109. El olivo 311

Daniel Guzmán García López

 

Nadie recordaba haber visto una sola aceituna en el olivo 311.

Año tras año, alguien de la familia proponía talarlo. Decían que ocupaba un espacio inútilmente, que consumía agua, que jamás había dado fruto. Pero el abuelo siempre zanjaba la discusión con la misma frase:

—Mientras yo viva, ese olivo no se toca.

Cuando el abuelo murió, todos dieron por hecho que había llegado el momento. El nieto arrancó la motosierra y se acercó al tronco. Entonces, su madre apareció con un cuaderno de tapas desgastadas que acababa de encontrar entre las cosas del abuelo.

Pasó las páginas amarillentas hasta detenerse en una anotación junto al número 311.

«Aquí le pedí matrimonio. Aquí empezó nuestra historia.»

Nadie dijo una palabra.

El nieto apagó la motosierra. Acarició la corteza áspera del árbol y comprendió, al fin, aquello que el abuelo había protegido durante toda su vida.

El olivo 311 siguió sin dar aceitunas generación tras generación.

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