110. El periplo de la aceituna

Julia Conejero Rivas

 

El alba abraza la almazara momentos antes de que la calma de la mañana se quiebre con la llegada de los campesinos con sus cargas de aceitunas.  La tranquilidad del lugar se transforma en un alegre ajetreo que da inicio al periplo del apreciado fruto. Las carnosas aceitunas, tras ser arrancadas del olivo por expertas manos, viajan amontonadas en cajas. En la almazara las liberan de hojas y tierra, para ya limpias dar paso a la molienda. Y tras el batido de la pasta y su decantación, se filtra tímidamente el alma de las aceitunas, ese oro líquido que cautiva con su sabor. Y así, como si se tratase de una fea oruga que trasmuta en delicada mariposa, la amarga y recia aceituna se transforma en ambarino y noble aceite, que bañará el pan tostado a la lumbre para hacer la primera cata. Y la larga jornada dará paso al descanso, a la quietud  milenaria del olivar, al sueño de quienes persisten en la tierra árida tras ofrecernos  la gracia de sus frutos  desde su alma callada.

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