114. La cuadrilla
Dicen que un crimen solo se explica si confluyen tres elementos imprescindibles: el motivo, los medios y la oportunidad. Averiguar los dos últimos es sencillo: una vez recogidas las evidencias, basta con aplicar la lógica. Pero ¿qué pasa con el motivo? ¿Quién es capaz de entrar en la mente del asesino, especular sobre por qué hace lo que hace, y acertar? Permíteme que ilustre esta reflexión con un caso reciente.
Esa mañana el agente Capilla quiso hacer de poli malo. Cuando entramos en la sala de interrogatorios para tomarle declaración a Maribel Romagosa, la primera de nuestros sospechosos, se había propuesto corregir sus formas amables y estaba en plena fase de adopción de modales más groseros. Pero la llama azul de aquellos ojos encendidos por el llanto habría podido derretir los témpanos de las más frías decisiones. La chica había encontrado a su marido muerto con un hacha clavada en la cabeza. Estaba sentada al otro lado de la mesa acompañada de su abogada, esperándonos.
Los interrogatorios
Sala 1. Maribel. (Vestida de jornalera y con botas de montaña).
—Buenos días. ¿Es usted la señora Romagosa, la persona que ha encontrado el cadáver?
—Sí, comisario —sollozó.
—Agente. Soy el agente Arturo Capilla, el instructor, y este es el sargento Santiago Alvarado, mi jefe —informó, dirigiéndome la mirada. —Por favor, Maribel, ¿cree que está usted en condiciones de ponernos al corriente de lo ocurrido, o prefiere que pospongamos la declaración?
—Intento contestar ahora, agente, lo intento.
—Gracias, Maribel. En el momento que quiera no tiene más que pedírmelo y hacemos una pausa. Explíqueme, por favor, qué les ha traído tan lejos de su domicilio.
—Verá, agente: Gustavo, el compañero de mi esposo, heredó el pasado verano un cortijo y un olivar aquí, en Casantón de Guadalén, y nos invitó a venir en Navidad a recoger aceituna “como se hacía antes”, tal y como lo hacía su padre de joven. Actualmente, en la zona, la recolección se realiza en los meses de octubre y noviembre, pero si aceptábamos, pediría que dejaran algunos olivos sin descargar y lo haríamos nosotros la penúltima semana del año. Según sus cálculos podíamos despachar la faena trabajando los cuatro de sol a sol en tres días, entre el lunes 21 y hoy, miércoles 23.
—Por favor, de cara a la grabación, ¿nos podría decir a quien se refiere cuando habla de “los cuatro”?
—Sí, agente. Me refiero a las dos parejas: Gustavo y Nerea, Lucas y yo. Nos pareció una idea estupenda. A veces recordamos los sitios que visitamos solo por las fotos que hacemos durante el viaje. Lo que cuesta olvidar son las experiencias que vivimos con nuestros acompañantes. Gustavo nos ofrecía la posibilidad de disfrutar de unas vivencias únicas que recordaríamos siempre. Ahora seguro que es así… —Volvieron los llantos.
Sala 2. Gustavo Ruf. (En pijama y con botas).
—Lucas era mi compañero de departamento. Después de lo que ha pasado, quizá no sea el mejor momento para decirlo, pero deben ustedes saber que era un auténtico imbécil. Alardeaba de haber trabajado duro para llegar donde estaba, como si a los demás nos hubieran regalado el puesto. ¡Fanfarrón! Si le hicieron jefe, lo sabía toda la oficina, fue por ser el yerno del director regional. ¡Menudo braguetazo! Se casó con Maribel por interés. En realidad, nunca la ha querido. Es más, solía presumir de que le ponía los cuernos con una mujer casada. ¡Cómo me habría gustado que el rumor hubiera llegado a oídos de su suegro! En fin. El caso es que, en una de sus bravuconadas, no pude reprimir responderle. “Trabajo duro, el de antes”, aseguré. “No aguantarías ni tres días cogiendo aceituna como se hacía cuarenta años atrás”. Él no sabía lo de mi herencia y no se le ocurrió otra cosa que marcarse un farol. “Ponme a prueba. Cuando quieras, echamos unos jornales”. Lo lanzó en medio del despacho y lo oyeron nuestros subordinados, así que le tomé la palabra. “Ahora las cosas han cambiado mucho porque está muy mecanizado, pero cuando mi padre aún era un niño, las condiciones eran mucho más duras”, le solté. “Mira, tengo unos olivos en Jaén y estas Navidades podríamos ir…”. Ya no podía echarse atrás.
Sala 3. Nerea Morales. (En camisón y zapatillas de andar por casa).
—Sí, agente. En mala hora quiso Gustavo aprovechar la primera cosecha del olivar que heredó, para mostrarnos cómo se recogía la aceituna antiguamente. ¿Para qué? Son penurias del pasado ya superadas. ¿Qué sentido tiene revivirlas? ¿Solo el de dejar en evidencia a su colega? Se me ocurren mil maneras mejores de pasar unas vacaciones. No sé porque le seguí el rollo. Quizá porque nunca creí que Maribel y Lucas se apuntaran. “Ahora”, les dijo, “las cosas han cambiado mucho, pero cuando mi padre aún era un niño…”. Batallitas. Batallitas de su padre, ni siquiera suyas. No obstante, a Lucas le hizo gracia. Lo llamó “experiencia oleoturística”. Era un pollito de granja, un auténtico urbanita. Aceptó el reto sin pensárselo, no hizo falta insistirle.
»Llegamos el domingo por la noche, y el mismo lunes antes de que saliera el sol ya teníamos a Gustavo dando por saco, montando un escándalo insoportable con una cacerola. ¿Qué quería? ¿Hacernos empezar el día de mala leche? “Venga, dormilones, al tajo”, nos gritaba. “Os he dejado dormir un poco más porque está prohibido quemar pestugas en el campo para calentarnos, pero antiguamente es lo que deberíamos estar haciendo a estas horas”. “¿Hace falta, cari?”, protesté, “Estamos de vacaciones”. “Nada, nada. Serán solo tres días de faena. Ya descansaremos después. Aquí todos sabemos a qué hemos venido, ¿no?”, respondió.
»Cuando salimos del caserón todavía no había amanecido. Despuntó ese lunes durante nuestra caminata a la finca. Hacía un frío que pelaba, pero Maribel y Lucas parecían estar de visita en Disneylandia, sorprendiéndose de cómo los primeros rayos de sol se adentraban entre las brumas luchando por deshacer la escarcha, del olor a hierba mojada, del sonido del barro helado resquebrajándose bajo nuestros pies a cada pisada. ¡Masoquistas! Yo me frotaba las manos echándoles vaho para intentar calentarlas, y me tapaba los mofletes con la bufanda para que no se me congelaran, y no paraba de pensar en el calorcito de la cama que había dejado atrás y en lo a gusto que había dormido sobre el mullido colchón, cubriéndome con la manta hasta la nariz.
—Dice usted que Gustavo quería ponerles de mala leche desde bien temprano. ¿Hubo alguna pelea, algún enfrentamiento, alguna discusión entre ustedes esa primera jornada?
—No, la verdad es que no. Gustavo y Lucas están picados. Tienen una rivalidad constante tanto en el trabajo como fuera de él. Que si nosotros hemos cogido más kilos, que si vosotros vais más lentos, que si estáis haciendo trampa porque llenáis los sacos de hojarasca… Siempre igual. Bromas y provocaciones. Nada fuera de lo habitual.
»Gustavo se pasó todo el día comparando la forma de recolectar antigua con la actual. Nos dio una clase magistral sobre el Aceite Virgen Extra. Nos explicó que la aceituna que cae al suelo ya no se recoge a mano y tampoco se utilizan mantones porque hay que protegerla de bacterias y hongos, que se criba en la cooperativa, no en la parcela, que se lleva a diario al molino, blablablá-blablablá… Todo muy interesante, sin duda. Lucas y Maribel escuchaban embelesados, pero a mí, qué quieren que les diga, al final de la jornada me dolían todos los huesos y solo quería morirme. No estaba para cursillos. A la vuelta, después de guardar los sacos de aceituna en el antiguo establo donde tenemos la leña, de ducharnos y arreglarnos, recorrimos los bares del pueblo de tapa en tapa, y ellos dejaron los temas agrícolas y se pasaron a los laborales. Básicamente, se dedicaron a despellejar a los de la oficina, gente de la que conozco sus vidas mejor que la mía, aunque nunca los he visto. Un día agotador, pero agradable. Eso sí, esa noche caímos rendidos en la cama.
Sala 1. Maribel.
—Así fue, agente. Me quedé frita en cuanto me acosté, aunque a las tres y veinte me despertó la vibración del móvil de Lucas. Lo tenía guardado en el bolsillo de su pijama. «¿Por qué se habrá puesto una alarma, el tonto, a estas horas?», me preguntaba entre sueños. Estaba demasiado cansada y ni abrí la boca cuando, al cabo de un minuto, se levantó y salió de la habitación. «Tendrá que ir al lavabo. Ya me lo explicará mañana», pensé. Y volví a caer en los brazos de Morfeo, y allí me quedé, hasta que a las seis y media me arrancó de ellos Gustavo con la dichosa cacerolita.
—¿Le comentó su marido para qué se levantó de madrugada?
—Sí, me lo explicó de camino al olivar. La explicación fue un poco extraña. Cuando le comenté que me había despertado a media noche y él no estaba, me contó que había salido a mirar el cielo. Tienen ustedes un cielo precioso. Limpio, sin contaminación lumínica, parece que estás en un planetario.
—¿Y por qué le resultó extraña la explicación?
—Porque no me dijo nada de que se hubiera puesto la alarma en vibración. Tal y como lo contó, parecía que se hubiera despertado por casualidad, espontáneamente, y yo sabía que no había sido así. Pero bueno, tampoco le di más importancia.
Sala 2. Gustavo.
—La jornada de ayer transcurrió como la del lunes. Con nuestras burlas, con nuestras puyas. Lucas con la chulería de siempre, metiéndose conmigo… Ya saben. Ahora que lo dicen, lo que sí noté fue que Nerea le trataba de manera aún más distante que habitualmente. Ella tampoco soporta a Lucas, pero acostumbra a disimularlo bien. Ayer no fue así. Se la notaba cabreada. No sé qué le pudo hacer o decir, pero no me extrañó: parecía mucho más cansado que el primer día, como si no hubiera dormido bien. Y Lucas, sin dormir, resultaba todavía más impertinente…
Sala 3. Nerea.
—La tarde de la segunda jornada estábamos tan cansados que, por unanimidad, renunciamos a salir de bares. “Mejor cenamos en el cortijo, ¿no?”, propuso Gustavo. Hombre de buenas ideas, pero de poca acción: imagínese a quien le toco cocinar, poner la mesa y servirles. A la menda. Los demás, apoltronados en el sofá, durmiéndose delante de la tele.
Sala 1. Maribel.
—Si el lunes había caído destrozada en la cama, ayer aún me encontraba peor. Creo que empecé a roncar incluso antes de cerrar los ojos. No obstante, como la noche anterior, mi cansancio no me impidió notar la vibración de las tres y veinte, la alarma silenciosa en el móvil de Lucas. Y otra vez volvió a abandonar nuestro cuarto. Aunque por un momento pensé acompañarle a contemplar el cielo, reconozco que fingí estar dormida. ¡Se estaba tan a gusto bajo las sábanas! Ahora me arrepiento. ¿Por qué no fui? Si lo hubiera hecho, quizá seguiría vivo.
—No se torture, Maribel. Tal vez, si lo hubiera hecho, en vez de tener un cadáver, ahora tendríamos dos.
—¿Quién sabe, agente? No consigo quitarme de la cabeza la idea de que esa era la última vez que lo iba a ver con vida. Me habría gustado al menos darle un beso, ¡pero estaba tan cansada!
»A las cuatro y treinta y cinco me desperté. Lo sé porque miré la hora en el móvil. «¡Qué raro!» Tanto tiempo contemplando el cielo, por muy bonito que lo tengan ustedes, me pareció excesivo y empecé a preocuparme. Se me pasó el sueño de golpe y decidí salir a buscarle. Desde el pasillo, oí como Nerea lloraba en su habitación, pero cuando iba a picar a la puerta para ver qué le pasaba, alguien abrió la de la calle. Era Gustavo. ¿Es que en esa casa nadie duerme? Volví a mi cuarto. Oí cómo entraba mi anfitrión en el suyo y me acerqué a escuchar detrás de la puerta. Sé que no se debe hacer, lo reconozco, aunque le confieso también que no pude distinguir qué susurraban.
»Lo que pasó después ya lo saben, agente. Me puse la ropa de faena y salí a buscar a Lucas. En un primer momento, cuando le vi en el granero con el hacha clavada en la cabeza, pensé que era de pega y que me estaban gastando una broma. “Vale, muy gracioso. Venga arriba”, le dije. Se me cayó el alma a los pies cuando pisé el charco de sangre, y comprobé que el hacha era de verdad, y que le había abierto el cráneo por la mitad, y pegué un grito, y se me revolvieron las tripas, y apenas me dio tiempo de apartar la cabeza para evitar vomitar encima del cadáver. Gustavo y Nerea acudieron enseguida. Fue entonces cuando les llamamos.
Tras unos golpes en la puerta, la cabo Cravioto entró en la sala 1.
—Sargento, agente, ¿pueden salir un momento? Novedades.
Las evidencias
La cabo nos puso al corriente de los avances de la científica. Lejos de aclarar nada, las evidencias encontradas lo complicaban todo y ponían de manifiesto que ninguno de los sospechosos nos estaba contando toda la verdad. ¿Cómo puede ser que, en pleno siglo XXI, se cometan ciertos errores de primero de Delincuencia? ¿Precipitación, falta de planificación, desidia? ¿Los criminales no ven las series policíacas? ¿No saben cómo les acabamos pillando?
El revelado con polvos reactivos oscuros sobre el mango del hacha mostraba a simple vista huellas indubitadas (deltas, crestas, islotes) compatibles con los dedos de Gustavo, extremo que un análisis más profundo acabaría por confirmar. Las manchas de alpechín en la suela de las zapatillas de Nerea y en la parte posterior de su camisón, coincidentes con las de los sacos de aceituna tumbados en el lugar del crimen, evidenciaban una visita nocturna al granero de la que no nos había hablado. Las botas de Maribel no tenían un rastro de sangre que se ajustara a su relato, pero sus zapatillas sí. El móvil de Lucas, tirado entre los capazos de esparto, recogía cientos de llamadas y mensajes subidos de tono con Nerea, la mujer casada con la que le ponía los cuernos a Maribel, y un mensaje muy comprometedor a Gustavo de las 3:30 de esa misma madrugada. Y por si todo esto fuera poco, nuestros perros encontraron a unos 200 metros del cortijo, tirado en una acequia, un camisón manchado de sangre. Como sin duda habrás sospechado, la sangre era de la víctima y el camisón de su asesina.
Las confesiones
Sala 3. Nerea.
—Es cierto, agente. Lucas empezó a tirarme los tejos el mismo día que Gustavo nos presentó, y yo no tarde en corresponderle. Era odioso, de acuerdo, pero sabía muy bien cómo cortejar a una mujer. La madrugada del lunes quedé con él en el granero para cortar. Me había dado cuenta de que me estaba utilizando. Solo estaba conmigo por su odio hacia Gustavo, para humillarle. Me amenazó con contárselo todo si no accedía a mantener relaciones una última vez la noche siguiente a la misma hora y en el mismo sitio. Lo pensé durante todo el día de ayer. Al final acepté. Pero les juro que yo no le maté. Cuando me fui, se quedó en el granero sonriente, orgulloso de su victoria fumándose un cigarrillo. Me sentí sucia, avergonzada, despreciable, y me fui a la casa, a lavarme y a llorar en mi cama en silencio. Cuando llegué al dormitorio me extrañó que Gustavo no estuviera. No sé a dónde había ido, pero pensé «Mejor. Mejor que no me vea así».
Sala 2. Gustavo.
—A las 3:30 me desperté en una cama vacía. Me había sonado el móvil. Un solo timbrazo. Era Lucas. Justo antes de la llamada me había enviado un mensaje: “Ve donde los sacos, si quieres saber qué hace tu mujer”. Me puse las botas intrigado y fui. «¿Qué juego es este?», me preguntaba. Por las rendijas de la ventana del granero se colaba la luz del quinqué. Entré sigilosamente. No quería que me descubriera espiándola. Y entonces les vi, desnudos revolcándose sobre nuestra cosecha. La mujer a quien más quería retozando con el hombre a quien más odiaba. La sangre me ardía. Estaba furioso, lleno de rabia. Agarré el hacha con intención de matarlos a los dos, pero no lo hice, agente. Me faltó valor. Debería haberlo hecho. Dejé caer el hacha en el suelo, y me largué. He de confesar que en ese momento me pasó por la mente la idea de quitarme la vida. Pero me limité a maldecirles y a maldecirme, y a caminar sin rumbo por esa carretera de Úbeda que en otro tiempo recorrimos juntos, bajo el cielo estrellado, cogidos de la mano.
Sala 1. Maribel.
—Sí, agente, les he mentido. Anoche la curiosidad por descubrir el motivo de la alarma pudo más que mi cansancio y seguí a Lucas hasta el granero, un sitio inadecuado para ver las estrellas. No se dio cuenta de que me colé por la parte de atrás. Desde mi escondite vi llegar a Nerea a los pocos minutos. Dejó caer el camisón sobre los sacos y se tumbó encima, desnuda. “Aquí tienes lo que querías”. Le dijo. “Acabemos de una vez”. Me quedé allí mirándolos, sin hacer nada. Vi cómo Gustavo entraba abriendo ligeramente la puerta principal, y cómo cogía el hacha con rabia, y cómo la dejaba caer, impotente ante el peso de su conciencia, y cómo se iba. Al poco, Nerea se fue también. Entonces agarré el hacha protegiendo mis huellas con la tela del camisón, y me acerqué por la espalda sin hacer ruido. Allí estaba él, cerdo, sinvergüenza, falso y traidor, sentado sobre los sacos de aceituna con esa sonrisa odiosa y esa actitud triunfante, fumándose su cigarrillo. Otra vez fumando. Y le asesté el golpe mortal. No podía tolerarlo: me había mentido mil veces jurándome que ya lo había dejado.