102. Susurros de arbequina
Basi se encontraba en la humilde y poco iluminada antesala del teatro Olimpic donde se disponía una vez más a agasajar a los allí sentados con una nueva presentación, esta vez se trataba de mostrar al mundo su ultimo poemario titulado “Al compás del azul inconexo”. Las manos le sudaban y un ligero temblor corporal delataba su mal disimulada vergüenza de orar en público, máxime siendo él el único protagonista.
El murmullo del público se detuvo en el momento que su agente irrumpió en el escenario para representar su perorata anterior a que Basilio de Borja saliera a darse su involuntario baño de masas. Su nombre resonó en la sala, Basi respiró hondo y el teatro entero restalló en aplausos cuando el hombre joven se dirigía al pulpito para mostrar al mundo que las musas seguían siendo benevolentes con su don.
Tres horas más tarde ya se encontraba de camino a su casona vieja y encantadora ubicada en el siempre honorable pueblo de Siles, donde su morada lindaba con la frondosa vegetación de la peña del olivar y salpicada por el río homónimo que dibujaba su silueta coqueta y sutil mientras los olivos centenarios que su bisabuelo plantó en la finca rendían honores a la sierra del segura.
El horizonte ya pintaba un lienzo de colores anaranjados y rojizos, unas pequeñas nubes purpura intentaban aparentar fiereza pero cómo bien le había enseñado su abuelo, que hizo de padre al quedarse Basi huérfano con tan solo seis años, “aire gallego, escoba al cielo”, pues el viento del Noroeste se encargaba de ahuyentar lluvia y tormentas.
La sensación de sentirse en casa le hizo escapar una leve lagrimilla agridulce, puesto que se encontraba de nuevo en el lugar donde fue feliz y a la vez se hallaba solo, sin familia que cuidar, sin hermanos que alentar, sin nadie que lo acaricie.
La primavera se encontraba bien instalada en las tierras de Jaén y decidió salir a pasear por su propiedad después de regalar a su cuerpo unas buenas viandas a base de higos tempraneros con tomate de la huerta y obviamente un aceite de oliva superior, AOVE de la finca de Basilio De Borja, su abuelo eterno.
La brisa jugueteaba con sus largos cabellos mientras los olivos susurraban fandangos y alegrías al son marcado por el aire y la luna. Basi repasaba mentalmente las preguntas posteriores a su presentación expuestas por los fervientes seguidores que siempre lo llevaban en volandas.
Una joven sin pudor ni pelos en la lengua no de había cohibido y le preguntó a bocajarro cómo sobrellevaba el haber perdido a su núcleo familiar de manera tan abrupta y seguir con ganas de vivir. Quizá su respuesta dejó más dudas que explicaciones pero, ¿que podía responder él? ¿Cómo diablos contarle a la gente la verdad? Sabiendo que lo podrían tomar por loco, echaba balones fuera sacando el capote a puerta gayola, sabiéndose diestro de faena elegante y puerta grande en el firmamento.
Un hombre vestido de traje y con signos de erudito le preguntó cual era su inspiración para tan bellos versos, y para eso si tenía respuesta. Los olivos, olivos que ya velaban sus gruesos troncos de plata y verdor cuando su abuelo aprendía sus primeras palabras, los paseos por el olivar de la mano de su madre las eternas noches de primavera aprendiendo trabalenguas mientras los árboles de blancas flores comenzaban a mostrar sus joyas, el sonido rítmico y candente de las varas, ese rito ancestral que anuncia como campanas al vuelo que la nueva remesa de oro líquido vuelve a las andadas…
Se sentó en una roca grande, la luna estaba llena y el ambiente preñado de vida nocturna. Las cigarras cargaban el aire de acordes de extraño violín, un búho real pregonaba su hambre y las luciérnagas mostraban su bello fulgor fosforescente a lo largo del olivar convirtiendo el paraje en una especie de paraíso único e irrepetible. Su brazo derecho comenzó a sentir ese picor que siempre le envolvía cuando su magia quería despertar, aunque no, no era el momento de cantarle a la vida con pluma y papel. Aquella noche no.
La mañana siguiente fue un trasiego de cosas por hacer. Con las primeras luces del alba contactó con la almazara que se encargaba siempre de su producción desde que se quedó solo en este mundo para reforzar su alianza un año más, luego escribió las cartas de agradecimiento su agente literario, a su editora y al director del teatro donde siempre realizaba sus presentaciones y tras una comida ligera, se envolvió en una siesta liviana que le impidió descansar porque el don seguía hambriento, aunque el dinero ya no era importante y su fama se extendía más allá de sus pretensiones, el don seguía implorando ser liberado para desatar arte por todos sus poros.
Bebió agua clara del caño sintiendo el leve sabor a pureza para saciar su sed, se sentó en su mullido sillón exterior junto a su mesa de mármol y sacó con cuidado su bloc de notas artesano y dos lápices de punta afilada dispuestos a inmolarse en pos de su entrega y de nuevo el aura de su secreto mejor guardado surgió, nuevamente, entre los olivos. Ahí estaba su padre, ahí surgía su madre, ambos abrazados en unión anhelante demasiado pronto truncada. Un poco más a la derecha aparecía su hermana menor de eternos diez años cobijada al socuello de sus abuelos y de nuevo todos se encontraban unidos en un núcleo sanador y potente.
Basi sonrió ampliamente mientras sostenía un lápiz elegantemente Entre sus dedos, decidido a volver a crear versos maravillosos al amparo del líquido dorado próximo ya y a sus seres queridos.
—Bien amados míos, creamos algo juntos? — dijo casi en un susurro debido a que su conversación era básicamente psíquica.
Media hora más tarde un bosquejo de poema se vestía en penumbra con la colaboración familiar. Basi asentía con la cabeza mientras escuchaba las propuestas y escribía casi sin posar su vista en el papel. La vida le había privado de los suyos en el aspecto terrenal aunque el destino, Dios o el olivar, en su eterna magnificencia, le otorgó la suerte de vivir junto a ellos rodeado de naturaleza salvaje, prensas, varas de oro y arte literario mezclado con arte líquido, fusionando la poesía con la aceituna, la almazara con las letras puras, creando, de nuevo, los susurros de Arbequina.
Pasaron jornadas de calma y furia repartidas por doquier y Basi no alentaba nada más que olfatear de nuevo la primera prensada, las primeras lagrimas doradas de la nueva temporada y escribir versos hermosos narradas al oído por voces lejanas en distancia peto a la vez tan cercanas al pecho. Su ultimo poema de la estación primaveral fue escrito en un momento, simplemente admirando como el sol penetraba juguetón entre las verdes hojas, rezaba así:
Al alba despierta el beso triste de la tierra
seco rubor de antaño surcado de azul
alas rotas desean viajar lejos ya
pues el manto que cubre de lamento no cesa.
Quiera la luna que mi alma esté llena de sal
Porque de hambre y melancolía ya suspira
Venus, baila para mí en esta fría noche,
Necesito ver de nuevo una alegre melodía.
No dejo de rebuscar en el tallo de la suerte
Una brizna de pureza que detalle mi norte,
Luna de sangre, boda hereje de los hombres,
Sarna no sin gusto rascada al amanecer.
Siempre quedará el tronco de fiel olivo
Ese estandarte que adorna mi loca región,
Anima al rojo a posarse en el firmamento
Para dejarse contemplar desnudo al sol.
Que sería de la vida sin aceite de esperanza,
que sabrán las malas lenguas que te arrullan
solo torcaces virtudes las siempre acompañan
para despojarse así del veneno de la envidia.
Dando por bueno el poema casi a la primera se levantó despacio admirando el silencio apenas roto por el suave murmullo del río que bajaba tranquilo aquella jornada. Envolvió con cuidado con ambas manos un pequeño ramillete de hojas de su olivo preferido y acercando su nariz sin temor aspiró profundamente el perfume de la aceituna que crecía decididamente sabiéndose cuidada y protegida por manos expertas, esperando ser robusta y madura para servir con su carne a los paladares más exquisitos y Basilio de Borja se sintió en paz de nuevo, reforzando las alianzas con sus raíces y recordando todo lo que su finca le negó y le aportó, casi a partes iguales.
Pasaron los años como suelen pasar y Basi siguió regalando al mundo arte y almazara a raudales, siempre fiel a su estilo de vida y sin abandonar nunca su pedacito de paraíso donde no siempre fue feliz hasta que una fría mañana de noviembre su corazón dijo basta mientras paseaba despreocupadamente por el, margen derecho del río Siles.
Un matrimonio joven se instaló dos años después en la finca llamada “ La arbequina” y quedaron fascinados por la paz y tranquilidad de aquellas tierras.
Teresa y Marcos nunca fueron grandes artistas, eran un par de perdonas acostumbradas a ganar el pan con mucho sudor y esfuerzo vareando y prensando oro liquido. Su hija Berta que contaba solo con cuatro años se levantó un buen día pidiendo por favor papel y boli, pues había soñado con unas palabras muy bonitas recitadas, según ella, por una gente muy hermosas que vivía entre los olivares. Berta Domínguez Escobar se convertiría varios años más tarde en una de las mejores poetisas del estado Español, los olivares centenarios seguían obrando su mística indomable, así como indomable es el aceite de oliva.