105. Las historias del olivo lindero

Barlovento

 

― ¿Es muy viejo este olivo papá?

Es más viejo que ninguno en muchos kilómetros a la redonda, según me conto mi abuelo ya los romanos lo veían al pasar por este camino que algún día fue una de sus famosas carreteras.  Se le ve noble, no estas entre hileras de los demás, sino que observa impenitente desde hace ya muchos siglos a quien pasa junto al cruce del camino y el límite de la gran finca. Para referirse a él, en el pueblo todos le llaman el gran olivo del lindero.

― ¿Nadie lo cosecha, veo que está cargado de fruto?

―En otros tiempos sí, pero ahora seguramente no les compensa, pero no te preocupes hijo, cuando maduren del todo las aceitunas y se pongan negras, caerán al suelo y será comida para muchos animales de por aquí.

Mi padre me hace sentarme bajo su gran copa, merendamos despacio, siempre me cuenta como se recolectaba la aceituna en sus tiempos, me habla de escaleras y ordeños, de capachos de esparto y el canto de las mozas al llegar la tarde cuando al lado de la gran criba se reunían para llevar en sus carros las aceitunas limpias de hojas a la almazara, Como las costumbres eran muy rígidas estos momentos se aprovechaban para que el amor naciera en más de un jornalero con una coqueta aceitunera quizás llegada desde lejos para la cosecha.

Me cuenta, el calorcito que hacía en la sala de prensado donde un motor daba vueltas moviendo tres grandes piedras que machacaban el fruto, después me describía como sobre esteras de esparto se ponía la pasta para que las prensas sacaran hasta la última gota del verde néctar que es oro líquido.

― ¿Papá porque nunca cortamos este gran olivo para la leña de la estufa?

―Es demasiado noble hijo, además bajo su copa como ves ahora se está en la sombra al fresquito. Piensa por un momento cuantas generaciones lo habrán usado en lo más cálido de los días de verano durante siglos.

―Pero papa solo lo usamos nosotros, nadie viene a pesar de que están en plena cosecha en la gran finca.

―Es verdad hijo, pero es una pena, antes con los burros y mulas el tiempo discurría muy despacio y teníamos tiempo de descansar bajo el, luego seguíamos con la faena pero sin prisas, teníamos todo el invierno y nos tomábamos las cosas con calma, ahora los grandes tractores tienen aire acondicionado y los que los llevan van de olivo en olivo sin pausa, todos son prisas , con esas grandes pinzas que ves llevan instaladas zarandean los olivos que observaras que ya solo tienen un solo pie para facilitar rodearlos con esos paraguas de lona donde automáticamente cae la aceituna, luego del paraguas a esos grandes remolques que llaman bañeras que cargan muchísimos kilos. Es lo único que importa, coger muchos olivos en el menor tiempo posible, incluso he visto tractoristas que para no parar solo comen un bocadillo, sentados en su cabina.

―Es como en una fábrica papá.

―Si hijo, es penoso que ya nadie saboree los aromas del campo ni la cultura que se desarrollaba alrededor de los viejos olivos de tres pies. Allí se cantaba, se vareaba sobre los manteos y cuadrillas recogían incluso las aceitunas que saltaban fuera.

Se perdieron los rituales de siglos que tenían sus normas no escritas y sus códigos, si los mayores viesen el fruto que se desprecia en el suelo por las prisas se morirían de pena.

―Me gustaría vivir en tu época papá, me parece más bonito todo según me lo cuentas.

―Hijo, también tenía su parte mala, la cosecha se recogía a veces con muchísimo frio y esfuerzo y el trabajo era verdaderamente duro, ahora con la maquinaria moderna es todo más fácil. Pero aun así me gustaría para ti un mundo en el que aprovechareis los adelantos de estos tiempos, pero de algún modo supierais apreciar lo que se ha perdido por el camino.

― ¿Cuántas culturas verá aun este majestuoso olivo?

―Me gustaría pensar que muchas y además que estas culturas futuras por fin aprendieran que guerrear entre culturas no lleva a ningún sitio, solo con la fuerza de las armas modernas quizás a estropearlo todo.

Quizás algún día se siga el ritmo de las estaciones y los hombres vuelvan a cantar al amor bajo esta sagrada sombra.

―Me gustaría saber de alguna historia antigua de este olivo retorcido y legendario.

―Yo te puedo contar una de tiempos de los árabes, la puedes creer o pensar que es una fábula depende de ti.

― ¡Cuenta, cuenta!

“Su nombre era Abbas, su padre se lo puso recordando a aquel sabio cordobés que intento volar. Él se llamaba Ziryab, era un hombre respetado por sus hazañas en mil batallas en las guerras en las fronteras del norte de al-Ándalus.

El chico por desgracia nunca pudo emular a su padre pues para su desdicha fue cojo de nacimiento y desde pequeño su padre conociendo sus limitaciones se empeñó en que se instruyera bien en la Madrasa, pero eso si comprensivo y justo vio su inclinación por el cuidado de las plantas y en ese arte lo ayudo a prosperar.

Pronto destacó ante su Imán, que observaba como pasaba largas horas leyendo textos de Maimónides o Averroes, siendo su natural inclinación los tratados de botánica.

El mismo, viendo que su padre era pudiente y comprendiendo que su biblioteca se quedaba pequeña para su ansia de saber, le recomendó que sería conveniente lo enviase a Córdoba por algunos años, pues después todo el pueblo se beneficiaria de lo que allí aprendiese.

Con una carta de recomendación del Imán, partió con varios caballos de refresco y dos sirvientes que lo ayudarían y protegerían en el viaje.

Fue un viaje bonito pues era primavera y todo el camino rebosaba de vida y de la floración de muchas plantas que hicieron sus delicias, por fin una tarde contemplaron el imponente poderío de los bellos edificios de la capital Omeya.

Quedó bajo la protección del que era médico y afamado botánico y horticultor

Ibnacil al-Wafid, hombre afable que lo tomo como aprendiz haciendo su estancia en la capital fácil y agradable, era como una esponja aprendiendo de sus largas conversaciones y las muchas horas en las que les ayudó en su jardín y su huerto, se le hicieron cortos los tres años que pasó allí, cuando partió de vuelta, lloramos abrazados, hizo que llevara para su tierra libros y utensilios a la vez que regalos, tantos como pudieron cargar los caballos de su padre.

Descanso unos días en los que todos le preguntaban en su pueblo sobre lo aprendido en Córdoba.

El Imán, puso una cuadrilla bajo sus órdenes y se pusieron a la labor de preparar terrazas de piedra en los huertos que alimentaba la abundante fuente bajo las murallas del pueblo, pronto todos estaban maravillados de su pericia en el manejo del agua nivelando regueras con muy poco desnivel y a la formación de una comisión de ancianos del pueblo que repartían las horas de riego entre los vecinos, fueron años de mejoras en los huertos y en los olivares que rodeaban el pueblo, les enseñó nuevas formas de podar y de recolectar la aceituna sin dañar el árbol, además de la forma de abonarlos y en qué meses labrarlos muy superficialmente, solo para retirar las malas hierbas.

Su padre compro estas tierras y orgulloso contrato jornaleros para ponerlos a sus órdenes.

Dirigió la reconstrucción de la Almazara antigua donde todo se hacía con la fuerza de los brazos, desde entonces fue mucho más eficiente, estaban encantados con el molino de tres piedras cónicas que giraban unidas por un eje por la parte más delgada, estas descansaban en una gran piedra en forma de recipiente donde las aceitunas se machacaban solo con las vueltas de un burro que movía el ingenio, los más hábiles esparteros construyeron las “capachetas” tal como el las dibujó.

La prensa la prepararon en la fragua también con uno de sus dibujos y las rectificaciones que les hacía con sus visitas, les enseño como calentar la mezcla tras la prensa en un recipiente cilíndrico de cobre que les ayudo a fabricar que aportando agua que se calentaba con un horno de ladrillos se destilaba hasta la última gota del dorado líquido.

En el patio de la almazara los canteros prepararon diez cubetas de piedras conectadas con un canalillo y en desnivel se recogía el aceite que flotaba en el agua que se desechaba con el alpechín.

El día en que comenzó a funcionar, todo el pueblo, niños incluidos bajaron a verla y maravillados prepararon una gran fiesta, los panaderos bajaron pan en abundancia que mojado en aceite del primer prensado fue una exquisitez que ya siempre quedaría en los desayunos de nuestras gentes.

Fueron años felices donde se fue haciendo mayor y ya con muchos achaques además del dolor de su pierna, fue bajando en actividad, pasaba cada vez más tiempo en una choza que hice construir en su huerto,( que ahora hijo, ves a la derecha cubierto de zarzas), donde hacia los experimentos sobre plantones e injertos, esto coincidió con los tiempos de la batalla de Alarcos donde los jóvenes del pueblo tuvieron que ir a la guerra, vencieron, pero muchos de los suyos volvieron tullidos y tan machacados que poco podían hacer.

Pero se repusieron y todo volvió a ser como antes en su pueblo fortificado.

Una tarde, sentado en su huerto viendo como su ayudante regaba abriendo y cerrando “porteras”, reparo en una cosa que había visto muchas veces, pero a lo que nunca prestó demasiada atención; el ganado pasaba todas las tardes rozando su huerto bajando de un cerro cercano.

Siempre como cada tarde se paraban en el sitio, (que hoy estamos pisando hijo) y comían aquí, esa tarde pudo más su curiosidad que sus dolores y ayudado de su bastón se acercó, pudo ver que casi enterrado estaba el viejo tocón de lo que fue un antiguo olivo tan grande que lo lleno de asombro, pues por estar mucho tiempo cubierto de unas zarzas que eliminamos este año no había reparado antes en él.

Entonces entendió que las cabras comían los tiernos brotes que nacían de él y no lo dejaban recuperarse, lo observo largo rato pues sin duda era el contorno más grande que nunca vio de un olivo, este debió de ver a los romanos guerreando por estas tierras, pensó.

Llamó a su ayudante y se dispusimos a despejar el tocón y a rodearlo con una cerca para librarlo de las cabras, incluso con un canalillo le hicieron llegar el agua del riego para animarlo en su resurrección.

La naturaleza es agradecida y en la primavera siguiente comenzaron a surgir fuertes brotes, esto lo llenó de una extraña alegría, era como si el también pudiese resurgir como él olivo y volver a vivir una nueva juventud.

Esto le dio una extraña energía, parecía que los dolores le daban una tregua y al guiarlo y podarlo para que se formara bonito y fuerte le parecía renacer a una vida en la que dejó detrás muchas cosas por su afición y entrega a sus trabajos de la comunidad.

Se daba cuenta de que se creía mucho más viejo de lo que en realidad era, solo tenía cuarenta y cinco años y se sentía aun con muchas ilusiones, aunque acomplejado por su cojera nunca se atrevió a dirigirse a una mujer, algo que lo amargo siempre pero que no supo superar a pesar de ser muy querido y respetado en su pueblo.

Esa tarde cuando el Muecín, lanzaba a los cuatro puntos cardinales la oración, le pidió en silencio a Dios que le diera fuerzas para vencer su timidez y perder su miedo de acercarse a la bella chica que cuidaba un huerto cerca del suyo que hacía que soñase cada noche con caricias y suspiros que veía inalcanzables.

Miro este olivo renacido y respiro con fuerza, con paso firme se acercó a Fátima que dejo su azada para escucharle, le dijo todo lo que su corazón sentía y lo hizo con una vehemencia y una dialéctica que le extraño hasta a él.

Le sonrió y le dijo que lo pensaría, pero se lo agradeció con otra de sus bonitas sonrisas, sabía que le costaría un tiempo conquistarla pues las mujeres se hacen un poco de rogar para que nos rindamos más a sus encantos, pero sabía que lo conseguiría, la cerco con el amor de sus palabras como hizo con cañas con este olivo.

Ahora sabía que el renacimiento del gran tocón fue un mensaje que la naturaleza le enviaba para que el también en su madurez renaciera, sabía que conseguiría que el gran olivo seria lo que fue hace quizás milenios, pero ahora también sabía que, si el por su edad no lo podría ver, sus nietos se refugiaran en su sombra.”

―Como ves hijo lo consiguió y ahora tú y yo disfrutamos de la segunda vida de este noble árbol.

Se que cerré los ojos e imaginé cada retazo de la historia que me contaba mi padre.

Han pasado muchos años y aunque vivo lejos del pueblo cada vez que vuelvo tengo que ver atardecer bajo este olivo que para mí se quedó con parte de mi alma.

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