111. El abrazo

LTAM

 

El frío de la madrugada calaba en los huesos. El padre se detuvo ante el olivo y, con un golpe limpio de la podadera, rebanó los brotes tiernos que trepaban por el tronco.

—Míralos bien —dijo el viejo, señalando las varetas en el suelo—. Crecen rápido y se adhieren con fuerza. Parece que protegen al árbol, pero solo le roban la savia. Si no los cortas a tiempo, te consumen por dentro.

El padre limpió la hoja metálica y le tendió la herramienta.

El hijo sopesó el acero frío. Se arrodilló ante el siguiente linio y contempló los nudos que asfixiaban la raíz. Su mano tembló sobre las hojas. Se abrazan con tanta fuerza que parece que lo salvan de la intemperie, pensó, deteniendo el acero. Pero al palpar las ramas secas de arriba, vio la verdad. El árbol estaba muriendo de frío por culpa de quienes prometían abrigarlo desde abajo. 

Apretó las tijeras y liberó la raíz.

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