Los hombres que me habían plantado eran altos, de madera firme y brazos fuertes. Este, en cambio, era un humano que todavía estaba verde, como un fruto antes de tiempo; incluso aquella estructura que lo cubría parecía quedarle demasiado grande. Tenía las extremidades delgadas y la piel sucia de tierra. Apurado, sacó un frasco pequeño y un olor familiar me llegó de golpe. Era el aroma de mis propias aceitunas, aquellas que habían desaparecido de mis ramas mientras yo dormía en mi descanso invernal. El muchacho comenzó a untar ese jugo espeso y verde sobre las raspaduras y heridas secas de su cuerpo. Al contacto con el líquido, sus hombros se aflojaron y su cuerpo pareció relajarse por un breve instante.
De pronto, el suelo empezó a vibrar. A lo lejos se escuchó el avance de muchas otras raíces móviles que marchaban juntas en la oscuridad. Al oír el ruido, el muchacho interrumpió su cura y se sobresaltó. Se aferró a mi tronco con fuerza, encogiéndose todo lo posible contra la corteza, como si intentara hacerse más pequeño y desaparecer dentro de mí.
Al sentirlo temblar de esa manera, pensé que la helada lo estaba congelando. Quise ayudarlo. Comencé a sacudir mis hojas más altas con el viento, haciendo todo el ruido posible para llamar la atención de los otros humanos que parecían estar buscándolo en la penumbra. Pensé que lo mejor era que vinieran a recogerlo.
Sin embargo, cuando las voces de los que buscaban se hicieron más cercanas, el cuerpo del chico se tensó por completo. Se pegó aún más a mi madera, hundiendo los dedos en mis ranuras mientras mi corteza comenzaba a humedecerse con unas gotas de agua muy cálida. Apretando la boca contra mi corteza, comenzó a emitir un murmullo rápido y repetido; un sonido bajo e incomprensible que hacía vibrar mi madera con una urgencia terrible. Aún hoy guardó la pena de recordar el peso de aquellas plegarias que nadie más debía escuchar. Mientras mi tronco continuaba humedeciéndose con esas gotas de agua tan cálidas, comprendí que aquella pequeña criatura, obligada a vestirse con la pesada costra de piedra, se estaba rompiendo por dentro.
Mis ramas superiores dejaron de moverse de golpe. El silencio regresó a mi copa.
Recordé lo gélida que era la noche; mis propios brotes se sentían rígidos por la escarcha y aquel pequeño parecía un pajarito desprotegido, temblando en mitad de una tormenta que yo no alcanzaba a comprender. No hubo necesidad de preguntas. Dejé que mis ramas más tupidas bajaran por completo, cerrando mis hojas a su alrededor hasta convertirme en un arbusto denso. Si el muchacho tenía frío, yo le daría siquiera un poco de calor; si no quería ser visto, nadie tendría por qué encontrarlo esta noche. Las luces y las voces extrañas pasaron de largo por el sendero, perdiéndose en la oscuridad, mientras el pequeño terminaba por quedarse dormido, completamente envuelto en mi regazo.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol entibiaron el campo, el chico abrió los ojos. Se incorporó despacio, me miró durante un instante y acarició mi tronco antes de ponerse en marcha. Lo vi alejarse entre la maleza hasta que su silueta se perdió en el horizonte. Jamás volví a saber de él, pero cada invierno, cuando la helada vuelve a cubrir el suelo, espero que no haya vuelto a pasar tanto frío.
Pasaron unas quinientas floraciones desde aquella noche y el mundo alrededor se llenó de un silencio muy largo. Al principio, mi madera sintió un gran alivio. Fue hermoso dejar de percibir aquellas costras de roca gris que tanto pesaban y esos pasos rotundos que hacían temblar el suelo; después de todo, su ruido siempre traía tormentas. Sin embargo, pronto descubrí la otra cara de esa calma. Con la partida de aquellos hombres, llegó el olvido. La maleza avanzó sin que nadie la detuviera, trepando por mi corteza y asfixiando mis raíces más profundas.
Al mirar a mi alrededor, vi que el abandono nos estaba destruyendo a todos. Algunas de las olivas que compartían el suelo conmigo comenzaron a secarse, convirtiéndose en estructuras grises y sin vida que el viento quebraba por la mitad. Otras se llenaron de espinas silvestres. A mí también me afectó el descuido. Mis brotes se volvieron rígidos, nudosos y secos. Mis frutos, que en aquella noche helada habían sido tan espesos, empezaron a nacer pequeños, arrugados y con un sabor tan amargo que ni los pájaros se atrevían a picar. Mis hojas perdieron su brillo plateado. Sentí que mi savia se apagaba en silencio, como si mi tiempo de dar cobijo se hubiera terminado para siempre.
Fue entonces, cuando la maleza ya casi me cubría por completo, que apareció un humano.
No se parecía a los hombres de costras grises. Este no caminaba haciendo retumbar el suelo; sus dos raíces móviles venían envueltas en unas fibras blandas de esparto que apenas desperdatan a la tierra. Tampoco vestía aquella envoltura roja ni tenía la corteza del rostro lisa; llevaba una cobertura larga y blanca, y la parte baja de su cabeza estaba cubierta por una capa espesa y oscura, tan tupida como el musgo que crece en mi sombra. Traía consigo una pieza de piedra brillante y afilada, muy similar a la que yo había visto usar antes a los otros para limpiar mis brotes bajos y guiar el camino de mi savia. Se plantó frente a mí en absoluto silencio, pasó sus dedos agrietados por mi tronco y emitió un murmullo pausado que traía consigo un aroma constante a agua en movimiento y a tierra arada.
De pronto, un crujido agudo me recorrió las fibras cuando hundió aquel filo conocido e hizo un corte limpio en una de mis ramas principales. Mis hojas se encogieron por el impacto y retiré la savia de golpe hacia el centro de mi tronco, tratando de alejarme del tajo. Me inundó una profunda confusión. ¿Por qué usar esa herramienta, que antes guiaba mi crecimiento, para agredirme precisamente ahora que me encontraba tan desprovisto de fuerzas?
Mientras mi savia brotaba despacio por el corte, el desconcierto entumeció mi madera por lo que hizo después. Vi cómo sus dedos introducían en la grieta un brote extraño; una rama ajena que no me pertenecía, de hojas muy tiernas y suaves. No lograba descifrar por qué, tras haberme dañado, comenzó a untar un puñado de barro fresco sobre la corteza rota, aliviando de forma contradictoria el ardor del tajo. Me quedé inmóvil, atrapado en una gran extrañeza mientras sentía cómo amarraba el brote y mi tronco con cuerdas vegetales, apretándonos bajo una misma costura húmeda. No entendía si aquellas manos querían terminar de romperme o intentaban sanarme. Me mantuve rígido, desconfiando de la savia ajena.
Los días siguientes fueron difíciles. Sentía el peso de aquella mezcla secándose sobre mi madera y la presión constante de la atadura. Sin embargo, aquel humano regresaba cada tarde. Venía con las manos húmedas, refrescando el suelo a mis pies y revisando la cuerda con una constancia que poco a poco fue aplacando mi agitación. Se ponía a descansar sobre mis raíces, compartiendo conmigo su silencio.
Con la llegada de la primavera, el recelo dio paso a un asombro que me hizo florecer. Mi flujo interno corrió hacia arriba con una fuerza que ya creía perdida. Aquel brote extranjero, dotado de una suavidad y una dulzura que mi vieja corteza había olvidado, se fundió por completo con mi madera. Mis ramas volvieron a llenarse de aceitunas hermosas, verdes y tan pesadas que casi rozaban el suelo. Al ver el peso de esa nueva cosecha sosteniéndose en mi tronco, sentí cómo el temor terminaba de desaparecer; me habían devuelto a la vida.
Desde entonces, aquel hombre se encargó de refrescar mi tierra cada tarde sin falta, volviéndose parte de mi rutina en el campo. Lo vi cambiar a lo largo de las estaciones. Aquella capa espesa de musgo que tenía en la cara fue perdiendo su color oscuro hasta volverse completamente gris, del mismo tono que la nieve del invierno. Por eso, cuando un año simplemente dejó de venir y las raíces móviles que aparecieron a cuidar de mí fueron otras, no me preocupé. Supuse que solo se había retirado a salvar a otro campo. En honor al trabajo de sus manos agrietadas, me esmeré en que mis siguientes cosechas dieran los mejores frutos, esperando sinceramente que el jugo de mi producción de alguna forma le llegara.
En aquella época, yo creía que los humanos eran eternos y duraderos como nosotros; pensé que el cambio en su rostro era solo su propia forma de mudar las hojas y que pronto recuperaría su verdor. Tardé algunos siglos más en comprender por qué nunca regresó.
Recuerdo como luego pasaron unas mil floraciones más, bajo el cuidado constante de aquellos humanos de envolturas blancas y rostros de musgo espeso, pero incluso las mejores estaciones cambian. El equilibrio en las hileras se rompió cuando el musgo en sus caras comenzó a escasear, reemplazado poco a poco por hombres de musgo más recortado. Traían consigo andares toscos y una prisa ruidosa; venían al huerto sobresaltados, golpeando mis ramas con desespero para arrebatarme las aceitunas y exprimir su jugo a toda velocidad. Con ellos regresó una frialdad violenta ajena a la llegada del invierno. Aunque mis raíces estaban clavadas muy hondo, mi madera registró el temblor de sacudidas subterráneas y el momento en el que el cielo fue invadido por un humo grisáceo y amargo que marchitaba mis hojas superiores. Solo quedaba aguantar; después de todo, una semilla nunca había sido sembrada para detener las batallas, sino para resistirlas.
Fue durante esa penumbra cuando experimenté el recuerdo más helado de mi existencia. La tierra estaba sumida en una calma tensa cuando, de golpe, el suelo sufrió una sacudida brutal que hizo crujir mis raíces profundas. El aire se volvió denso, cubierto de un polvo grisáceo que bajaba desde el cielo en mitad de la oscuridad. Pasó un rato largo en el que la agitación pareció asentarse entre las hileras de olivos, hasta que vi llegar a un humano que corría tropezando entre la penumbra, sobresaltándose al mirar hacia atrás. Caminaba de forma errática, hasta que a lo lejos pareció divisar algo en el suelo, justo en mi dirección. Al fijar sus ojos en este punto, avanzó apresurado hacia mí.
Solo al tenerlo cerca advertí que llevaba una carga entre sus telas: era otro humano, tan diminuto que ni siquiera podía sostenerse sobre sus dos raíces móviles. Aquel brote pequeñísimo emitía unos ruidos agudos que resonaban con dolor dentro de mi madera.
Vi al humano mecer al pequeño contra su cuerpo, buscando refugiarse en mi madera mientras el viento helado soplaba con fuerza, me causó una opresión. Sus coberturas eran delgadas, insuficientes para ir en contra de semejante helada; sin embargo, se desprendía de sus propias telas para cubrir al más pequeño, desprotegiéndose aún más. Yo, que había brotado del suelo gracias al mismo amparo de la Tierra generosa que me sostenía a mí y a cada semilla bajo sus nutrientes, contemplé a esa costra humana desafiando al invierno por salvar a su cría.
Una madre.
Ante su presencia, el huerto entero pareció quedar suspendido en un silencio reverente.
Fue entonces cuando vi lo que aquella madre había divisado desde el camino. Agachándose sobre la escarcha, recogió un par de mis aceitunas que milagrosamente habían sobrevivido al desespero de la última cosecha. Con una piedra del suelo, las machacó sobre mi raíz, extrayendo un hilo de jugo verde. Apurada, sacó de entre sus telas una materia seca y pálida que traía consigo, la cual absorbió el líquido de inmediato. Se la ofreció al pequeño, que la recibió abriendo la boca como un pajarillo hambriento. Al terminar de alimentarse, el brote diminuto se quedó dormido contra ella. El cuerpo que lo abrigaba seguía tiritando bajo el viento del norte, pero no le quitó ni una sola tela a su cría.
Quise entregarle más, pero mis ramas estaban completamente desnudas, vacías tras la cosecha violenta de los hombres. Sentí una punzada de vergüenza en mis nudos; era un gigante tan robusto y no tenía un solo fruto que ofrecer. Me habría gustado inclinarme por completo sobre la nieve y entregarle cada una de mis hojas como abrigo para calmar su frío, pero mi propia estructura no me permitía doblarme tanto. Aún así, con un esmero que tensó mis fibras más viejas, obligué a mis brotes bajos a descender todo lo posible, descolgándolos hasta el suelo para cercarlos con una manta tupida que frenara la escarcha. Le ruego que perdone a este viejo árbol por solo poder extenderle estas ramas desnudas, intenté decirle en mitad de la helada, aunque fue en vano; aquellos oídos humanos no podían entenderme, así como yo no podía entenderlos.
La estación me exigía entrar en el letargo invernal para protegerme del hielo, la savia se me volvía lenta, pesada, y la madera me suplicaba que me apagara, pero esa noche me negué a cerrar los ojos. Me mantuve despierto todo el tiempo que se quedaron sobre mis raíces, sosteniendo el follaje en su sitio sin permitir que una sola rama subiera. El peso me hacía crujir por dentro con cada hora que pasaba, pero mantenerlos a salvo de la escarcha era la única ofrenda que me quedaba por entregar. Mientras veía a la madre cerrar los ojos, vencida por el cansancio, le envié todo el calor que aún guardaba mi savia y le soplé un deseo silencioso en el viento para que resistiera: no se rinda, por favor, está haciendo un trabajo admirable. Permanecí quieto, congelándome por fuera en un combate sordo contra el sueño, contando los latidos del viento en la oscuridad mientras esperaba la llegada del sol; necesitaba ver los primeros rayos tocar el huerto, sabiendo que la luz del día les regalaría por fin el calor verdadero que mi madera vacía no era capaz de darles. Solo cuando el frío empezó a ceder bajo el brillo del alba, me permití descansar en el silencio de la mañana.
Cuando mi flujo interno volvió a despertar, el invierno había terminado por completo. La escarcha ya no estaba en el suelo y mis raíces se encontraban solas; el rincón bajo mi copa estaba vacío porque ambos se habían marchado hacía tiempo. Mientras yo dormía ese sueño profundo que me protegió del hielo, ellos continuaron su camino sin que pudiera verlos partir ni despedirme. No pude evitar pensar que mi resistencia ya no era la misma de mi juventud; cuando rodeé al muchacho de la roca gris, fui capaz de presenciar su marcha, pero los siglos no perdonan y la vieja madera necesitaba el descanso para no quebrarse.
A partir de aquella mañana, continué pasando temporadas en un desfile interminable de floraciones hasta llegar a mis dos mil años. Al mirar hoy el campo, me asombra ver el suelo donde habito. Aquel bosque salvaje de cuando era un brote ahora es un inmenso y ordenado mar de olivos que se pierde en el horizonte, donde los humanos conducen grandes estructuras ruidosas que remueven la tierra con rapidez.
Repasando mis recuerdos, veo que la humanidad es una especie extraña, pero posee una belleza que se asemeja al jugo verde de mis frutos. Lo vi en el muchacho que huía del peligro, aliviado de sus temblores; lo vi en el hombre del musgo oscuro, curando mis ramas con paciencia; y lo vi en aquella madre, desabrigándose en mitad de la nieve para salvar a su cría. Tienen una luz pura dentro de ellos, capaz de remendar las cosas más difíciles del mundo cuando se lo proponen.
Observo ahora a los miles de olivos jóvenes que me rodean por todas las hileras, fuertes y cargados de hojas brillantes. Y ya sé que todo estará bien, que habrá más árboles que cuiden a esa raza tan hermosa como apresurada. Siento mis raíces en la profundidad de la tierra y mis últimas hojas plateadas vibraron con el viento de la tarde, despidiéndose del sol. Fue una larga vida, una larga y maravillosa vida. Muchos han descansado sobre mí y ahora es tiempo de que este viejo tronco disfrute, por fin, de su merecido y eterno descanso.